Pasión por Cádiz

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Cádiz, Andalucía, Spain
"Ab origene one semper fidelis, in perpetuam, semper et ubiquem Gades. Qui poters capere, capiat"

martes, 18 de agosto de 2015

Mis articulistas preferidos: Manuel Llamas Baúza

La explosión de Cádiz. 1947. Un caso sin resolver.

Una gruesa columna de fuego que se elevaba a considerable altura tiñendo el firmamento de un fuerte color anaranjado. La parte superior se transformó en un inmenso hongo del que brotaban miles y miles de partículas incandescentes.

Simultáneamente trepidaron todos los edificios de la ciudad, absolutamente todos, y atronó el espacio una detonación seca y de tan enorme intensidad y resonancia que, según supimos después, fue escuchada en todos los pueblos comarcanos y otros de las provincias de Sevilla y Huelva.

Las radios y la prensa nos dijeron después que habíase percibido, claramente, en Lisboa, causando en todas partes gran conmoción y alarma. Tal fue la fuerza de la expansión de los gases. Revista Brisas (Septiembre 1947)


La deflagración de más de mil cargas de profundidad, minas antisubmarinas y cabezas de torpedo en el Almacén Nº 1 de la Base de Defensas Submarinas de Cádiz produjo un enorme hongo de humo y polvo, seguido de un enrojecimiento del cielo visible desde toda la Bahía de Cádiz, Huelva y algunos pueblos de Sevilla, y cuyo ruido atronador fue oído hasta en la propia capital andaluza. El fogonazo fue tan espectacular que pudo ser contemplado incluso desde el acuartelamiento militar español ubicado en el Monte Hacho (Ceuta).

De inmediato se fue la luz en toda la ciudad, enmudecieron las líneas telefónicas y se produjo el corte en el suministro de agua por daños en la tubería general de abastecimiento. Se sumaban, por tanto, a la desgracia la incomunicación con el exterior, la falta de visibilidad para las labores de socorro, la carencia de agua para apagar los numerosos incendios que devastaban los astilleros y los alrededores de la base militar y la descoordinación de quienes, evidentemente, no estaban preparados para una emergencia de tal envergadura.


En el momento en que tiene lugar la explosión no se sabe a ciencia cierta cuál puede ser la causa de ésta. Muchas fueron las hipótesis, al menos durante algunas horas: un fenómeno de la naturaleza tal que un meteorito (eso se pensó al otro lado de la Bahía), que había explotado un gasómetro de la fábrica del Gas, que hubiesen estallado los depósitos de la CAMPSA o quizás la santabárbara de algún buque de guerra surto en el puerto, tal vez los Astilleros o tal vez algún polvorín. En aquel momento nadie tenía entera seguridad sobre cuál fue el desencadenante de la tragedia (al menos, nadie que se hallase fuera del recinto de la Base de Defensas Submarinas).

El terror paralizó los ánimos, y ni siquiera se produjeron, en aquellos momentos casos de tribulación colectiva. Fue un momento de incomprensible serenidad. Así reaccionó Cádiz entero en aquellos minutos inmediatos a la explosión. Fue como una sensación de muerte. Una muchedumbre que no sabía lo que pasaba en aquellos instantes decisivos ponía sus esperanzas únicamente en algo sobrenatural que los salvase de perecer. Después, en la cerrada oscuridad de la noche, sin agua, sin medios de defensa, un horrible desfile, que sobrecogía el ánimo, de heridos que caminaban como autómatas, sin saber adónde. Y de vez en cuando, un nombre, el de una persona que en angustiosa interrogante se clavaba en el aire negro, lanzado por labios que llamaban a un ser querido.


Y luego, a las tinieblas de la noche, se unió el patetismo de los gritos de auxilio y la tarea macabra de extraer de entre los escombros, los cuerpos maltrechos, desfigurados, rotos en la placidez de su vida habitual, por un latigazo de destrucción que les arrojó a la muerte o les hizo prisioneros del dolor físico y mental.

Hubo como un crujir de cristales, ruidos de puertas, cierros y balcones, miradores que caen, muros que se desploman con estrépito, sepultando personas, destrozando enseres. Un gentío que corría despavorido por calles y plazas, pasado el primer instante de inconsciencia, atropelladamente, lanzando ayees de dolor, gritos de angustia, voces de socorro.

A la luz de los reflectores de los primeros coches y camiones que acuden en socorro de los heridos, sin saber siquiera dónde van, se ven caras ensangrentadas. El faro de un coche ilumina la terrible escena que ofrece un cuerpo muerto, junto al que llora una mujer y unos niños. Una luz de carburo a la puerta de un hospital guía los pasos de aquel otro hombre que lleva en los brazos, con un destello de esperanza, sin saber la triste realidad, el cadáver de su hijo.

Cádiz está sin comunicaciones telefónica, ni telegráfica. Las líneas han sido destrozadas. La tubería general del abastecimiento de agua también ha sufrido importantes averías. Y próximo al muelle pesquero, a la entrada del Barrio de San Severiano, como consecuencia de la terrible explosión, se han incendiado los talleres de los Astilleros Gaditanos de Echevarrieta y Larrinaga. Pronto son un ascua, aumentando la tragedia. Se forma en ellos otro gran incendio cuyas columnas de humo y fuego se divisan desde larga distancia.


Acuden fuerzas del Ejército, de la Marina, de Infantería de Marina, al lugar del siniestro, y comienza la penosa tarea, en medio de la oscuridad, que sólo a instantes rompen los haces de luz que lanzan los reflectores de los barcos de guerra surtos en el puerto, y algunos faroles de aceite, de extraer cadáveres de entre los escombros, en un afán generoso de salvar vidas.

Hay un depósito de bombas que puede estallar, que está en inminente peligro. Sus envolturas están ya calientes. Y aquellos hombres consiguen, en un esfuerzo sobrehumano y heroico, aislarlas evitando así la segunda explosión, que hubiese aumentado en proporciones definitivas para Cádiz la catástrofe que ha sufrido la Ciudad.

El Alcalde de Cádiz, Don Francisco Sánchez Cosío, llegó a la Casa Consistorial diez minutos después de las 10 de la noche. Desde ese momento, en los portales del Consistorio Municipal se ha instalado el Cuartel General para la defensa de la Ciudad en peligro. Desde allí se cursan las órdenes necesarias. Enlaces establecen contacto con la Emisora Transradio para que lleven y reciban órdenes y peticiones de socorro y los mensajes de los que se aprestan a acudir en ayuda de Cádiz. Desde allí se disponen los primeros socorros al barrio siniestrado: médicos, ATS y elementos civiles son distribuidos.

El Almirante, Capitán General del Departamento Marítimo, Don Rafael Estrada, también está desde los primeros momentos en el lugar del siniestro, dispone lo conveniente, dentro de la esfera militar de su jurisdicción, para evitar mayores proporciones a la catástrofe, para socorrer a los heridos.

En el Gobierno Civil, el Gobernador interino Don Antonio Fernández Pernía recibe en aluvión el ofrecimiento de toda la Falange, que está allí, presta al servicio. Él los envía al Alcalde que ha asumido la superior capitanía del elemento civil.
A las dos horas, empiezan a llegar los socorros de los pueblos y ciudades próximas. La noche es angustiosa. Nadie sabe las proporciones de la catástrofe, exactamente, nadie se imagina que es tan grande. Los ojos se dirigen al cielo como queriendo arrancar de él el primer rayo de luz de la aurora.


¿Qué había pasado esa noche?

Lo que en realidad pasó es que en la Base de Defensas Antisubmarinas situada en lo que hoy es el Instituto Hidrográfico de la Marina, se habían venido acumulando desde principios de los años 40 una serie de minas y cargas de profundidad, que en febrero de 1943 se estimaban en 868 unidades de minas antisubmarinas de cuatro tipos (H-II, H-III, Rusas y Vickers Elia), a finales de ese mismo año se habían incrementado hasta 2.228 unidades, incluyendo ya cargas de profundidad de varios tipos.

Ese mismo año hubo un escrito en el que se presagiaba lo que ocurrió en Cádiz cuatro años después; en el mismo se advertía de la necesidad imperiosa de trasladar el depósito de minas a otro lugar lejos de la población civil ya que, en caso de explosión del mismo, ocasionaría una tragedia de carácter nacional, y que mientras se procedía al traslado de las mismas había que extremar la vigilancia y las medidas de seguridad para evitar que pudiera suceder ningún accidente.

Ante dicha nota se empezó a buscar un emplazamiento alternativo al depósito de minas, que al final sería en el denominado «Rancho de la Bola», en el término de Jerez de la Frontera, donde empezaron a construirse unos depósitos en 1944.

La seguridad existente en los depósitos de la Base de Defensas Antisubmarinas sita en el barrio de San Severiano era de risa, hecho que fue confirmado en varias visitas al mismo hasta poco antes de la tragedia.

En julio de 1947, un mes antes de la luctuosa fecha que persiste en la memoria de nuestros más ancianos paisanos, todavía habían almacenadas un total de 2161 unidades (solamente 67 unidades menos que en 1943), lo que da a pensar que en el gobierno dictatorial del General Franco poco menos que les dio igual los informes que les llegaban advirtiendo del peligro que se cernía sobre Cádiz, como se demostró también después de la tragedia, donde la ayuda a la capital gaditana fue totalmente irrisoria.

¿Accidente o sabotaje?

Durante las siguientes horas se barajaron diferentes teorías, algunas de ellas totalmente descabelladas, de las que hoy por hoy no hay ninguna que nos dé el 100% de la causa real que originó la explosión del depósito de minas. Estas son algunas de las más destacadas:

• Teoría de la experimentación nazi: Bien es sabido que desde principios del siglo XX hubo colaboración entre el gobierno alemán y los Astilleros de Echevarrieta-Larrinaga, adquiridos por el empresario vasco Horacio Echevarrieta en 1917. A partir de 1922 hubo un estancamiento en el sector naval que, unido a las dificultades de financiación del astillero, precipitó a las instalaciones a una profunda crisis que intentó solventar mediante la construcción de material ferroviario. Finalmente Horacio Echevarrieta vio la salida a sus problemas en la construcción de buques de guerra para la armada. Así surgió la idea de crear una fábrica nacional de torpedos y construir submarinos en Astilleros de Cádiz. Tras varias reuniones a alto nivel celebradas en Berlín a finales de marzo y comienzos de abril de 1926, en presencia de varios ministros alemanes y el propio Canciller del Reich Hans Luther, la colaboración entre Horacio Echevarrieta, el gobierno español y el alemán comenzó con una serie de acuerdos de gran envergadura cuyo proyecto principal consistía en la construcción en Astilleros de Cádiz, con tecnología alemana y piezas suministradas desde Holanda, del submarino E-1.

Después de la Segunda Guerra Mundial se habló que científicos alemanes de la Kriegsmarine estuvieron inmersos en experimentos con nuevas armas, incluido un submarino impulsado por energía atómica o armado con torpedos de carga nuclear, en las instalaciones de la Fábrica Nacional de Torpedos. De hecho, después de la explosión, la radio BBC informó que la catástrofe de Cádiz había sido causada por el fallo de algún tipo de experimento con armas atómicas. Como se puede ver es bastante poco probable decir que la causa de la explosión fuese debida a dichos experimentos fallidos.

• Teoría de la conspiración: Ciertos documentos presentes en el Archivo del General Varela y que puede ser consultado en su totalidad en el Archivo Municipal de Cádiz, hablan de que la causa de la explosión pudo ser debida a un sabotaje, hecho que tomó mayor importancia tras otras explosiones en otros polvorines que acaecieron posteriormente. Hay varios documentos que pueden verse en dicho Archivo y que transcribimos a continuación:

o Carta manuscrita por un antiguo jefe de los servicios de contrainteligencia militar, fechada en octubre de 1947, y dirigida en Tetuán al general Varela:“Si Vd. cree que la catástrofe ocurrida en Cádiz fue un acto de sabotaje, creo que podría contarle una historia interesante relacionada con una que fue agente mía, del E. M., de los ingleses y de los alemanes y al final averigüé que era una agente rusa, que sabe seis clase de letra a la perfección, seis o más idiomas, conoce todas las armas de guerra y tiene estudios de laboratorio y está liada maritalmente con un oficial de la marina de guerra con el que ha tenido tres hijos.No me cabe la menor duda de que si ha habido sabotaje, esta Sra. tendrá parte en el mismo. Siendo agente mía tuve que hacer que trasladaran al marido al interior, para quitarle de la zona portuaria con Gibraltar pero consiguió que trasladaran al marido a Sanlúcar de Barrameda. Si Vd. me dice a qué hora le puedo ver, yo iré a verle, lo que puede decir a mi casa por teléfono (teléfono 508)”.


o Nota informativa policial emitida el 3 de enero de 1948 por la Brigada Político-Social de la Dirección de Seguridad de la Zona del Protectorado: “El pasado mes de mayo pasó clandestinamente de Francia y destinado a la región andaluza, un destacado miembro de la CNT (fracción de Federica Montseny) llamado “FRIAS”, natural de Granada, y que enviado por el Comité Nacional de dicha organización en la nación vecina, tenía por objeto organizar en la región andaluza los grupos específicos que habían de llevar a efecto toda clase de sabotajes y actos vandálicos. Por conducto de Tánger (estafeta Copérnico) se recibió de Toulouse (Francia) una carta a finales de julio en la cual el “FRIAS” comunicaba al Comité Nacional, entre otras cosas de menor importancia, la siguiente noticia: Llego hoy de Cádiz, trabajo con nuestros hermanos de la Pirotécnica, pronto leeréis en la prensa mundial noticias sensacionales. – A los pocos días ocurría la catástrofe de Cádiz”.

• Hipótesis «NC» o teoría de la nitrocelulosa: Ésta es la hipótesis que, de momento, parece más verosímil. Si bien la inmensa mayoría de las cargas de profundidad que había en el depósito en el momento de la explosión contenían como explosivo principal TNT o algún derivado del mismo, había un tipo, fabricado en Alemania, denominado WBD, y que contenía un explosivo que fue muy usado hasta que se descubrió lo peligroso que podía resultar debido a su inestabilidad: el algodón-pólvora o nitrocelulosa. La hipótesis se recoge en el libro de J. A. Aparicio antes citado, pero el autor de la misma es un químico llamado Miguel Ángel López Moreno.

Debido a la inestabilidad del compuesto parece ser que una de ellas sufrió una explosión espontánea, que hizo de “espoleta” para que explosionase el resto de las contenidas en el depósito. Un hecho que había pasado desapercibido desde 1947 y que figuraba en un manual denominado «Material de cargas de profundidad», texto oficial de la Armada Española publicado en 1950, es que las cargas WBD contenían cada una 125 kg de algodón-pólvora. Al poco tiempo de la explosión de Cádiz y cuando todavía no se había clarificado la causa de la misma hubo una orden para que se desembarcasen todas las cargas de profundidad cuyo explosivo no sea TNT o se desconociera, existentes en España y que se manejasen con sumo cuidado, temiéndose que lo acaecido en Cádiz ocurriese en otro punto del país.

Una deuda pendiente con Cádiz.

Tras la explosión se intentó acallar lo antes posible la posible responsabilidad del Estado. Por supuesto el Estado nunca se responsabilizó de la misma, debido a que tendría que haber pagado unas fuertes indemnizaciones a las víctimas. Para callar bocas se procedió a la reconstrucción parcial de la zona por parte de la Dirección General de Regiones Devastadas, organismo que no tenía ni dinero ni materiales para proceder. De hecho, solo 80 familias de las 380 afectadas se vieron beneficiadas.

Horacio Echevarrieta perdió su astillero y no vio ni un céntimo, por lo que tuvo que disponer de su fortuna para intentar reparar la factoría de la que dependían miles de gaditanos de la época, no bastando para ello y se vio obligado a solicitar préstamos que le fueron denegados sistemáticamente. Al parecer había intereses por parte del Régimen para la caída del empresario vasco.


Por otra parte la investigación que pedía el pueblo gaditano para que se aclarasen las causas y los responsables de la explosión tampoco se llevó a cabo. De los tribunales civiles pasaron a los militares, por lo que todo se silenció y se impidió la declaración de los altos mandos del Departamento Marítimo fueran imputados en un delito de homicidio por negligencia.

Han pasado 68 años y todavía esperamos una respuesta concreta. Esperemos que con los años y gracias a investigadores como J. A. Aparicio, J.A. Hidalgo



Bibliografía
• José Antonio Hidalgo Viaña: Cádiz 1947. La explosión. Puerto Real (Cádiz). 1997.
• José Marchena Domínguez y cols.: Cádiz, 1947: El año de la explosión. Cádiz. 1997.
• José Luis Millán Chivite: Historia de Cádiz. Cádiz, siglo XX. Madrid. 1993.
• J.L. Gutiérrez Molina: Capital vasco e industria andaluza. El astillero Echevarrieta y Larrinaga de Cádiz (1917-1952). Cádiz. 1997.
• José Antonio Aparicio Florido: La explosión de Cádiz de 1947 desde el punto de vista de la Protección Civil. Cádiz. 2003.
• José Antonio Aparicio Florido: La Noche Trágica de Cádiz: Testimonios inéditos de la Catástrofe de 1947. Cádiz. 2009
• Revista Brisas: Número extraordinario dedicado a La Catástrofe de Cádiz. Cádiz. 1947.
• Archivo Histórico Municipal de Cádiz: Archivo del General Varela (digitalizado).


 


 


martes, 11 de agosto de 2015

Los judíos deportados desde Cádiz

Moshe Yanai y los judíos evacuados desde Cádiz.

El antiguo monolito que conmemoraba los XXV años de paz, situado en la confluencia del paseo de Canalejas con la calle Argantonio de Cádiz, sirvió en octubre de 2013 como base para homenajear a don Ángel Sanz Briz, embajador de España en Hungría y conocido con el sobrenombre de "el ángel de Budapest", a Moshe Yanai, y a los más de 500 judíos que en 1944 zarparon del puerto de nuestra ciudad hacia Haifa, huyendo de la barbarie nazi que se extendía por Europa, quedando el monumento inaugurado por Adela Sanz-Briz Quijano, una de las hijas del diplomático español, y Josef Mor, cuñado de Moshe Yanai.


¿Nos hemos preguntado alguna vez cual es esta historia? ¿Quiénes eran todas estas personas a las que se homenajean?, ¿Cómo llegaron hasta Cádiz?.




El 29 de enero de 1944, sale una carta remitida desde la embajada británica en Madrid, firmada por Samuel John Gurney Hoare, vizconde de Templewood y embajador del Reino Unido en España durante esas fechas.   Dirigida a Sir Anthony Eden, político del partido conservador de dicho país y que llegó a ser primer ministro desde 1955 a 1957.

En ella relata el trabajo realizado durante el año 1943 por su institución con los prisioneros de guerra y refugiados que había en España, independientemente de los británicos evacuados que llegan a la cifra de 20.300, a los que hay que sumar personas de los diferentes países aliados de la segunda guerra mundial.

Lo interesante, lo que atañe en la historia local de Cádiz, es que en dicha carta se refiere a la evacuación de unos quinientos judíos, la mayoría apátridas, que fueron embarcados en el puerto de Cádiz con destino a Haifa, entonces protectorado británico, y cuyo trabajo fue supervisado por el Brigadier Toor que encontró muchas dificultades debido a las intrincadas conexiones militares españolas.

En ese grupo de 500 personas, se encontraba Moshe Yanai, que tenía como anterior nombre Mauricio Palomo, el niño sefardita nacido en Barcelona y deportado junto a sus padres y otros 500 judíos de toda Europa, que con su patrimonio familiar y la ayuda de la Embajada Británica en Madrid estuvieron confinados en el Hotel Playa de Cádiz, antes de salir el 22 de enero de 1944 en los barcos portugueses "Nyassa" y "Guiné", fletados por la Joint, asociación de ayuda a los judíos.

Muchos de ellos fueron salvados en la capital húngara por el diplomático español Ángel Sanz Briz, "el ángel de Budapest" logró rescatar a más de 5000 judíos de la capital de Hungría, gracias a la singular interpretación que hizo de un decreto promulgado por Miguel Primo de Rivera en 1924 sobre los judíos sefardíes, herederos de los expulsados por la Corona de España en tiempos de los Reyes Católicos, a los que se le reconoce el derecho a tener la nacionalidad española.


Usando un subterfugio transformó 200 salvoconductos en 5.200, Dicho decreto fue derogado en 1930, aún sabiéndolo, Ángel Sanz Briz se acogió a él, con lo cual su mérito fue todavía mayor; en 1989 fue nombrado 'Justo entre las Naciones' por el Gobierno de Israel. 

Ese decreto ha entrado recientemente en vigor nuevamente.

Imagen del monumento a los deportados.

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