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martes, 26 de octubre de 2021

¡Cochero!, látigo atrás. La jaca Mary

 

Artículo de "Diario de Cádiz" escrito por José María Otero.

Cochero, ¡látigo atrás!. 

El uso de caballerías para el transporte urbano de pasajeros y mercancías fue habitual en nuestra ciudad hasta los años sesenta del pasado siglo. 

Decía el gran Paco Alba que en Cádiz no nos hace falta un caballo para ir a pescar. Es cierto, pero hasta los años sesenta del pasado siglo los coches de caballos, los mulos y los carros formaban parte del paisaje urbano de nuestra ciudad y lo que era extraño era ver algún automóvil circulando por nuestras calles. 

Todo el transporte, tanto de pasajeros como de mercancías, se realizaba con caballerías. Las paradas de coches de caballos eran numerosas y en San Juan de Dios, Canalejas, San Antonio, San Francisco o Candelaria se alineaban los vehículos a la espera de la clientela. 

Para ir a los toros, celebrar un cumpleaños o dar un paseo el día de Corpus era imprescindible el coche de caballos. El padre de familia se encargaba de avisar a un cochero de confianza para que estuviera preparado al efecto y la familia subía al carruaje con la misma ilusión que hoy embarca en un avión rumbo a Cancún. 

Las juergas flamencas y las compañías poco recomendables también imponían la discreción del interior de las berlinas. 

Hablar de caballos es también hablar de cocheros legendarios como Luis el de La Viña, el Mojones, o el más popular de todo, José Vinaza. 

Este cochero conducía a su jaca Mary por las calles de Cádiz entonando unos cantecitos flamencos muy celebrados por la clientela. 

En una entrevista publicada por Diario de Cádiz en 1956, Vinaza afirmaba que para llevar el coche tenía que tomar algún que otro vasito de Valdepeñas. Por el contrario, negaba rotundamente que su jaca Mary, nombre de reina de Inglaterra, fuese aficionada al vino, desmintiendo a los que afirmaban que el animal no trabajaba sin beberse previamente una lata de carne de membrillo llena de tintorro.

Para el transporte de mercancías, muchos gaditanos recuerdan la parada de carros, con sus correspondientes mulos, situada frente a la puerta del muelle. Su dueño, Perico Salinas, atendía a la clientela desde el interior del establecimiento La Flor Marina.

Pero tipismo aparte, los caballos presentaban algunos inconvenientes y no pequeños precisamente. Las paradas tenían el pavimento acondicionado para evacuar los orines de los animales. A pesar de ello despedían un pestazo insoportable y las moscas adquirían un tamaño considerable con gran enfado de los vecinos. 

Cádiz, al igual que otras capitales andaluzas, podía haber conservado algún que otro coche de caballos para uso y disfrute de indígenas y turistas. Y para que algún que otro guasa lanzara el tradicional grito de: "¡Cochero, látigo atrás!"

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