Pasión por Cádiz

Mi foto
Cádiz, Andalucía, Spain
"Ab origene one semper fidelis, in perpetuam, semper et ubiquem Gades. Qui poters capere, capiat"

viernes, 6 de junio de 2014

Las azoteas de Cádiz


Las azoteas gaditanas siempre fueron un lugar con encanto, cobijaban tanta vida como las habitaciones que bajo ellas se escondían.  En Cádiz nunca hubo necesidad de construir casas con tejados, ya que no nieva; así que las viviendas de los gaditanos culminan en una azotea encalada y llena de macetas, aprovechando al máximo toda la zona habitable del edificio ya sean privadas o comunes.

Digamos que tenían establecidas dos funciones primordiales, una de ellas era alojar el lavadero, con sus lebrillos de barro o de zinc en lo alto de sus soportales de madera o mampostería, las tablas para restregar la ropa, los jabones, cubos y demás utensilios que se utilizaban para lavar la ropa de la familia.   Era un lugar comunitario, donde cualquier vecino o vecina podía subir y utilizar en el momento que lo necesitase.
  

El lavadero solía estar ubicado en una esquina, y a partir de ahí, por el resto de la azotea, se diseminaban los cordeles atados a las paredes o a algún que otro palo donde se tendía al sol la ropa limpia para que se secase.   Había que estar ojo avizor sobre todo en invierno cuando el cielo apuntaba lluvia, en el momento en que comenzaba a caer agua, se daba la alarma generalizada y toda persona interesada subía rauda las escaleras, generalmente de madera en su último tramo, para recoger la ropa propia y ajena, de forma solidaria.

En muchos lavaderos gaditanos encontraron su lugar de reunión aquellas viejas chirigotas que ensayaban entre sus paredes el repertorio que en tiempo de carnaval ofrecerían a la ciudad. También podían existir en ellas alguna torre mirador desde donde los vigías se esmeraban en ver llegar los barcos de las Américas y poder adelantarse a su atraque y preparar el trabajo de descarga.

Entre sábanas tendidas al sol, las azoteas fueron testigos mudos de niños jugando mientras sus madres se afanaban en la blancura y luminosidad de la ropa, también tendrían muchas cosas que contar acerca de amoríos adolescentes, o confidencias que luego se hacían públicas o no dependiendo de aquella personas que la protagonizaban.

La otra función de las azoteas era recoger el agua de la lluvia y encauzarla hacia los aljibes que había en los patios por medio de canalizaciones y tuberías, para ello, pasado el verano, los vecinos  trabajaban en limpiar y encalar suelos y paredes para que el agua fluyera lo más limpia posible, además, la primera lluvia no se aprovechaba y se dejaba chorrear por los aliviaderos hacia la calle.

Con el paso del tiempo, llegaron las lavadoras, y también el agua corriente a todas las casas, por lo que aquellas funciones dejaron no sólo de ser primordiales sino que desaparecieron, pero no así la azotea que siguió siendo una prolongación de las casas.


Los vecinos tenían ahí un lugar casi paradisíaco en el que se disfrutaba del sol en invierno, de la sombra en verano e incluso de los días nublados mientras que hubiese personas dispuestas a un rato de charla o a compartir en unos platos lo que tuviesen en su casa.

También se utilizaba la azotea para coser en grupo mientras se hablaba por ejemplo de los progresos de los hijos en el colegio, de amoríos conocidos, de discusiones en el mercado, o de lo que se compró en el almacén de ultramarinos a buen precio.  Algunas veces se aprovechaba para rezar el Rosario, o para hacer o ayudar en pequeños arreglos de utensilios caseros, incluso había quien tenía un pequeño palomar, o simplemente la usaban para convivir e incrementar todo lo posible la familiaridad vecinal. 

Ya más adelante alguna que otra muchacha coqueta que de niña jugó en ella,  se adelantaba al sol playero intentando coger algo de color en el rincón más discreto del lugar, mientras un nuevo elemento comenzaba a formar parte de la azotea: la antena de televisión.

Las azoteas no eran un espacio libre al cien por cien, tenían casi un aspecto laberíntico ya que el terreno se dividía con unos pequeños muros de una altura entre 50 y 100 centímetros que eran los remates de los muros de carga del edificio.   A esas pequeñas construcciones en Cádiz se le denominan "poyetes" y aunque físicamente dividían, los vecinos los aprovechaban para unirse aún más si podían, porque eran usados como improvisadas mesas, asientos, o para colocar macetas. Incluso comunicar con azoteas de edificios anexos, por lo que cualquier noticia no sólo corría por la calle sino que también lo hacía de azotea en azotea.  En algunas ocasiones, los patios eran protegidos por una estructura de armazón metálico cuadriculado y paneles de  cristal, llamadas monteras.

Las azoteas solían ofrecer buenas vistas, al mar de forma general, y si no, al cielo, desde ella los vecinos tenían la oportunidad de entrever si habría lluvia o buen tiempo, o de pronosticar el viento que comenzaba a soplar según el movimiento de la ropa tendida.

Hoy día, con la invasión tecnológica, las azoteas conservan mucho de sus orígenes, y siguen a la espera de acoger de nuevo la tradición gaditana forjada por tantos años de existencia.