Pasión por Cádiz

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Cádiz, Andalucía, Spain
"Ab origene one semper fidelis, in perpetuam, semper et ubiquem Gades. Qui poters capere, capiat"

viernes, 5 de julio de 2019

El secreto mejor guardado del Museo de Cádiz

Como aportación extraordinaria en este blog, debido a la importancia del artículo, copio y pego íntegramente un artículo publicado en el "Diario de Cádiz" el día 5 de julio de 2019.  Dicho escrito está firmado por Virginia León. 

https://www.diariodecadiz.es/cadiz/Dama-Cadiz-hombre-sarcofago-masculino-mujer_0_1369963555.html

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La Dama de Cádiz era un hombre y el sarcófago masculino, una mujer.

Dos exdirectores del Museo de Cádiz confirman esta información que nunca se reveló.
Parece que los enterramientos no representaban a los difuntos, sino que dependía de las posibilidades de su uso en el momento que alguien fallecía.

A un año de cumplirse el 40 aniversario del hallazgo sarcófago fenicio femenino se confirma la leyenda de que la Dama de Cádiz, el espectacular enterramiento que fue descubierto en la calle Ruiz de Alda generando una gran revuelo en todo Cádiz, era de un hombre. Nada hacía presagiar aquel 26 de septiembre de 1980 que bajo el bello y sereno rostro esculpido probablemente en el mismo taller que manufacturó el del sarcófago masculino, yacía el esqueleto de un hombre, a juzgar por la robustez de su estructura ósea. 


Así lo anuncia a este medio Antonio Álvarez, a raíz de las declaraciones vertidas hace unos días en un programa de televisión de Onda Cádiz, Zona Historia, que reunió a algunos de los protagonistas que fueron testigos de aquel momento histórico en nuestra ciudad. Entre ellos el entonces director del museo y director de la excavación, Ramón Corzo y el arqueólogo Francisco Blanco.Según sus propias palabras, “me había dedicado a estudiar los restos óseos y el difunto que se enterró era un hombre, con un esqueleto muy robusto”. “En antropología física hay cosas muy dudosas  –añadió–,  pero recuerdo las apófisis mastoides, una especie de manitas que salen del hueso temporal y que articulan el esternocleidomastoideo, que es el músculo que mantiene el cuello en su sitio”.

Así, Antonio Álvarez, entonces arqueólogo colaborador y posteriormente director del Museo, hizo referencia explícita a que “era un gran cuello, la apófisis mastoides era enorme, muy robusta, y esto se veía en todas las inserciones musculares”. Hizo también referencia al “trocante del fémur, en la pelvis, que es donde se inserta el glúteo medio, que indicaba que esa persona tenía una capacidad física extremadamente fuerte. Ningún antropólogo duda del diagnóstico del sexo si no hubiese sido porque el sarcófago tenía en la tapa labrada una señora”, dijo.

Un informe que él mismo elaboró tras la limpieza del sarcófago –que duró un mes– y que también ha confirmado cuarenta años después el que entonces era director de la excavación y del propio Museo de Cádiz, Ramón Corzo. “El estudio de Antonio era bastante claro y, además, lo avalaban y compartían médicos como el catedrático de Historia de la Medicina Antonio Orozco y, después, el presidente de la Academia de Medicina y de la Hispano Americana”. Era tan claro como que los restos del sarcófago masculino pertenecían a una mujer, lanza Corzo.

La sorprendente declaración  también la suscribe el propio Álvarez, que asumió el estudio del esqueleto del sarcófago masculino, que fue hallado casi un siglo antes y del que dedujo que era una mujer. “Podía tratarse de una personalidad robusta en una mujer en el caso del femenino o un hombre delicado, en el del masculino, pero es que en este caso tenemos los dos extremos”.

De hecho, el masculino respondía a una persona con “el cráneo redondito, la apófisis mastoidea pequeña, de modo que cualquier antropólogo físico diría que es una mujer”. Lo que viene a confirmar que “lo importante no eran los sexos esculpidos en la tapa, sino el viaje a la divinidad” de estas importantes personalidades, cuyos ritos funerarios eran dignos de las más altas esferas de la sociedad fenicia. 

¿Por qué no trascendió?

Aquel minucioso estudio que llevó varios meses se realizó justo tras el hallazgo, pero la verdad es que nunca trascendió ni lo ha hecho de forma oficial a la prensa ni a la opinión pública durante estos cuarenta años, más allá de la leyenda que lo aireaba.


Algo que hoy día sorprende teniendo en cuenta el fundamento científico y de estudiosos que lo respaldaban, pero que brevemente saldrá a la luz al hilo de los estudios que están a punto de realizarse en los restos óseos de ambos sarcófagos. Ante esta cuestión Ramón Corzo responde que “entonces no le dimos importancia a este dato, ni hubo ningún interés en no decirlo”.

Narra el experto, que de los cerca de 200 sarcófagos que se conocen y que fueron descubiertos en Sidón “apenas hay estudios antropológicos que yo conozca, así que me inclino a pensar que tenía más que ver con las posibilidades de utilización del sarcófago en el momento que alguien fallecía”. Es decir, “se encargaban y tardaban en llegar, y si fallecía alguien y había un sarcófago disponible, pues se utilizaba”, señala restando importancia a los sorprendentes datos recién revelados.
Por su parte Antonio Álvarez añade que estos sarcófagos no trataban de representar a los difuntos, “sino a un riquísimo elemento de enterramiento”. “Tú lo pedías a Sidón o a un taller local y te llegaba lo que te llegaba”, explica. Hipótesis que toma más fuerza con los dos sarcófagos de Cádiz, pues en ninguno coinciden los sexos esculpidos en la tapa con los del fallecido, por lo que entiende que eso no era lo importante, “sino el propio viaje a la divinidad”.

En cualquier caso, nunca se difundió a las claras esta noticia, y “la realidad es que no hubo ningún interés en no decirlo, más bien no se creyó que fuera destacable en aquellos tiempos”, asegura Ramón Corzo. De hecho, hace mención a momentos que fueron cruciales para la historia de Cádiz, “pues en aquella época se descubrió la escultura de Trajano en Baelo Claudia, el sarcófago fenicio femenino, el Teatro Romano y muchos enterramientos”.

Puede que la verdad hubiera eclipsado el mágico hallazgo en el solar de Ruiz de Alda, cuando el maquinista que tuvo la suerte de toparse con los sillares que cubrían el sarcófago expresó aquello de: “Esta sí que era una mujer guapa”, según contaba a este diario Ramón Corzo al hilo del 30 aniversario del hallazgo. Un descubrimiento sin precedentes en el siglo XX en Cádiz y de gran relevancia a nivel mundial, sólo comparable al de su compañero de viaje en la tierra, en el propio Museo, el del antropoide masculino, descubierto en Punta de Vaca en 1887, y que venía a cerrar la historia ya convertida en leyenda de la anhelada búsqueda de Pelayo Quintero, que nunca la encontró, y que ‘casualmente’ apareció justo debajo de su chalé.

El ‘cambiazo’ del masculino.

Antonio Álvarez no sólo fue la persona encargada de estudiar el esqueleto del hombre de la Dama de Cádiz, sino de la mujer que contenía el sarcófago masculino. Fue entonces testigo de la pérdida y feliz encuentro del esqueleto perteneciente al sarcófago masculino. Él mismo procedió a su vaciado en los años 80, aunque por aquel entonces extrajo del sarcófago un esqueleto que no pertenecía a su verdadero dueño, contó a este medio en un encuentro mantenido por el 125 aniversario de su descubrimiento. 

El origen de la también inaudita anécdota es que “en uno de sus múltiples traslados se produjo la ruptura del cráneo, lo que llevó al cambiazo del esqueleto allá por los años 20”.

No desveló Álvarez el nombre del impulsor de semejante idea, aunque reconoció que un buen día fue analizado y localizado en el Museo el esqueleto del verdadero fenicio originariamente enterrado. “Francisco de las Barras fue el encargado de realizar el estudio antropológico en 1917”, dijo. Si bien este Diario se hizo eco del primer estudio científico del esqueleto a cargo de Manuel Sánchez Navarro en febrero de 1890. Hablaba entonces de un hombre de aproximadamente 1,65 cm, de poca altura y de las altas esferas. 

Casi un siglo más tarde, Álvarez supo que no era un hombre de poca altura, sino una mujer.

martes, 4 de junio de 2019

Mis articulistas preferidos: Moisés Camacho.

La muerte en el Tinte.   Por Moisés Camacho.

Confieso que siento miedo cuando algunas veces de madrugada voy hacia San Francisco desde Mina y no hay nadie en mi camino en el callejón del Tinte. Este miedo es sistemático, porque se me viene a la mente una historia que leí siendo un crío en un libro de Adolfo Vila Valencia sobre la historia de Cádiz.

En el mismo se recogía en sus anexos, un pequeño nomenclátor de la ciudad con las plazas más importantes, y allí hablando del callejón del Tinte, Adolfo Vila Valencia recogía una historia que según cuenta en el libro  había transmitido el famoso escritor, educador, periodista, poeta, jurista y político español, José Joaquín de Mora (Cádiz, 10 de enero de 1783- Madrid, 3 de octubre de 1864).

Sin tener más datos que la propia alusión en el libro de Vila Valencia, y sin haber estudiado la obra de José Joaquín de Mora, queda para mi en el estado de leyenda lo que os voy a relatar siguiendo a Vila Valencia, esperando que algún docto en la materia, o biógrafo del mismo Jose Joaquin de Mora pueda aportar algo más de luz al hecho acaecido, o si así lo fuera, aclarar que se trata de la propia imaginación novelística de tal prolífico gaditano.

Cuenta Vila que en el callejón del Tinte había una puerta por donde entraban al  convento de San Francisco,  los efectos de intendencia o alimentación, refiriéndonos a finales del Siglo XVIII, cuando el convento era mucho más grande y abarcaba hasta la plaza de Mina como huerta y enfermería del mismo. Se veía allí como pórtico de la huerta un arco con una hornacina y en ella una pequeña imagen de Nuestra Señora de los Remedios, que era la advocación del convento. Por ese lugar pasaban día tras día tres jóvenes camino de la diversión.

De repente tras un tiempo recorriendo el mismo lugar, se dieron cuenta que ya llevaba varias noches delante de aquella hornacina una mujer rezando, a la que no lograron ver el rostro. Uno de esos días, les picó tanto la curiosidad que uno de ellos se envalentonó y tras pasar por el lugar decidió volver a hablar con la mujer, ante el miedo de los otros dos que se quedaron esperándolo, pues el camino y la soledad del mismo infundía nada menos que el terror en el cuerpo de aquellos jóvenes adolescentes. De esa manera, el osado se despidió de sus amigos que le esperarían en la entonces Plaza de Loreto, una aventura digna de contar pensaron los tres.

Los otros dos amigos esperaban y esperaban y el tercero no aparecía, por lo que decidieron acudir a ver que ocurría. Al llegar ante la hornacina, encontraron a  su amigo en el suelo, sin vida, sin que a la mujer se le hubiera visto ausentarse por ninguno de los caminos. Fue tal la impresión en los otros dos jóvenes, que pensaban que era la misma Muerte la mujer que se había llevado la vida de su amigo, que uno de ellos decidió ingresar en el mismo convento de los Franciscanos.

El otro de los amigos, por su parte, decidió narrar el impresionante suceso, llegando hasta el conocimiento de Adolfo Vila Valencia. El último de los amigos era, según nos cuenta Vila Valencia, el ya mencionado ilustre escritor y poeta, D. Jose Joaquín de Mora.

Escalofriante leyenda de finales del s.XVIII, que debería ser investigada con un poco más de rigor por quien corresponda.

Yo, sólo un lector de la obra de Vila Valencia, ni crédulo ni incrédulo, aún siento un escalofrío en esas noches en las que tengo que pasar por el callejón del Tinte a solas, mirando hacia todo mi alrededor, evitando de mi vista la presencia de aquella mujer que D. Joaquín de Mora y sus amigos se encontraron rezando.


lunes, 6 de mayo de 2019

El Pozo de la Jara.

Artículo firmado por Ricardo Moreno Criado, publicado en la "Hoja del Lunes", el 1 de enero de 1973, acerca del Pozo de la Jara. 

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Tras la inutilización del acueducto romano que conducía el agua desde las fuentes del Tempul (término de Jerez de la Frontera) a Cádiz y dedicado al carecer esta ciudad de fuentes y manantiales, el abastencimiento de este imprescindible  líquido se hacía de algunos pozos, de los que existían considerable número de ellos, tanto en el interior de la población como en sus extramuros.


De estos pozos adquirió gran celebridad el denominado "de la Jara", nombre que adoptó debido al lugar en que se encontraba situado, que era el "Campo de la Jara", parte de cuyos terrenos ocupa hoy la Plaza de San Antonio. Durante la época a que venimos refiriéndonos -siglo XVI- el "Campo de la Jara" comprendía una amplia superficie de terreno, que se extendía desde las tapias del convento de San Francisco hasta la cerca de Capuchinos. 

La vegetación del lugar era muy exuberante en la que predominaban grandiosos retamales así como matas y arbustos denominados jaras, los que sin duda debieron dar origen  a su denominación. También existían en las inmediaciones del Pozo de la Jara buenas huertas y viñas muy fértiles, a las que ocasionaban grandes perjuicios la arena de la playa que arrastraba el fuerte viento de Levante y las que desaparecieron al ser arrasadas por los invasores ingleses que al mando del Conde de Essex, saquearon la ciudad en 1596.

Agustín Horozco, que conoció el Pozo de la Jara, habla del mismo en su "Historia de Cádiz", en estos términos: 

"Junto al Pozo de la Jara, hay otros, pero ninguno es de agua tan dulce y sabrosa como la de él, que por excelencia es el mejor de esta parte de la Isla y de donde comúnmente bebe toda la gente. Es de agua saludable y clara recogida de sudaderos de la tierra. Llévase esta y la de otros pozos situados junto a él, en las naves y armadas de las Indias sin que ninguna otra se conserve mejor en aquella larga navegación a donde las damas indianas estiman en mucho lo que de ella pueda haber para el aderezo de sus rostros. 

Y no se corrompe al tercer día, ni se hincha de gusanos. Cuando esta agua se envasa en pipas para la navegación, hace en ella el mar la operación y sentimiento que en todas las demás aguas que se llevan para aguaje, que es rebotarse, o como adolecer de su primitivo y natural gusto, pero luego vuelve a él mientras más se navega más se adelgaza y sana, desbastando la grosedad y por eso viene a quedar después tan clara y delgada que, como se ha dicho, la estiman en las Indias para el rostro de las damas y para los enfermos, aunque el agua de aquellos puertos es excelente y maravillosa en algunos de ellos". 

El citado historiador escribió también a este respecto, en su obra: 'Discurso de la fundación y antigüedades de Cádiz': 

"...el agua que se bebe en la ciudad y toda su isla es de pozo, siendo el mejor, de más agua, más sabrosa y de donde bebe la mayor parte de la gente, el que se llama de la Jara, que está fuera de la ciudad y no muy lejos del mar. Ninguna otra agua se conserva ni llega más sana a las Indias en las flotas que de aquí van, por lo cual es estimada de los que por allí navegan por más excelente que las de ninguna otra parte y las que les sobra de su viaje venden en la Nueva España teniéndola pro gran regalo. 

Este pozo y los demás de la Isla son de la misma propiedad de uno de los que se dijo estar cerca del Templo de Hércules, menguando cuando el mar y creciendo cuando crece, aunque no con la admiración y espanto de aquel tiempo..."

Los historiadores gaditanos no están de acuerdo sobre el lugar exacto en que se encontraba situado el Pozo de la Jara. José Nicolás Enrile, en su obra 'Paseo histórico-artístico por Cádiz', impreso en el año 1843, asegura que el citado pozo estaba en la calle de Junquera. Adolfo de Castro, en su obra 'Manual del viajero en Cádiz', editado en el año 1859, parece o estar de acuerdo en ello y dice que:

 "El verdadero Pozo de la Jara, es el que se ha encontrado al sacar los cimientos de la casa del Sr. José Huidobro. Tiene la boca donde hoy está la tienda del Águila, esquina a la calle del Veedor. En él se han encontrado huesos humanos y monedas de plata inglesas del tiempo de Isabel, prueba de qeu este pozo existía cuando el saqueo del año 1596..."

La casa de D. José Huidobro a que se refiere el historiador gaditano, es la señalada con el número 14 de la Plaza de San Antonio, residencia de D. José María Pemán. 

Creemos que Enrile está en lo cierto y como la opinión de Adolfo de Castro está muy generalizada debido quizás a haber alcanzado mayor divulgación, procuraremos razonar brevemente nuestra afirmación. 

A nuestro modo de ver, Adolfo de Castro parte de un error de bulto, cual es el suponer la existencia de este pozo en el Campo de la Jara, "el abastecimiento de aguas de esta ciudad, se hacía desde el siglo XV en un antiguo pozo que había en el Campo de la Jara. Posteriormente se hicieron otros por el lado del Barrio de la Viña..." por lo transcrito de Agustín de Horozco, sabemos que había varios pozos en el Campo de la Jara, "junto al Pozo de la Jara hay otros...", "llévase esta agua y la de otros pozos situados junto a él...", por lo cual hemos de suponer fundadamente  que Adolfo de Castro, al hacer esta afirmación, tal vez confundiera el Pozo de la Jara con otro de los que se encontraban en sus inmediaciones, todos los cuales ya existían con anterioridad al año 1596.

Pero conocemos un documento de mayor fuerza probadora, que sin duda alguna aporta un interesante dato sobre el lugar donde antiguamente estuvo situado el Pozo de la Jara. 



Sabido es que las actas municipales constituyen uno de los más valiosos documentos para el estudio de la historia de la ciudad. 

Y a este respecto, hemos de hacer constar, que en el Cabildo municipal celebrado el día 6 de julio de 1731, se habló sobre el sitio que se le dió a D. Juan de Tavira que comprendía el pozo que antiguamente se denominaba de la Jara, "que está en una callejuela sin salida de la calle de San José, por el cual pagaba dos pesos al mes, cuyo lugar tuvo que abandonar al labrarse el Cuerpo de Guardia en la Plaza de San Antonio por haberse tomado el mismo para dichos fines..." En aquel tiempo, esta calleja se denominaba "Comisaría Isleta". 

Algunos años después, el rico propietario  D. Marcelino Martínez de Junquera adquirió algunas fincas por la calle San José y Plaza de San Antonio y solicitó autorización al Ayuntamiento para abrir dicha calleja, autorización que tras presentar los planos correspondientes, le fue concedida con fecha 22 de abril de 1773, denominándose dicha calle "Junquera", a partir de entonces, cuyo hecho recuerda un pequeño azulejo colocado en la fachada de una de sus fincas.

lunes, 1 de abril de 2019

Amalia Carvia Bernal. Escritora, periodista, gaditana ilustre.





Año de 1933. Sentada en el centro de la imagen con un abrigo negro, la gaditana Amalia Carvia Bernal. Posa en la fotografía con las integrantes de la Asociación Femenina "Flor de Mayo".

Escritora, periodista, librepensadora, maestra racionalista, masona y activista femenina.

Junto a su hermana Ana, fundó la Asociación "Concepción Arenal" y la revista "Redención". Dicha publicación se presentaba al público como pacifista y feminista. Defendía el sufragio universal, el laicismo y la libertad de expresión. 


Pinchar en la imagen para ampliarla.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Los Balbo. Ciudadanos de la Gades Romana.



Lucio Cornelio Balbo Teofanes, conocido como Balbo el Mayor, nació en la Gades romana probablemente en el 100 A.C. De familia de origen púnico, dedicada al comercio, noble y distinguida, recibió educación romana.

Aproximadamente a los 16 años comenzó su carrera militar, alistándose en los ejércitos de Roma al lado de Quinto Cecilio Metelo primero y después junto a Pompeyo Magno, distinguiéndose en la guerra contra Quinto Sertorio en la llamada Guerra Sertoriana, que fue un conflicto desarrollado entre el 82 A.C. al 72 A.C. en la península ibérica.

Terminada la guerra, Pompeyo lo llevó consigo para hacerlo ciudadano romano, le presentó a su consejero y protegido Teófanes de Mitilene, éste le influenció tanto que añadió el nombre del sabio al suyo, y fue uno de los herederos a la muerte de Teófanes. 


César lo distinguió entre sus amigos, también estuvo íntimamente ligado a su círculo más cercano y luchó junto a él en la Guerra de las Galias. Influenciado por él, César visita el templo cercano a Gades de Hércules-Melkart. Y otorga la ciudadanía romana a los nacidos en Gades.

También fue muy apreciado por Marco Tulio Cicerón, que no dudó en avalarlo ante los más altos estratos de la sociedad romana del momento y destacaba de él su prudencia, inteligencia y diplomacia política. Fue el autor de un diario titulado 'Ephemeris', el cual no se ha conservado, y que contenía los acontecimientos más notables de su vida y de la vida de César.

Medió en los enfrentamientos entre Pompeyo y César utilizando todo su saber, hasta tal punto que, ambos apreciaron su conducta. En una carta que le envió a Cicerón, le expresaba: "Te ruego, Cicerón, tomes a tu cargo reconciliar a César y Pompeyo. Que la perfidia de algunos ha enemistado", al final exponía: "yo moriría contento si se efectuase esta gran obra".  Por su origen hispano, algunos patricios romanos se levantaron contra él, pero Cicerón volvió a posicionarse de su lado. También fue protegido nuevamente por Pompeyo Magno, al que se sumó Marco Licinio Craso. Esto último fue determinante ya que Craso era especialmente temido por su ferocidad y crueldad en el campo de batalla así como por ser un poderoso financiero.

Su ascensión política fue fulgurante y en menos de dos décadas pasó por senador, edil, pretor, propretor, y en el 40 A.C. fue nombrado cónsul, era el primero de los catalogados como extranjero o no itálico, que consiguió este cargo.  No se conoce la fecha de su muerte, pero en su testamento dejó a cada ciudadano romano veinte denarios. Existe un medallón en sitio preferente en el techo de la Sala de Sesiones del Ayuntamiento de Cádiz, con retrato imitando relieve, que consigna: "Balbo L.C. Cónsul de Roma. Siglo de César". 

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Lucio Cornelio Balbo, conocido como Balbo el Menor, hijo de Publio Balbo, era sobrino de Balbo el Mayor, aunque según algunos historiadores, nació poco tiempo después que su tío Balbo el Mayor en la ciudad de Gades. Magnífico estratega militar, consiguió grandes victorias contra los Garamantes, establecidos en África del Norte, aportando un gran botín a Roma. Según el historiador Gayo Plinio Segundo, Plinio el Viejo, fue el primer general no itálico en hacerlo, otorgándosele por ello el triunfo en el Capitolio. 

También se destacó en las campañas de César en Egipto, traspasando incluso las fronteras del sur de Roma hasta el río Níger atravesando el Sahara hasta Tombuctú.

En su faceta civil, financió varios edificios en Roma. Fomentó diversos asentamientos en las cercanías de Gades, también construyó el acueducto del Tempul para conducir el agua a su ciudad natal, así como el primer Puente Zuazo.  Fomentó la marina civil y el comercio de los gaditanos, haciendo un puerto arsenal y un astillero (Portus Gaditanus) para la construcción y carenado de los buques.  Se ignora el lugar en que falleció, aunque todo apunta a que fue en Gades por las muchas obras que hizo en sus últimos años de vida. 

En la Sala Capitular del Ayuntamiento de Cádiz, existe también una lápida dedicada a Lucio Cornelio Balbo, el menor, como vencedor de los Garamantes, haciéndose constar que fue el primer no itálico que subió en triunfo al Capitolio.

miércoles, 6 de febrero de 2019

Mis fotos antiguas de Cádiz

Una fotografía antigua de Cádiz, tomada en la Batería de San Carlos a final de la década de los 10 del pasado siglo XX.

Dimensión original: 1006 x 813


lunes, 14 de enero de 2019

George Gordon Meade. Un gaditano singular.

George Gordon Meade nació en Cádiz, dentro del matrimonio que formaban Richard Worsam Meade y Margaret Coats Butler. Era el 31 de diciembre de 1815 cuando vino al mundo, concretamente en el actual número 4 de la Plaza de España. En el seno de una familia católica norteamericana residente en la ciudad de Cádiz, cuyo cabeza de familia era un comerciante asociado al Gobierno de los EE.UU. Fue bautizado en la Parroquia del Rosario, en la calle del mismo nombre. Cuando George G. Meade contaba con trece años, acaeció el fallecimiento de su padre, era 1828. Tras este suceso, la viuda y sus once hijos regresaron a los EE.UU.

George Meade se casó con Margaretta Sergeant en la iglesia de St. Peter, en Philadelfia, Pensylvania el 31 de Diciembre de 1840. Ella había nacido en esa misma ciudad el 26 de junio de 1815. Fruto del matrimonio nacieron siete hijos, cuatro niños y tres niñas: John, George, Margaret, Spencer, Sarah, Henrietta y William. 

Meade volvió a solicitar el servicio militar en 1842, y fue nombrado Subteniente en el Cuerpo de Ingenieros Topográficos. En la guerra contra México, estuvo a las órdenes de los Generales Zachary Taylor y Robert Patterson. En 1845 lo destinaron a Texas, a las órdenes del General Winfield Scott, cuando terminó el conflicto, fue ascendido a capitán, y durante los siguientes diez años dedicó su tiempo a trabajos de topografía y diseño. Fue trasladado a Philadelfia, donde construyó faros para la bahía de Delaware. Como Capitán del Cuerpo de Ingenieros Topográficos, participó en el estudio de los Grandes Lagos y sus afluentes.


Al estallar la Guerra Civil Americana, el Capitán George Gordon Meade se alistó de nuevo en Pensilvania y fue nombrado General de Brigada. Al igual que muchas familias estadounidenses durante la Guerra Civil, a Meade también le afectaron personalmente los conflictos familiares. La hermana de Margaretta, su cuñada, estaba casada con el gobernador de Virginia, Henry Wise, quien más tarde se convirtió también en General de Brigada, pero del ejército confederado.

Meade estuvo al mando de la Brigada de Voluntarios de Pennsylvania, durante este tiempo que mantuvo una amistad con el también General John Reynolds. La Brigada del General Meade construyó fortificaciones cerca de Tenallytown, Maryland. Apodado "The old snapping turtle", Meade se ganó la reputación de tener mal carácter y ser obstinado con los oficiales, suboficiales y tropa. Especialmente no le gustaba la cercanía de personas civiles y aún menos los periodistas. En 1861 y a principios del año siguiente, su Brigada también trabajó en las defensas de Washington.

En marzo de 1862, fue asignado al Ejército del Potomac bajo el mando del General de División George B. McClellan, en la península al sureste de Richmond. Sus tropas sufrieron duros combates en las Batallas de Mechanicsville y Gaine's Mill. El 30 de junio de 1862, en la Batalla de Glendale, Meade resultó gravemente herido cuando una bala de mosquete le alcanzó por encima de la cadera, le hirió en el hígado y afectó a su columna vertebral. Otra bala le dió en su brazo, pero aún así continuó dirigiendo sus tropas. Después de una gran pérdida de sangre se vio obligado a abandonar el campo de batalla.


Se recuperó de sus heridas en un hospital de Philadelfia, aunque quedó con secuelas cuando regresó al mando el 26 de agosto, en la Segunda Batalla de Bull Run, en la cual dirigió a su Brigada, haciendo una posición heroica en Henry House Hill para proteger la retaguardia del ejército de la Unión en retirada.

El 12 de septiembre, Meade recibió el mando de la 3ª División, Primer Cuerpo de Ejército del Potomac, y se distinguió durante la Batalla de South Mountain el 14 de septiembre. En la batalla de Antietam el 17 de septiembre de 1862 fue nuevamente herido en el muslo. Durante la batalla de Fredericksburg en diciembre de 1862, la División del General Meade hizo el único avance dentro de las líneas Confederadas, abriéndose paso a través de una brecha abierta en la División del General Stonewall Jackson. Sin embargo, su ataque no fue reforzado, recuperando los confederados el terreno perdido. Meade perdió gran parte de su División.


Después de Fredericksburg, el General Meade recibió el mando del V Cuerpo de Ejército, que lideró en la Batalla de Chancellorsville a principios de mayo de 1863. El General Joseph Hooker, entonces al mando del Ejército del Potomac, vaciló demasiado en sus planes de batalla, permitiendo a los confederados que tomaran la iniciativa. Las tropas del General Meade no participaron durante la mayor parte de la batalla. Aunque las tropas de la Unión habían sido derrotadas, Meade manejó la estrategia con gran habilidad y protegió los vados importantes en el río Rappahannock. 

La dedicación al deber que tenía el General Meade, pueden ayudar a explicar la naturaleza de su fuerte temperamento. Era un hombre enérgico y exigente, bien conocido por su violenta impaciencia con la estupidez, la negligencia y la pereza. Estallaba en arrebatos de rabia o ira, especialmente bajo el estrés de una batalla.


El mal genio de Meade le ganó notoriedad, y aunque fue respetado por la mayoría de sus compañeros, no fue bien amado por su ejército. Que se refería a él como "una maldita y vieja tortuga de ojos saltones". Su ayudante de campo, el Teniente Coronel Theodore Lyman dijo de él: "No conozco a ningún hombre, que, cuando se indigna, ejerce menos caridad cristiana que mi bien amado jefe"

Aunque irritable bajo el estrés, las decisiones de Meade siempre se fundaron por una buena razón estratégica, y aunque su actitud fue casi siempre dura para sus subordinados, siempre daba los resultados previstos.  De todas formas, cuando no estaba absorto en sus quehaceres militares, Meade era una persona diferente, afable, contaba historias divertidas aunque siempre con un lenguaje culto y educado, y gustaba de sentarse con sus oficiales a conversar.

Sin embargo, generalmente se mantenía apartado y no hacía ningún esfuerzo por hacerse popular. Y como ya referí antes, mantenía a raya a los miembros de la prensa, en represalia los periodistas acordaron entre ellos no mencionarlo en sus triunfos, logros y victorias, sólo lo hacían en referencia a los contratiempos y fracasos.

George Meade estaba tiernamente dedicado a su esposa e hijos. Su mal carácter nunca se dejaba ver en los correos que enviaba a su casa. En una carta a su hija en la primavera de 1862 decía:

"Pienso mucho en ti y en todos mis queridos hijos. A menudo me imagino la última vez que te vi: Tú, Sarah y Willie, acostados en la cama llorando, porque tenía que irme, y mientras te regañaba por llorar, sentí yo también ganas de llorar.

Es muy duro mantenerse alejado de ti, porque no hay ningún hombre en la tierra que ame a sus hijos más que yo, o cuya felicidad dependa más de estar con su familia. Sin embargo, el deber me obliga a estar aquí, a hacer lo poco que pueda para defender nuestra bandera. Y cualquier deber que nos obliguen a hacer, deberíamos hacerlo todos, viejos y jóvenes, alegremente, por desagradable que sea".



Por desavenencias entre el General Joseph Hooker y el Presidente Abraham Lincoln junto al General Henry Halleck por la forma de enfrentarse al General Robert Lee, el primero de ellos presentó su dimisión que fue aceptada de inmediato por los segundos, nombrando en las primeras horas de la mañana del 28 de junio de 1863, jefe supremo del Ejército del Potomac.  Aceptando el General Meade aunque no se sentía el mejor capacitado para la misión ya que consideraba a muchos de sus compañeros más competentes para el cargo.


El General Meade se enfrentó al General Lee, para ello pensó en un primer momento establecer una línea defensiva tras Pipe Creek, pero siguió la recomendación de Winfield Scott Hancock de que haría mejor si concentraba las tropas en Gettysburg. Haciendo frente a la sangrienta ofensiva del General Lee, distribuyó sus tropas entre los distintos lugares amenazados de las líneas confederadas, justo a tiempo para lograr detener cada uno de los asaltos del jefe del Ejército Confederado. Tras tres días de desesperados, sangrientos y mortíferos combates, Meade logró la victoria en una de las batallas decisivas de la guerra, un éxito por el que recibió las felicitaciones del Congreso de los Estados Unidos. 

Fue acusado de dejar escapar al ejército sudista prácticamente indemne, debido a su religión católica, influenciado por un sacerdote jesuíta que pidió clemencia para los derrotados, desobedeciendo así una orden directa del Presidente Lincoln de arrasar al Ejército Confederado. Estas acusaciones siguieron tras el final de la guerra, y, aunque recibió condecoraciones y distinciones, aquel comportamiento con el ejército vencido le lastraron hasta su muerte a causa de una pulmonía, cuando le quedaba un mes para cumplir 57 años, el 6 de novimebre de 1872. Hasta el último día, estuvo activo en el Ejército. Su esposa falleció el 7 de Enero de 1886, a la edad de 71 años.






jueves, 27 de diciembre de 2018

Mis articulistas preferidos: Manuel Llamas Baúza

Mis articulistas preferidos: Manuel Llamas Baúza. 

El Hospital Provincial «Moreno de Mora».

Su construcción se debe a la generosidad del gaditano don José Moreno de Mora y Vitón, quien en beneficio de las clases más modestas de la provincia, levantó esté Centro hospitalario, dotándolo de los elementos más modernos entonces conocidos.

Como lugar más adecuado para su emplazamiento se eligió un amplio espacio de terreno situado en las afueras de la ciudad y cercano al mar, en el sitio conocido desde muy antiguo, como Campo del Balón y Barquillas de Lope. Dentro de este terreno se encontraba situado el cuartel del San Fernando. Dicho terreno fue cedido por el Estado mediante una Ley de un Artículo único: 

“Se cede al Ayuntamiento de Cádiz el pleno dominio del abandonado y ruinoso edificio del Cuartel de San Fernando, propiedad del Estado, con el exclusivo fin de que se destine a la edificación del Hospital Civil que donará a la provincia de Cádiz, el Excmo. Sr. don José Moreno de Mora. 

Por tanto:

Mandamos a todos los Tribunales, Justicias, Jefes y Gobernadores y demás autoridades así civiles como militares y eclesiásticas, de cualquier clase y dignidad, que guarden y hagan guardar, cumplir y ejecutar la presente Ley en todas sus partes.


Dado en Palacio a 10 de Abril de 1900.

Yo la Reina Regente".

Igualmente mediante otra Ley de la Soberana de fecha 1 de abril de 1902, se autorizaron las importaciones libre de derechos, de todos los materiales y efectos destinados a esta construcción.

La formación de los planos y dirección de las obras se encomendaron al arquitecto francés Mr. Luciano Virant, especializado en este tipo de construcciones. Las obras dieron comienzo a fines del año 1900 y se concluyeron en el mes de marzo de 1904. Cuando se estaban ultimando las mismas con fecha 22 de Febrero de 1904, don José Moreno de Mora, dirigió una carta al Presidente de la Diputación Provincial, imponiendo determinadas condiciones para la entrega del Hospital a la provincia de Cádiz. 

Entre las citadas condiciones, las cuales fueron aceptadas íntegramente por la Diputación Provincial reunida en sesión, figuraban, que mientras subsistan en España las Hermanas de la Caridad, deberán ser ellas las que estén a cargo de los enfermos; que el Director y el portero serian designados por el Sr. Moreno de Mora, siendo inamovibles en sus cargos, “…a no ser que cometan faltas en el ejercicio de sus cargos”; que no podrá variarse ninguna habitación sin permiso del donante y que se dedicará siempre a los usos para los cuales están destinadas y que en caso de que desaparecieran las Diputaciones Provinciales se hará cargo del Establecimiento el Ayuntamiento de Cádiz.

El día 5 de marzo de 1904, ante el notario don Luis Álvarez-Ossorio, don José Moreno de Mora hizo entrega mediante escritura pública del Hospital a la Diputación Provincial, acompañando a esta escritura de entrega un inventario de todas las pertenencias del Hospital, compuesto de 55 folios. Al acto de dicha entrega asistieron las Autoridades y todos los Alcaldes de los pueblos de la provincia, pronunciando discursos el Presidente de la Diputación y el Sr. Moreno de Mora: 

“...He puesto en la construcción de este edificio tanta solicitud, tanto interés, tanto cariño, que no he de negarlo, al entregarlo hoy, me parece que es un pedazo de mi alma lo que con él os entrego..."


El Hospital ocupaba una superficie de 7.929 m2 y está constituido por dos cuerpos de edificación separados por un patio central, los que se comunican entre sí por pasajes subterráneos en forma de túnel. En un principio este Hospital se denominó de «San José», pero algunos años después la Diputación Provincial con muy buen criterio, en homenaje a su donante acordó que llevase su nombre, denominándosele «Hospital Mora Provincial».

En los estrechos límites de espacio de esta sección, resulta poco menos que imposible trazar ni incluso una breve historia de este importante Centro hospitalario. 

Pero de lo que sí queremos dejar constancia, por ser ello de justicia, es que la Diputación Provincial que tiene a su cargo el sostenimiento de este Hospital, dentro de los límites de su presupuesto dedica una especial atención al mismo. Por ello las diversas obras para la reparación y modernización del mismo e incluso ampliación son muy frecuentes, así como las diversas adquisiciones del más moderno material para el tratamiento de las distintas enfermedades. Según la Memoria de las actividades de la Diputación Provincial, correspondiente al cuatrienio de 1970-73, durante el expresado periodo de tiempo, las cantidades por distintos conceptos invertidas en el Hospital Mora, ascendieron a 397.296.542 pesetas, lo que corrobora claramente nuestra afirmación con mayor elocuencia que nuestras propias palabras.



Bibliografía.  Ricardo Moreno Criado: El Hospital Mora Provincial. En “Rincones Gaditanos”. Hoja del Lunes, 10 de febrero de 1975. Cádiz.



martes, 27 de noviembre de 2018

El cuartel de San Fernando en Cádiz.

Muy poco o casi nada, se ha escrito sobre el Cuartel de San Fernando, que puede decirse fue uno de los mejores edificios con que contaba la ciudad en aquella época y que pese a su denominación, tuvo más bien un destino puramente asistencial, más que militar.

Se encontraba situado junto al lugar conocido por «Campo del Balón» y en sitio muy cercano al Hospicio. Fue construido en el año 1802, bajo la dirección y planos del arquitecto Torcuato Benjumeda, por cuenta de la Casa de la Misericordia y en terrenos propiedad de ésta, que algunos años antes le habían sido donados por el Gobernador Militar y Político de Cádiz, Conde de O'Reilly y para sufragar el costo de las obras, con la autorización de la Corona, se estableció en Cádiz un impuesto sobre el vino.

Su fachada presentaba un bonito aspecto, correspondiendo su arquitectura al orden dórico y el edificio formaba un conjunto realmente espléndido, en aquel tiempo. La fachada presentaba un pórtico de tres arcos hecho en un cuerpo rústico como base. Sobre ésta se eleva el cuerpo principal adornado por cuatro columnas dóricas, terminando en un frontis triangular. También resaltaba la contraposición que presentaban las partes adornadas del centro con los espacios lisos de los costados.

El primitivo origen de esta construcción fue para destinarla a Hospital de mal venéreo, pero no se llegó a darle dicha finalidad. Con motivo del bombardeo de la escuadra inglesa, se dispuso por el mando militar el alojamiento de tropas en dicho edificio, al objeto de que estuvieran preparadas para impedir un posible desembarco en la playa de La Caleta, por considerarse aquel lugar el más amenazado de ello. Durante la Guerra de la Independencia, sirvió para alojamiento de los Voluntarios Distinguidos de Cádiz, en cuya fecha se le dio a su fábrica la denominación de «Cuartel de San Fernando» y, en épocas posteriores, fue también cuartel de las Milicias Nacionales, en las diferentes ocasiones que estas fuerzas populares existieron en nuestra ciudad.

En el año 1819 y debido a la terrible epidemia de fiebre amarilla que padeció Cádiz y que dio origen a crecido número de víctimas, para la curación de los enfermos se establecieron distintos hospitales provisionales, uno de los cuales se instaló en este inmueble.

El Ramo de Guerra se incautó de dicho edificio para instalar en el mismo el Parque de Ingenieros del Ejército de Ultramar, que se organizaba en 1820 y de cuya idea se desistió luego debido a los acontecimientos políticos que se desarrollaron aquel año.



Algún tiempo después y encontrándose la Beneficencia a cargo del Ayuntamiento, éste se consideró con derecho a la posesión del Cuartel de San Fernando, por lo que con fecha 21 de enero de 1826, reclamó esta construcción como suya a la Dirección del Arma de Ingenieros y un mes justo después, en el Cabildo Municipal celebrado ese día, se dio lectura a la comunicación del Comandante General del Distrito, en contestación a ello, en la que se decía:

 " . . .que el Parque del extinguido Ejército de Ultramar, sería ocupado por el Hospital de mal venéreo y que había comunicado al Gobierno la pretensión de la Ciudad, para que deliberase y que estaba presto a dejarlo, si se abonase la crecida cantidad que era necesaria para trasladar los efectos que encerraba…". 

Con cargo al municipio, en el mes julio del citado año se efectuaron diversas obras en este cuartel, las que consistieron principalmente en la reparación de algunas bóvedas de su fábrica. Con motivo de la Guerra de África, en la reunión celebrada por la Junta Directiva del Casino Gaditano, el día 12 de diciembre de 1859, a propuesta de su presidente, acordó dicho casino crear un hospital de sangre para los heridos en campaña, iniciando para ello una suscripción entre sus socios y estableciendo cuotas para estancias a dos pesetas, eligiéndose para la instalación del hospital de sangre, el Cuartel de San Fernando.

El Dr. Orozco Acuaviva en un interesante folleto que narra la historia del Casino Gaditano, bajo el título de “Historia chica de un Casino grande”, escribe que por aquel tiempo el citado edificio se encontraba en gran abandono, por lo que para acondicionarlo para el citado fin hubo de hacérsele una importante reforma bajo la dirección del arquitecto Manuel Heredia, cuyo importe ascendió a 49.807 reales y a 118.325 su dotación.



Algunos años después y tan pronto se tuvo conocimiento en la Ciudad de que el filántropo gaditano D. José Moreno de Mora proyectaba la construcción de un hospital para los pobres de nuestra provincia, con fecha 13 de marzo de 1900 los Diputados por Cádiz Sres. Viesca, Marenco y Auñón, presentaron en el Congreso una proposición de Ley relativa a la cesión del Cuartel de San Fernando, de Cádiz, para que en su solar y una vez derribado se construyera en el mismo dicho hospital, por considerarse el mismo ideal para el citado fin. Y algunos días después, apareció publicado en la «Gaceta de Madrid» del 12 de abril de 1900, la siguiente Ley:

"Don Alfonso XIII por la gracia de Dios y la Constitución Rey de España y en su nombre y durante su menor edad la Reina Regente del Reino:

A todos los que la presente vieren y entendieren, sabed: que las Cortes han decretado y Nos sancionado lo siguiente:

Artículo único. Se cede al Ayuntamiento de Cádiz el pleno dominio del abandonado y ruinoso edificio del Cuartel de San Fernando, de propiedad del Estado, con el exclusivo fin de que se destine a la edificación del Hospital Civil que donará a la provincia de Cádiz, el Excmo. Sr. D. José Moreno de Mora. 

Por tanto: Mandamos a todos los Tribunales, Justicias, Jefes, Gobernadores y demás autoridades así civiles como militares y eclesiásticas, de cualquier clase y dignidad, que guarden y hagan guardar, cumplir y ejecutar la presente Ley en todas sus partes. 

Dado en Palacio a diez de abril de 1900.-
YO la Reina Regente.-
El Ministro de Hacienda, Raimundo F. Villaverde


Y en cumplimiento de ello, algunos meses después, la piqueta municipal, procedía al derribo del Cuartel de San Fernando, transformando así la presencia física del mismo en el recuerdo de los gaditanos



Bibliografía: Ricardo Moreno Criado: El Cuartel de San Fernando. En “Rincones Gaditanos”. Hoja del Lunes, 29 de septiembre de 1975. Cádiz. 1975.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Juan Pedro Ciberio Sepúlveda



Juan Pedro Ciberio Sepúlveda, natural de Atalaya del Cañavate, una pequeña población de la provincia de Cuenca, fue ejecutado por el método del garrote vil el 12 de noviembre de 1909, en la Cárcel Real de Cádiz. Fue un ajusticiamiento muy sonado en la época, ya que la población y las autoridades se movilizaron en contra de esta sentencia y pidieron encarecidamente el indulto al Consejo de Ministros de España, encabezado precisamente por el gaditano Segismundo Moret, y al Rey Alfonso XIII. 

Los cuatro periódicos gaditanos de la época (El Demócrata, La Dinastía, Diario de Cádiz y El Correo de Cádiz) informaron puntual y detalladamente de los últimos días del reo Ciberio Sepúlveda. Desde la activa burguesía, que utilizó todas las influencias a su alcance, hasta la ciudadanía, que recibió hostilmente al verdugo y se manifestaba frente a la cárcel, hubo un gran movimiento para intentar que se anulara la sentencia y se conmutara la pena. De poco sirvió, ya que el ajusticiamiento se llevó a cabo finalmente. 

El día de la ejecución, los colegios y centros docentes no abrieron su puertas en señal de protesta y los espectáculos teatrales también fueron suspendidos.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Casa Nicanor


En todo Cádiz no había nadie que dejara de saber la popularidad y los merecidos prestigios de los que gozaba, en justicia, un gran establecimiento de vinos que se conocía en todas  partes bajo el familiar nombre de «Casa Nicanor».

En Cádiz se hablaba de estas enormes bodegas como de algo propio, y como es natural, con el afecto y consideración que le concedían la confianza y el crédito. Nadie dejaba de ser cliente de la casa. Así se explica que vendía, solo de vinos tintos, de 700 a 800.000 litros anualmente. 



La fama de los vinos que vendía la «Casa Nicanor» se extendía a todas partes, siendo en Madrid apreciadísimos por su calidad extra superior, generalmente distinto de lo que se enviaba a la Corte, donde, como era sabido, predominaba el Valdepeñas clarete.   El legítimo vino tinto Nicanor era siempre añejo y de bouquet, vendiéndose siempre embotellado. Los había de calidades diversas, todos buenos y limpios. Siempre igual. De ahí su crédito justísimo y muy antiguo.

La gran «Casa Nicanor» fue fundada en 1887 por don Nicanor Fernández y Sáez, en unión de su hermano don Juan Antonio, en condiciones bien modestas, instalando la industria en el mismo sitio que hoy ocupa.

Tras don Nicanor, su hijo, Don Juan Fernández y Fernández, se hizo cargo de la industria, agrandándola considerablemente, hasta llegar a una extensión de 3.000 m2, llena de tinajas monstruosas y de botas y bocoyes que si se vaciaran del mosto que contenían, la mitad de la gente de Cádiz iba a andar de cabeza.

Don Juan Fernández iba todos los años a Valdepeñas, donde también tenía extensas bodegas en la calle de don Ciriaco Cruz, y allí pasaba la época de la vendimia. 

La Casa tenía magníficos vagones – cubas de su propiedad, para el transporte exclusivo de sus vinos, con cabida, cada uno de ellos, de mil arrobas. Estos almacenes ambulantes no paraban todo el año de llevar en viaje el vino Nicanor, por cierto muy apreciado en toda la costa de Marruecos.

En sus excursiones a Valdepeñas, don Juan Fernández dirigía todos los trabajos para la elaboración de sus vinos, seleccionando las uvas y poniendo toda su inteligencia y cuidados en que los géneros no dejaran de ser jamás del mismo tipo.

Para los vinos de Jerez, El Puerto de Santa María, Sanlúcar y Chiclana, contaba esta Casa con un antiguo y magnífico soleraje, compuesto de más de 300 botas, donde se almacenaban desde el amontillado fino, hasta la rica y olorosa manzanilla de Sanlúcar. Don Juan Fernández hizo grandes compras de mostos, con los que regaba sus soleras.

En la segunda década del siglo XX contaba la «Casa Nicanor» con quince operarios fijos, trabajando hasta treinta en el tiempo de la compra de mostos. 

Bibliografía: La «Casa Nicanor». Nuevo Mundo. Jueves 26 de junio de 1913; año XX, Núm. 1016. Madrid.

En la actualidad, “Casa Nicanor” sigue abierto en el sitio de siempre: La calle Rosario número 7. Remodelado y adaptado a los nuevos tiempos, pero conservando, afortunadamente, toda la esencia y solera de antaño.






lunes, 13 de agosto de 2018

Mis articulistas preferidos: José Mª Caravaca de Coca.

Artículo publicado en la Revista General de Marina en su número de Julio 2018, firmado por José Mª Caravaca de Coca.

«… LA  DIO  LA  CAPITANA DE  BARLOVENTO.  AÑO  1711»


Si algo sorprende en Cádiz es lo que se organiza alrededor de la ancestral tradición de la Procesión del Corpus Christi, que podría considerarse dentro de la llamada «arquitectura efímera», es decir, todos esos altares que se colocan jalonando el recorrido procesional y cuyo diseño e instalación son tan solo para un día y, además, varían cada año. La M. H. Hermandad de la Santa Caridad de Cádiz (1) instaló uno y en él se colocó una pieza de plata labrada con la inscripción: «ROSA MÍSTICA ORA PRO NOBIS. LA DIO LA CAPITANA DE BARLOVENTO AÑO 1711». 


La pieza de plata

Es una especie de friso abarcando de manera casi semicircular una base de madera, y de la que la historiadora M.ª Cristina López García (2) dice que está «decorada a base de hojarasca y flor bulbosa. Se encuentra delimitada en su parte superior por una moldura de hojas de laurel y en su parte inferior por una crestería invertida muy bien integrada con el resto de la decoración. Podemos apreciar una gran simbología en la pieza, donde destacan dos rosas y un anagrama de María, situado en la parte central. Todo esto hace alusión a la Virgen de la Rosa, imagen mariana a quien se destina este friso». La misma historiadora del Arte la encuadra en el estilo barroco, repujado y, sin lugar a duda, de plata. En cuanto a marcas de autoría, señala que presenta dos iguales que podrían pertenecer al fiel contraste en donde se lee «P.2». 

Es de mediano tamaño, presentando una altura de 15 centímetros y el arco de 102. Se aprecia que en realidad está integrada por tres piezas, una central y dos en los extremos. Las marcas del fiel se hallan en estas últimas. 

Presenta la pieza a lo largo del friso varias oquedades de pequeño tamaño, que podrían deberse, según M.ª Cristina López, a antiguos apliques de metal desaparecidos con el paso del tiempo o, quizás, a marcas de clavos. A esta conclusión, dice, «podemos llegar gracias a la disposición asimétrica de los mismos, así como por la variedad de tamaño de los huecos, pues debemos tener en cuenta que en el siglo XVIII la fabricación de todas estas pequeñas piezas se realizaban manualmente, siendo muy complicado igualar el tamaño de cada clavo. Además, por el tamaño de algunas cavidades podemos llegar a pensar que ha sido cambiado de soporte en más de una ocasión». 

Lo que evidencia que esta pieza ha debido de tener diversos usos a lo largo de estos más trescientos años que ya acumula.


Algo acerca de cómo llegó a la Hermandad de la Caridad de Cádiz

No se albergan dudas de que la pieza, originariamente, una cenefa o galería para sustentar una cortina, fue donada a la Virgen de la Rosa. La pequeña historia de esta imagen que se veneró en Cádiz, en lo relativo a la pieza que nos ocupa, podríamos verla así: en el acta del Ayuntamiento de del 8 de febrero de 1764 (3) consta que en el Cabildo de ese día se leyó una petición que hizo el presbítero Martín Lipari, quien decía era «Administrador del Santuario de Nuestra Señora de la Rosa», acerca de obtener permiso para ampliar la capilla en la que estaba a la veneración. Decía en el pedimento:

«… hacer en la Capilla del mencionado Santuario, un Camarín donde pueda celebrarse el Santo Sacrificio de la Misa, en el Arco o hueco del propio murallón que está encima del reducido que hoy ocupa dándole al nuevo Camarín su frente principal a la referida Plazuela de las Tablas…»
Acompañaba documentación del Obispado en la que se hablaba «de la Capellanía que fundaron Don Pedro Miramar y Doña Melchora de Mora y Figueroa». El Ayuntamiento de Cádiz, en esa misma sesión, decidió:

«… conceder el permiso y facultad que se pide para ejecutar la obra del Camarín de Ntra. Sra. de la Rosa según y como en el inserto Memorial se solicita… Y para use de esta licencia y facultad, la Ciudad acuerda se le dé testimonio de este acuerdo al referido Don Martín Lipari, con inserción de su Memorial y testimonio extraído e incorporado en este Cabildo para que siempre conste…»

Sin embargo, las cosas no fueron tan pacíficas. La autoridad episcopal decidió el traslado de Nuestra Señora de la Rosa a uno de los altares que ya existían en la Catedral Nueva, cuyas obra había sido iniciadas en 1723. Martín Lipari elevó una petición para que se extinguiese una Hermandad del Rosario que existía en la propia obra e integrada por los trabajadores de la misma. Así, el Cabildo Catedralicio, en un acta del día 3 de septiembre de ese 1764 (4), refleja la petición, pero detallaba en cuanto a la imagen y a su nueva capilla lo siguiente:

«… que habiendo dado principio a una que dice ser Capilla, en el estrecho sitio donde estaba el cuadro y pintura de la Imagen de la Rosa, experimenta escasez en las limosnas de los fieles, y el fin de sus esperanzas frustradas con no poderla continuar…»

Se razonó el traslado del cuadro al interior de la Catedral Nueva, en construcción, porque decía que estaba:

«… en un sitio tan indecente, como era el de las puertas de un figón y taberna por una parte, y de la otra un banco de un herrador, donde se dejan considerar las injurias que se cometerían a la Imagen o en su presencia por aquella parte y por esta las grandes avenidas de caballos, borricos, mulas, etc., que con frecuencia se conducen a este sitio… y sería muy del agrado de la Señora y muy de la atención del Cabildo, el que se trasladase su Imagen a una de las Capillas de la obra de la Sta. Iglesia, en donde no solo se le perpetuase su culto a la Señora, sino que lo lograse con mayores ventajas en lugar tan decente y propio…» (5).

La ciudadanía recurrió a la autoridad municipal; así se hace constar el 5 de diciembre de ese mismo año de 1764 (6) en el acta del Cabildo:

«Leyóse el Memorial… presentado por varios vecinos de la Plazuela de las Tablas y un papel escrito al Sr. Procurador por el Señor Licenciado Esteban de Gámez y del Ilmo. Dignidad de Chantre de la Iglesia Catedral de nuestra Ciudad… sobre la translación de la imagen de Ntra. Sra. de la Rosa al nuevo templo de la Santa Iglesia Catedral…»

Los vecinos de la Plazuela, en un escrito firmado por más de cuarenta, decían:

«… devotos y bienhechores de la soberana imagen de Nuestra Señora de la Rosa, sita en dicha Plazuela, impedidos de su fervor y afecto a esta Señora, no pueden menos que ocurrir (sic) a la protección de V. E. y que habiendo por espacio de más de un siglo rendido culto a dicha Señora en su antigua Capilla siendo el objeto de la popular devoción y refugio de los navegantes y afligidos; con deseos los Suplicantes de promover en lo posible el aumento de su devoción y lograr la mayor decencia, precedidas las correspondientes diligencias de la Curia Eclesiástica y el haberse dignado V. E. con su expreso permiso in escriptis (sic) conceder en dicha Plazuela un sitio que por ser antiguo muro de la Ciudad era perteneciente su dominio y propiedad, labrado en él un primoroso Camarín el que se ha costeado con las limosnas de los fieles y principalmente con los de los Suplicantes, cuando se trataba de su finalización para colocar en él a dicha soberana imagen, advirtieron con harto dolor suyo la bien extraña novedad de habérsela quitado la efigie del sitio donde interinamente estaba con la mayor decencia expuesta a la común devoción y llevándola a la Nueva Catedral que se está haciendo, despojando a los devotos bienhechores y vecinos del consuelo y recurso que en sus aflicciones tenían en dicha soberana imagen, entibiando con esta mutación local el fervor de todo el Pueblo, decayendo el culto de la Señora y privando por consiguiente a V. E. del dominio y posesión en que está dicha Capilla y por lo que en semejante conflicto no pueden los Suplicantes dejar de recurrir a el patrocinio de V. E. para que como agraviado en la especificada remoción y despojo, disponga los correspondientes remedios a efecto de que se restituya como es debido … a el sitio interino donde se hallaba hasta que concluido el referido Camarín o Capilla se coloque en ella…»

Al alcalde, Juan de Barrios, le llegó del Obispado un escrito informando de que:

«… Habiendo entendido que por algunos de los que se nombran vecinos de la Plazuela de las Tablas, mal aconsejados, y menos devotos de la imagen de Ntra. Sra. de la Rosa, se intenta dar Memorial en el Ayuntamiento de esta Excma. Ciudad, pretendiendo se les proteja en el intento deducido, sobre que dicha imagen se restituya al sitio, de donde fue trasladada, prevengo a V. S., que lo haga presente a esos Sres. Capitulares, como la traslación de la Sra., se hizo al nuevo templo de esta Santa Iglesia, en virtud de Decreto del Ilmo. Sr. Obispo, a consecuencia de una Diputación de mi Cabildo que trató con S. Ilma. y el Sr. Provisor en los puntos importantes, para la traslación de la imagen, tan ventajosa, como precisa, en vista de las injurias y obscenidades, con otros daños al público, que se cometían delante de la Sra., y que ha causado que fuese al dicho nuevo templo, era preciso derribar el castillo, que se le estaba formando, para su colocación porque habiendo de correr calle por detrás al templo, es necesario se comprehenda (sic) aquel sitio, para que la línea de la Plazuela que ha de haber, quede recta: en cuyos términos parece despreciable cualquier recurso…»

El Ayuntamiento decidió, después de un largo debate ante el cariz que tomaba el asunto, no mezclarse y, en cuanto al sitio concedido, determinó que si no iba a ser usado debería volver a la ciudad. Los vecinos decían, como se reflejó en su escrito, que por espacio de un siglo se le venía rindiendo culto a Nuestra Señora de la Rosa, estimando hacia 1648 el inicio de la veneración popular del cuadro y que, como se dijo también, debió de iniciarse por el impulso de Melchora de Figueroa. Además, luego se verá, el Cabildo Catedralicio no dudaba de que podía disponer tanto del cuadro como de sus alhajas.

Continuando con el seguimiento, en julio de 1784 (7) los vecinos de la zona, entendemos que no del todo conformes con que se venerase en el interior de una Catedral Nueva, en obras, elevaron petición a la autoridad eclesiástica para que: «… se conceda por el Cabildo que la imagen de la Sra. se traslade interinamente a el claustro de el convento del Sr. Juan de Dios, donde desean labrarle altar». En octubre (8), se les informó de que:

«… sobre la solicitud de Don Martín Lipari Presbítero y otros varios sujetos para trasladar la Imagen de Ntra. Sra. de la Rosa, que existe a cargo del Cabildo en una de las Capillas de la Iglesia nueva, al claustro del convento de San. Juan de Dios para en él erigirle altar, y haciendo ver en él cual que Da. Beatriz Francisca de Figueroa, por su testamento bajo el que falleció, dejó esta Imagen y alhajas al Cabildo… se acordó convenir en la solicitud de estos vecinos.»

Como se ve, se habló en ese momento de Beatriz Francisca de Figueroa, sobrina de Doña Melchora de Figueroa, de quien se había dicho en 1764 habría constituido esa capellanía; sobre esto se hablará más adelante. 


En el Hospital de la Misericordia y al mismo tiempo Convento de San Juan de Dios se conservan los inventarios que se hacían cuando el prior se tenía que ausentar para asistir a los capítulos generales o era relevado. Así, en el de 1787, fray Agustín Pérez de Valladolid lo hizo en el mes de marzo (9). Al hablar del patio del Hospital, se reflejó lo siguiente:

«Otro Altar con sus puertas todo dorado y pintado de nuevo y en él la Imagen de N. S. de la Rosa… este Altar e imágenes hecho todo nuevo por Don Martín Lipari (10) como Administrador de dicha Sra. tienen sus alhajas de plata y demás servicio de Altar, todo en depósito de dicho Administrador.»

Siendo, así la primera vez que se nombra Virgen de la Rosa; en sucesivos años, por las razones expuestas, en los inventarios seguía apareciendo. Destacamos el que se hizo en 1796, en cuya descripción se detalló la existencia de la cenefa:

«Otro altar... y en él la imagen de Ntra. Sra. de la Rosa en un cuadro, con su marco de plata y corona de lo mismo sobre dorada con pedrería y su hijo S. Smo. en los brazos con corona de lo mismo… una cenefa… y dos angelitos todo de plata.» 

Desde ese año fue figurando en todos los inventarios con una descripción similar. 

Es sabido que la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios dejó el Hospital de la Misericordia de Cádiz con motivo de la Desamortización de 1835, figurando por última vez en el inventario de 1833 en donde se añadió el detalle del uso de la cenefa:

«… Altar de Ntra. Señora de la Rosa... tiene también… y una cenefa… todo de plata; Seis cortinas de seda de diferentes colores con galones finos, que sirven de velo y penden de esta cenefa de plata.»

Al marcharse la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, el Hospital pasó a una junta de beneficencia, y de ella, tras largo proceso judicial, retornó a la Hermandad de la Santa Caridad. Así, en 1863, en acta notarial se hizo entrega a la Hermandad de los bienes, y en la descripción detallada figuró: «Ítem. 83: Una cenefa de plata cincelada en tres pedazos». En 1873, en un inventario general de la Hermandad se detalló que ese ítem « ...está conforme, donada por la Capitana de Barlovento año de 1711». Sin embargo, no figuró ya más el cuadro de Nuestra Señora de la Rosa, por lo que esta cenefa-galería, al no perdurar la pintura dejó de tener la capitana de Barlovento en 1711. Sin embargo, no figuró ya más el cuadro de Nuestra Señora de la Rosa, por lo que esta cenefa-galería, al no perdurar la pintura dejó de tener la función para la que se creó, y ese mismo año de 1873 la Hermandad de la Caridad decidió modificarla, siendo enviada a los Talleres de Don José Fuentes en Cádiz, en donde se hizo el trabajo de «componer y limpiar una cenefa de plata para el manifestador» (11) y es así como hoy en día puede ser apreciada. 

La capitana de Barlovento en 1711

La Armada de Barlovento se estableció en 1636 como una fuerza naval para proteger a las tierras de Nueva España, así como sus rutas mercantiles en el golfo de México y a las llamadas islas de Barlovento, y era una de las que componían el sistema de las Armadas Regionales. 

La capitana era el navío Nuestra Señora de Guadalupe (12), que fue construido en Campeche. Se puso la quilla en 1702 y en 1703 se incorporó en Veracruz a la Armada de Barlovento, entonces al mando del gaditano almirante Andrés Pez. El navío tuvo una gran actividad. Pero ahora nos centraremos en la que tuvo en los años próximos a la donación de la interesante pieza de plata, sobre todo por intentar saber las razones de dicha donación.

Las circunstancias de la Guerra de Sucesión hicieron que en noviembre de 1709, al mando de Andrés de Arriola, iniciara un viaje desde Veracruz protegiendo a la Flota en el viaje de retorno, llegando a Cádiz el 2 de marzo de 1710. Fue alistada para llevar al duque de Linares, virrey electo de Nueva España, saliendo de Cádiz el 6 de agosto y con llegada a Veracruz el 12 de octubre de ese año. El 29 de enero de 1711 inició otro viaje al mando de Arriola, llegando a Cádiz el 31 de marzo, en donde estuvo hasta su salida hacia Nueva España —también al mando de Arriola, junto con seis buques mercantes— el 3 de agosto de 1711. Es decir, que surta en Cádiz, ese año que figura en la pieza de plata donada tan sólo estuvo poco más cuatro meses. 

Continuó el Nuestra Señora de Guadalupe con su vida marinera, relativamente corta, ya que el 13 de julio de 1724, al mando de Gabriel de Mendinueta, salió de Cádiz con la flota de azogues del teniente general Baltasar de Guevara hacia Nueva España, junto al San José, alias Tolosa, mandado por Sebastián de Villaseñor. Tras hacer una escala Puerto Rico el 13 de agosto, se volvió a la mar el día 23. En la navegación de Puerto Rico a La Habana les sorprendió un fortísimo huracán el 24 de agosto, por lo que intentaron buscar refugio en la bahía de Samaná, en la hoy República Dominicana. Entrada ya la noche y rebasado el cabo de San Rafael, el Nuestra Señora de Guadalupe encalló en unos arrecifes, y el San José corrió la misma suerte al amanecer el siguiente día. En el Nuestra Señora de Guadalupe se salvaron unos 500 tripulantes y pasajeros de los 600 que iban a bordo, mientras en el San José solo hubo 30 supervivientes de 600. El general de Guevara murió durante la evacuación del naufragio, salvándose el capitán Mendinueta (13). El Nuestra Señora alcanzó, posteriormente mucha fama, al ser su pecio localizado e investigado en 1977 y de donde se extrajeron unas 20.000 piezas, las cuales fueron al Museo de las Casas Reales de Santo Domingo (14).

Algo de la situación de la Virgen de la Rosa y sus alhajas en Cádiz en 1711

Como se ha dicho antes, la veneración a la Virgen de la Rosa en el camarín de la muralla debió iniciarla Doña Melchora de Figueroa, quien era la propietaria de la vivienda en donde estuvo colocado y que falleció en Cádiz el 28 de abril de 1706 (15) a la edad de 100 años. Continuó la labor su sobrina Beatriz Francisca de Figueroa, fallecida en 1749 (16), quien en su testamento (17) de 1747 dejó estipulado, entre otras disposiciones, lo siguiente:

«16. Declaro que por muerte de Doña Melchora de Figueroa, mi tía, heredé un cuadro pintura de la Milagrosa Imagen de Nuestra Señora de la Rosa, el mismo que estaba colocado en un hueco de las casas que fueron de mi morada que son en la calle que nombran de la Rosa de esta ciudad y a mis expensas de los dichos mis hijos y con algunas limosnas que distintos devotos han dado ha tenido dicha milagrosa imagen, culto público para la veneración de los fieles, y se han ejecutado diferentes alhajas de plata para su adorno y mayor decencia… Mando que el expresado cuadro, con todo cuanto le corresponde y pertenezca, quede a disposición de los Señores Deán y Cabildo para que… lo mantenga… en el sitio a donde al presente está colocado o lo trasladen a el que mejor le parezca…»

Verdaderamente estaba claro que heredó el cuadro y que dispuso que tanto este como todas sus alhajas, incluida la cenefa-galería que estudiamos, quedasen a disposición del Cabildo Catedralicio, que, como ya se ha visto, dispuso pasasen finalmente al Convento Hospital de la Santa Caridad, donde ha permanecido hasta hoy. Beatriz Francisca estuvo casada con Luis Pedro Mora y Figueroa.

El porqué de la donación

¿Es una pieza que se puede considerar un ex voto a la Virgen de la Rosa por un hecho en concreto o fue una simple donación quizás influida por razones de amistad? 

Habría que considerar que esos años, en plena Guerra de Sucesión, las navegaciones a ultramar estaban en permanente amenaza, por lo que no sería de extrañar el carácter de exvoto como modo de implorar la protección divina y que ya habían reflejado los propios vecinos al decir que era la Virgen «refugio de los navegantes y afligidos», quizás por haber llevado en 1710 a buen término el traslado del electo virrey a Nueva España.

Por otra parte, intentando buscar otras razones, se ha analizado la documentación de la carga embarcada en Cádiz en 1710 y 1711 en la capitana de Barlovento, en la que figura como cargador Alfonso de Mora y Figueroa (18), quien era hermano político de Beatriz Francisca de Figueroa, principal artífice de la veneración en el santuario de su propiedad a la Virgen de la Rosa en esos años, lo que evidencia cierto grado de relaciones familiares en el mundo de los cargadores de Indias en la ciudad de Cádiz, que eran muy dados a este tipo de donaciones en esos momentos.

Conclusiones finales 

Estamos ante una pieza de gran interés por varias razones, tales como el período histórico de la donación, la Guerra de Sucesión, el mundo de los cargadores de Indias en Cádiz, la ejecución en sí de la plata labrada, el que fuese dada por la capitana de la Flota de Barlovento con base en Veracruz en Nueva España a una ciudad como Cádiz, que el propio navío Nuestra Señora de Guadalupe sufriese un terrible naufragio, que sea uno de los pecios más estudiados y expuestos en Santo Domingo y, finalmente, que haya permanecida prácticamente desconocida en estos siglos.

(1) Para saber algo más de la M. H. Hermandad de la Santa Caridad de Cádiz, véase: CARAVACA DE COCA, José M.ª: «La catástrofe de Cádiz de 1901. Explosión de un torpedo», en REVISTA GENERAL DE MARINA, Tomo 272, enero-febrero 2017, p. 5.
(2)LÓPEZ GARCÍA, M.ª Cristina: Estudio de platería en la Hermandad de la Santa Caridad de Cádiz. Universidad de Cádiz. Inédita.
(3) Archivo Histórico Municipal Cádiz (AHMC), actas del Cabildo, 1764.
(4) Archivo del Cabildo Catedralicio de Cádiz (ACCC). Acta del Cabildo, 3 septiembre de 1764.
(5) Ídem.
(6) AHMC, Actas del Cabildo Municipal, 1764
(7) ACCC. Acta del Cabildo, 9 de julio de 1784.
(8) Ibídem, 11 de octubre de 1784.
(9) Archivo Histórico de la Hermandad de la Santa Caridad de Cádiz (AHCC). Libros inventarios 485 y 486.
(10) En su testamento, hecho en 1792, dejó dicho: «4. …imagen que con el título de Nuestra Señora de la Rosa dejo colocada en el altar que a mi propia costa, he hecho en el Patio… del Convento Hospital del Sr. San Juan de Dios de esta Plaza en virtud de haberme concedido el sitio donde se halla ...». Archivo Histórico Provincial Cádiz (AHPC). Protocolos 1792. Escribano Cipriano José González.
(11) AHCC. Caja núm. 1. Inventarios. Cuenta de Obras hechas en las alhajas de plata en 1873
(12) Fue conocido como Nuestra Señora de Guadalupe y San Antonio.
(13) Acerca de este hundimiento se escribió la novela Huracán. LEÓN AMORES, Carlos: Huracán, Plaza & Janés. Barcelona, 2000.
(14) Fueron expuestas las piezas también de modo itinerante bajo el título de «Huracán, 1724. Navegantes y náufragos de la Ruta del Mercurio» en el Museo CosmoCaixa de la Ciencia de Alcobendas (Madrid). ABC, Madrid, sábado 18 agosto 2001, p. 31.
(15) ACCC. Enterramientos. «En Cádiz veinte y nueve de abril de mil setecientos y seis años se enterró de noche en Santa María con oficio de medias honras a D.ª Melchora de Figueroa y Valenzuela de edad de cien años… Viuda del alférez Sebastián Ruiz de la Torre… Fundó una Capellanía de Misas Rezadas… Murió en veintiocho…».
(16) ACCC. Enterramientos. «En Cádiz diez y siete de diciembre de mil setecientos cuarenta y nueve años, se enterró por la tarde… en el Convento de Sta. María, D.ª Beatriz Francisca de Figueroa y Herrera… de edad de ochenta y cuatro años: Viuda de Dn. Luis Pedro de Mora y Figueroa… murió en diez y seis…».
(17) AHPC. Protocolos año 1747. Escribano, José Antonio Camacho.
(18) Consta en el registro, con todo detalle, que embarcó seis frangotes, siete cajones y cincuenta cajoncillos, por su cuenta y riesgo, siendo el destinatario Simón de Medal y Moscoso en Veracruz. Archivo General de Indias. Indiferente 1.272, «1710 Registro del Galeón nombrado Nuestra Señora de Guadalupe y San Antonio, Capitana de la Real Armada de Barlovento que hace viaje a la Provincia de Nueva España a transportar al Sr. Duque de Linares, electo Virrey de aquel Reino». Folio 101.