Pasión por Cádiz

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Cádiz, Andalucía, Spain
"Ab origene one semper fidelis, in perpetuam, semper et ubiquem Gades. Qui poters capere, capiat"

sábado, 28 de mayo de 2011

Mis articulistas preferidos: Miguel García

Las "chinas"

En referencia a las clásicas aceras de la Plaza de San Juan de Dios.

Por Miguel García Díaz


Vuelvo a colaborar en la sección de este blog titulada “Mis articulistas preferidos” con un tema de rabiosa actualidad. Aunque el título de este artículo se llame así, no voy a  escribir sobre las chinas, habitantes femeninas de la República Popular de China, sino sobre “las chinas” del acerado histórico de la plaza de San Juan de Dios.

Y las denomino “chinas” y no “chinos lavados”, porque así se les llama en la documentación que he consultado al respecto. Concretamente en la Certificación de Obras firmada por el arquitecto municipal se dice que en la pavimentación de la plaza de Isabel II, actual San Juan de Dios, las dos aceras estaban decoradas en dibujos blancos y negros de chinas.

Los lectores se preguntarán cómo surgió la idea de pavimentar de nuevo la plaza y por ello voy a hacer un poquito de historia. Todo se debió a la iniciativa de ese gran alcalde que tuvimos que se llamó Ramón de Carranza y Fernández de la Reguera.


Cuando el 30 de junio de 1927 dimitió el alcalde de Cádiz Agustín Blázquez, según parece por un enfrentamiento con el Gobernador Civil Luis Losada, la Unión Patriótica, que era el órgano político oficial de la Dictadura, promovió la candidatura del Almirante Ramón de Carranza quien contaba con el apoyo de personas tan influyentes como José María Pemán. En un principio Carranza se mostró reticente a aceptar el cargo por motivos personales, pero el día 8 del mes siguiente telegrafió al General Primo de Rivera aceptando ser candidato a la Alcaldía, pues por entonces había conseguido contar con un equipo adecuado para trabajar por la ciudad.

El 15 de Julio de 1927 se celebró la reunión de la Corporación Municipal presidida por el Gobernador Civil interino procediéndose a la votación por la que Ramón de Carranza salió elegido alcalde por 27 votos a favor y uno en blanco. En ese mismo acto Carranza tomó posesión de su cargo.


He contado todo esto porque el Alcalde Ramón de Carranza fue un hombre que desde el primer momento hasta su cese el 14 de Abril de 1931, trabajó incansablemente junto a sus concejales por un Cádiz mejor. Enumerar las múltiples iniciativas todas ellas muy beneficiosas para la ciudad sería interminable, por lo que aquí me voy a limitar al aspecto de adecentamiento de calles y plazas. Para ello la Corporación Municipal elaboró y aprobó un extenso plan entre el que se encontraba el de la pavimentación de la plaza de Isabel II.

El mismo día de su toma de posesión Carranza manifestó su propósito de cometer el problema del suministro de agua y electricidad y se comprometió a dotar a la ciudad de un buen alcantarillado. En 1929 llegó a dictar un bando por el que se obligaba a los propietarios de las casas a la instalación de agua potable antes del 31 de marzo de ese año, bajo multa de 75 pesetas y luego cobrarles el importe de las obras que acometería el municipio en su lugar.


Todas estas obras públicas de alcantarillado y acometidas por las calles de agua y electricidad exigían el levantamiento de las mismas y su adecentamiento posterior. Ese creo que sería una de los motivos para aprovechar la ocasión para pavimentar las calles y plazas, además de conseguir un adecentamiento y embellecimiento de la ciudad así como una mejor limpieza de la misma. En el periodo 1928-1931 fueron por tanto numerosas las obras públicas que se realizaron en Cádiz.

Para la nueva pavimentación de la plaza de Isabel II que como todos sabéis es la actual plaza de San Juan de Dios, antes plaza de la República, se hizo un plano que se conserva en el Archivo Histórico Municipal en el que se puede apreciar una calzada central y dos amplias aceras laterales paralelas a ella, desde la calle Duque de la Victoria a la de Alonso el Sabio por una parte y desde Plocia a la de San Juan de Dios por otra. Asímismo todas las mediciones y cálculos realizados.

En la Certificación de Obras firmada por el arquitecto municipal Antonio Sánchez Esteve se puede leer que la empresa a la que le fue adjudicada la obra fue la denominada "Empresa General de Construcciones" quien con un presupuesto de 190.000 pesetas debía de pavimentar la plaza con una calzada Goudalite y dos aceras decoradas en dibujos blancos y negros de chinas. Lamentablemente el plazo de ejecución de la obra, principio y fin de la misma, no está rellenado en la citada certificación, no obstante puede estimarse que la obra comenzaría después del Corpus de 1929, que ese año se celebró  el 30 de mayo. Calculo que sería en el mes de Julio y la obra se terminaría poco antes de la Semana Santa de 1930 que fue en Marzo, aunque sería rematada algún mes después.


Hay diversas Actas Capitulares de 1928 y 1929 que citan la citada obra pero para no hacer engorrosa la narración no las cito. Se pueden consultar en el citado Archivo Histórico Municipal, aunque si es interesante conocer que el acuerdo de ejecución de la obra de reforma de la plaza se tomó en la sesión extraordinaria celebrada el 18 de Enero de 1929. (Acta nº 3 de 1929).

Nuestro actual ayuntamiento ha iniciado una nueva reforma de la plaza y se sospecha que por abaratar costes, hacer la obra en un menor tiempo y por no encontrar obreros cualificados para la restauración del acerado con las “chinas”, se sustituirán estas por las consabidas y prolíficas losas de granito gris.

La Asociación “Cádiz Ilustrada y el Ateneo Virtual “Cádiz de ayer a hoy” iniciaron hace poco una campaña de recogidas de firmas para solicitar la conservación del pavimento y evitar la desaparición del original y característico acerado con la decoración con chinas en olas blancas y negras. Esperemos que mueva la conciencia de nuestros munícipes y se logre.



domingo, 22 de mayo de 2011

El faro de La Caleta.

El faro de La Caleta.

El faro del Castillo de San Sebastian.


Este faro ha tenido siempre una gran importancia histórica ya que desde tiempos remotos ha existido en aquel lugar de una u otra forma una referencia luminosa para los barcos que navegaban por nuestras costas.

A petición de la ciudad de Cádiz, y en la reconstrucción que sufre la torre atalaya sita en el arrecife de San Sebastian en la playa de La Caleta en 1613, se coloca en su parte superior un fanal que señalaba la entrada a la bahía de Cádiz.

Dicha torre, terminó convirtiendose con distintas reformas para ganar altura, en el faro de Cádiz, teniendo su estructura definitiva a partir de 1766 bajo planos del ingeniero Antonio de Gaver, se conservó hasta finales del siglo XIX.

De forma trocónica y silleria encalada, fué mandado derribar en 1898 por el Duque de Nájera, Gobernador Militar de la plaza gaditana, temeroso de que fuese referencia artillera para los barcos que intentasen un asalto a Cádiz durante la guerra que España sostuvo con los Estados Unidos en aquella fecha., por lo que en la actualidad, sólo se conserva la base.

El faro actual es originario de 1914, bajo la dirección de los ingenieros Guillermo Broxman y Eufemio Martínez, siendo por entonces la segunda instalación eléctrica en España y es considerado en la actualidad el mejor en su categoría.

Para que no ocurriese la misma circunstancia del anterior, el Ministerio de la Guerra autorizó su construcción con dos condiciones: Que fuese de poco volumen para disminuir su visibilidad, y facilidad en su desmontaje en caso de guerra.

Construido en acero laminado, obedece a un determinado estilo de la época, tiene forma cilíndrica, una altura de 41 metros sobre el nivel del mar, escalera de caracol en su interior, reforzando el exterior con ocho contrafuertes radiales, envuelto todo en celosía.

Curiosamente, al haber en España (Gerona y Guipúzcoa), dos faros con el nombre de "San Sebastian", se denominó "Faro de Cádiz" que es su nombre oficial desde entonces.

domingo, 15 de mayo de 2011

Cádiz y sus torres miradores

Cádiz, la ciudad más antigua de Occidente, conserva 126 torres, reflejo del esplendor comercial que alcanzó su cénit a lo largo del siglo XVIII. Urbe abierta y opulenta, sus intercambios con las Indias hicieron de estas construcciones un vistoso estandarte que reflejaba su bonanza; herederas de la arquitectura civil islámica, cumplían un doble objetivo de lugar de recreo y observación.


Uno tiene que agradecer a la fortuna haberse podido pasear por Cádiz en uno de esos días en que algún buque-escuela atraca en sus muelles. A la caída de la tarde, las calles exiguas y adoquinadas, las plazuelas y los elegantes cafés parecen llenarse del júbilo contenido que la marinería trae en las bodegas. El aire se carga de electricidad por el Callejón del Tinte.      

  


Se ven, también, orgullosos oficiales que pasean estirados junto al brillo de la empuñadura de sus sables. Y la ciudad recobra, aunque sólo sea por unas horas, aquella visión dieciochesca de urbe animosa desbordada en sus calles, cosmopolita, divertida, multicultural, volcada al mar.

Y al comercio, como lo sugieren sus orígenes fenicios y el esplendor que supuso en su día el traslado desde Sevilla de la Casa de Contratación y el Consulado de Indias en 1717 y, posteriormente, la supresión del monopolio comercial con América, en 1778.


De esa época data la actual composición arquitectónica de una población que pervive protegiéndose de los vientos, ordenada por un apretado trazado de calles que se quiebran una y otra vez, y aprovecha el escaso terreno disponible con edificios de varias alturas, rematados por sus azoteas y torres.     La vieja ciudad conserva, en parte, una sólida defensa amurallada, levantada tras el saqueo del Conde de Essex, cuyas garitas confieren a Cádiz esa fisonomía caribeña que la hermana en la imaginación con San Juan de Puerto Rico y La Habana.    



Para los comerciantes de Indias las torres-miradores, herederas de la tradición arquitectónica civil islámica, cumplían una doble misión de lugar de recreo y de puesto de observación de lo que ocurría en el puerto de Cádiz. Pero es también en esa época barroca cuando empieza a desvelarse el urbanismo como un arte, por lo que había una intención de embellecimiento general de la ciudad con construcciones llamativas, decoradas con originalidad y colores atractivos.

Así, Blanco White, Delacroix, el Duque de Wellington, Edmundo de Amicis, Lord Byron, Eugenio Marconi,  Isaac Peral, y una larga lista de ilustres personajes sucumbieron al embrujo de su silueta, avistada desde el mar.      Hoy, por contra, a menos que se tome el vaporcito y se llegue a la ciudad navegando desde El Puerto de Santa María, al otro lado de la Bahía, difícilmente se admirará el encanto de ese perfil que deslumbrara a los visitantes en el siglo XIX, con suentramado aéreo de torres-miradores. Se trata pues de que el viajero, fácilmente ensimismado por el jaleo cotidiano de la vida gaditana a ras de suelo, pare y mire hacia arriba, descubra las esquinas y sus azoteas.

Así que bien puede comenzarse la visita desde ese mismo punto de llegada, frente a la Casa de las Cinco Torres, en la Plaza de España. Estas torres-miradores forman un vistoso conjunto urbanístico: pertenecen a cinco edificios adyacentes, aunque su similitud y la restauración exterior de los mismos pudiera hacer pensar que forman parte de un único edificio. Son de ese tipo de torres llamado de garita, tal vez el más extendido en la ciudad ­el comerciante subía hasta ella y, ayudándose de un potente telescopio, observaba los movimientos en el mar a través de unos pequeños agujeros realizados en la cupulilla­. Estas cinco tienen planta cuadrada, excepto la situada haciendo esquina, que es poligonal, y están construidas en madera y zinc.


Muy cerca de ellas, en la plaza de Argüelles, se encuentra la Casa de las Cuatro Torres. Levantada por un comerciante armenio que quería hacer ostentación de su fortuna, chocó contra la normativa municipal que permitía sólo una torre por casa. Decidió abrir entonces hasta cuatro puertas de entrada, para que pareciera que se trataba de varios edificios adosados. Las torres, también del tipo de garita, conservan la vistosa pintura roja alrededor de sus ventanas, simulando marcos de lacería.

Siguiendo hacia la Plaza de Mina, por la calle de Manuel Rancés, veremos una torre del tipo de silla o sillón. Se las llama así porque su perfil recuerda el de esos objetos, al tener la planta del cuerpo superior menos superficie que la inferior. Queda muy a la vista otra torre de este tipo en la Alameda Apodaca, sobre los jardines del Baluarte de la Candelaria, donde se agolpan los ecos de las guitarras flamencas y el sosegado rumor del agua en los estanques que rodean el monumento a José Martí, bajo los fícus gigantes que ya lo han descabezado alguna vez.

La Plaza de Mina, los domingos por la mañana, es un buen resumen del bullicioso vivir gaditano. Poco después del mediodía, sin embargo, va cediendo paso a la tranquilidad y recobra su sosiego de antigua huerta del convento de San Francisco.  En ella encontrará el viajero el Museo de Cádiz (en cuya maqueta de la ciudad en 1777 se cuentan hasta 160 torres) y varias torres-miradores interesantes. 

En el número seis hay una de sillón, en los números ocho y nueve dos torres gemelas de garita unidas por uno de sus frentes y, en el número 14, una torre de terraza, caracterizada por su planta cuadrada y porque se eleva un piso a ambos lados de la fachada principal. Este tipo de torre-mirador es, además del más antiguo de los que se conservan en la ciudad, en un edificio de la plaza de San Martín, probablemente el que más fama le ha dado a Cádiz.





sábado, 7 de mayo de 2011

Mis articulistas preferidos: Elena González

La Escuela Genovesa, su presencia en Cádiz durante el mil setecientos.


Imaginería

La erección de nuevos templos, capillas y reforma de algunos ya existentes, crean la necesidad de hacer nuevas imágenes con las que crear programas iconográficos, rendir culto y promover la piedad popular. Se produce una gran demanda de artistas genoveses, bien para presidir retablos o ser titulares de alguna cofradía. Dichas imágenes comienzan a llegar desde Génova y pronto, muchos de los artistas ligures trasladarán su taller a la capital gaditana. Así mismo, progresivamente, se contará con la presencia de artistas, de padres genoveses, ya nacidos en Cádiz.

En estas esculturas, al dramático movimiento de los paños y la gesticulación de teatral elocuencia, se suma la policromía vivaz, centelleante y dorada, que pretenden aparentar ser figuras vivas dispuestas sobre los altares por el realismo de los encarnados. Así mismo, la policromía y las estofas se aplican simulando ricos tejidos como las sedas genovesas.

El ejemplo más paradigmático lo tenemos en Anton Maria Maragliano (Génova, 1664-1739), el máximo exponente de la escultura lígnea en la Génova de finales del s. XVII y primera mitad de s. XVIII. Su obra tuvo una gran difusión, llegando hasta distitnos puntos de la Península, sobretodo en Cádiz, y hasta las Islas Canarias. Se puede hablar del caposcuola de la escuela gaditano-genovesa.

Sus modelos fueron seguidos por los demás artistas genoveses que también dejaron su huella en Cádiz, como pueden ser Pietro y Francesco Galleano, Antonio Molinari, Domenico Giscardi o Francesco Maria Maggio, sólo por citar algunos ejemplos. Los artistas genoveses también establecieron su taller en distintos puntos de la provincia, destacando la producción de Jácome Vaccaro para Jerez y Tarifa. Otros fueron más allá y atendieron la demanda de nuevas imágenes de devoción requerida en las Indias, como es el caso de Pedro Laboria que marchó a Santa Fe (Colombia).

De entre los escultores nacidos en Cádiz de padres genoveses destacan los nombres de Juan Gandulfo y Jácome Mayo (hijo de F. Maggio).

Las lagunas documentales no han permitido identificar la obra de muchos escultores afincados en Cádiz de los que, sin embargo, sí sabemos sus nombres gracias a fuentes como testamentos, arrendamientos, o contratos de colaboración con otros artistas. Éste es el caso del propio hijo del Caposcuola, Giovanni B. Maragliano , Gerónimo Guano, Domingo Isigalos, Gian Giacomo Mazon o Vicenzo Ruisecco.



Retablos

Los primeros retablos genoveses aparecen en la segunda mitad de s. XVII. En ellos se trabaja con el suntuoso mármol de Massa de Carrara para conseguir altares monumentales. Los primeros diseños se corresponden con el modelo andaluz.

El Altar de los Genoveses de la Catedral Vieja o el retablo mayor de la iglesia de Santo Domingo son grandes exponentes de ello. El italianismo de estas máquinas se concentra en el rico ornato de embutido o taraceas y cartelas con follajes, más progresivos que las carnosas hojarascas imperantes en la Andalucía dela segunda mitad de s. XVII. La fuerza y la complejidad de las estructuras hacen de estos retablos que sean obras de carácter.


La llegada de la Casa de Contratación a Cádiz en 1717 provoca en la ciudad una ampliación urbanística, acompañada del incremento demográfico y aumento de la presencia de operadores extranjeros, entre los que predominaban los genoveses. Esta convivencia y la pronta integración de la citada colonia, trae como consecuencia una transformación de lenguaje y las formas que cuaja entre los gustos de los mecenas artísticos, deseosos de recibir las novedades de los artistas ligures.

Los retablos que encontramos en Cádiz de diseño genovés, recuerdan los trabajos de Andrea Pozzo, publicados en su obra “Perspectiva Pictorum et Architectorum”, t. II (1693-1702).




Mármoles

Génova cuenta con una importante tradición artística en trabajos marmóreos que incluso llega a superar a otras ciudades italianas. A este desarrollo influye decisivamente la cercanía de las canteras de Massa de Carrara.

La distancia que separa la Liguria del Sur Peninsular no fue obstáculo para que llegaran a las ciudades andaluzas retablos, portadas, monumentos, esculturas, columnas o solerías. Todo ello, gracias a las fluidas y constantes relaciones marítimas entre Génova y Cádiz.

A finales de s. XVII comienzan a llegar a España obras escultóricas de maestros influenciados por el barroco romano de Pierre Puget, activo en Génova hacia 1660-1670. De esta manera, se renueva el lenguaje escultórico a partir de movidas composiciones y efecto pictórico de las superficies marmóreas, evidenciando fuertes contrastes de claroscuro en el tratamiento del quebrado de los paños, dispuestos en ritmos envolventes o aperturas espaciales de carácter berninesco y así resaltar la elocuencia del gesto.



lunes, 2 de mayo de 2011

Cádiz. 2011

Un paseo por Cádiz en el año de 2011, a través de unas fotografías realizadas por mí, todo ello ambientado con la Sarabanda de Haendel.

Espero que te guste.