Pasión por Cádiz

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Cádiz, Andalucía, Spain
AB ORIGINE SEMPER FIDELIS. IN PERPETUAM, SEMPER ET UBIQUEM GADES. QUI POTERS CAPERE, CAPIAT.
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viernes, 1 de agosto de 2025

Mis articulistas preferidos: Fernando Quiñones.

Un veraneante. Artículo publicado por Fernando Quiñones en agosto de 1960.

En la nariz fina, algo ganchuda, de este muchacho que ha desembarcado en el puerto, en el vivo centelleo de sus ojos severos, en el reposo y la seguridad de sus movimientos aparecen ya toda su calidad y su estirpe. No se trata de un veraneante cualquiera, y él sabe que tampoco acaba de llegar a una ciudad cualquiera. 

Lo primero que nota este veraneante, este adolescente de distinguido aspecto, es la intensa diferencia del sol y la luz de la España Meridional con su luz y su sol natales, tan distantes ahora. Una luminosidad blanca, absoluta, casi africana, baña estos arenales dorados y el lomo reluciente del Océano, en la tierra del joven recién llegado tenía el sol otra templanza, otra delicadeza, y la planicie del mar -mar y no océano- otro color, plata y celeste, a veces y otro sosiego. Sin embargo, nuestro veraneante queda inmediatamente captado por la radiante, formidable vitalidad de estas playas, de estos arrecifes bajo el cielo del sur. De vez en vez sopla fuerte el viento de Levante y entonces, todo domicilios, paisajes, personas, cobra un tono seco, tónico, yodado.

Se aloja este veraneante en casa de una familia noble, que tiene para él toda suerte de deferencias. Su jornada va de deleite en deleite; durante el día, el balneario y el vasto rostro verdiazaul del Atlántico, tienden su imperio antes sus ojos y sus sandalias; una vela blanca chispea a lo lejos, entre los marinos destellos del mediodía; la temperatura del agua es grata, justo deseable; al salir del baño, algún siervo acude a él y le atiende respetuosamente. 

De pronto, a una distancia relativamente escasa, emergen del agua y desaparecen de nuevo en ella unos puntos sólidos, negros, espumeantes. Todos corren a la orilla: uno: un animoso grupo salta quizás a una embarcación y los criados reman de firme, tratando de acercarse a tiempo a la tropilla de los delfines. Pero ésta se ha internado ya en el mar y no hay posibilidad de contemplarlos de cerca. 

Al crespúsculo, cuando el sol muriendo sumergen en una rojiza mermelada última el mar y el núcleo de la urbe, lo más florido de la sociedad local se reúne para iniciar las tertulias, los festines y los divertimientos de la noche. Suena el alegre reír de las muchachas; irrumpe acaso, entre la escogida concurrencia, el tropel armoniosos de las bailarinas de la ciudad, cuyo prestigio artístico es grande e inmemorial, casi legendario. 

Nuestro adolescente no se cansa de admirar la vivacidad de estas bailarinas, su belleza, su envolvente sentido del ritmo y la mímica, Sí: sin duda, esta tierra es distinta a todas las que ya ha visto; distinta  a todas las que ya ha visto; distinta pero espléndida; sus habitantes parecen muy despiertos de espíritu; se diría que un aire de vieja cultura esencial, de refinamiento Prócer, lo invade todo y que todo -personas, paisajes, casas- viven en una permanente y delicada hoguera de luz interior de sabiduría de luz interior, de sabiduría, de ingenio.  Es un ángulo, un grupo de matronas y jóvenes dialogan sobre versos de los grandes poetas antiguos y modernos, y nuestro veraneante se detienen un trecho con ellos a oír, a apreciar. 

Entre las gratas sombras de la noche, el vino suena hondo por las cántaras, ligero y saltarín por las copas. Aparece el desfile de los manjares, y las bailarinas tejen de nuevo sus giros hechiceros más allá de estos líquidos y misturas deleitosos, conseguidos con frutos del mar y de la tierra; de estos deslumbrantes pescados en fuentes de plata, cocinados con aceite de oliva y exornados con plantas marinas y con flores; de estas carenes delicadamente aderezadas y estos finos mariscos, dispuesto para el paladar como una joyería de sabores. 

Los criados bullen de un lado para otro; el vino no cesa de correr, mientras crecen los diálogos y las risas. Más tarde, la animación es ya extremada, turbulenta, confusa... Y en la pesada duermevela de una de estas noches difíciles, el joven veraneante ha tenido un sueño revelación sorprendente, en el que se ha visto dueño del mundo; todo el mar aparecía cubierto por sus naves; toda la tierra, por sus ejércitos; todo el orbe, por su imperial dictado; el poderío de su lejana ciudad, llegando hasta las estrellas, perduraría, con su nombre hasta el fin de la Historia. 

Y el veraneante se incorpora, sobresaltado. Sus amigos, los anfitriones, los invitados, yacen ahora en el sueño y una tímida claridad inicial, la del alba, ilumina oscuramente sus cuerpos tendidos y el murmurante mar inmediato...

Esta glosa no es más que historia pura: estamos en Cádiz y en el siglo I antes de Nuestro Señor Jesucristo. Los nombres de las muchachas que el veraneante está tratando a diario pueden ser los de Plocia, Métela, Turquinia, Flavia, Prisciliana, Cecilia. La nobles casas gaditanas donde se hospeda es la de los hermanos Grago. 

Y el veraneante, este adolescente distinguido, agudo, visionario, se llama Julio César.


martes, 1 de octubre de 2024

Mis articulistas preferidos: Álvaro Rey Martínez.

Doña Jacinta Martínez de Zusalaga y la fundación de la Casa de Recogidas, por Álvaro Rey Martínez. 

Jacinta Martínez de Zusalaga, nacida en 1619 en la ciudad de Vitoria. En 1644 queda huérfana y emprende un largo viaje hacia Cádiz, donde vivía su hermano Diego. Conviviría con él y su familia en el antiguo barrio de la Plazuela de las Tablas. 

En 1648, Diego Martínez de Zusalaga firmaría su testamento, poco antes de fallecer, por el cual dejaba como albaceas al contador Juan Castellanos, a su mujer y a su hermana Jacinta, que aún vivía con él. El trabajo de Diego era el de compra y venta que salían en partidas al Nuevo Mundo, teniendo una compañía con socios en distintos puntos de la costa de Cádiz y en Jerez. 

Diego llegó a tierras gaditanas antes que su hermana y junto a su primo José de Arrate y Villareal, contador en la Aduana Real de la ciudad de Cádiz. Los caminos de José y Jacinta se unirían más adelante, con bula papal de por medio: 

"Ytem, si saven que, sabiendo que éramos parientes en el dicho segundo grado de consanguinidad y, antes del día primero de diciembre del año próximo pasado de seis­cientos cincuenta, nos conocimos carnalmente y tuvimos cópula vencidos de la fragilidad humana de la carne, y no maliciosamente…" (Expedientes Matrimoniales. Matrimonios Apostólicos. Carpeta 1904, José Arrate y Villareal-1652.  Archivo Diocesano de Cádiz. Documento Original) 

La boda se produjo tras una tremenda polémica, ya que eran parientes en segundo grado y habían sucumbido al “pecado de la carne”. Esas nupcias fueron fruto de la intersección del Papa Inocencio X. Tuvo lugar en la Iglesia de Santa Cruz y unos meses más tarde se celebraría la ceremonia de las velaciones, en la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario el día 5 de octubre. 

No tendrían hijos, pese a sus casi veinte años de convivencia; criaban, sin embargo, en su casa una niña huérfana de nombre María Cecilia desde los 4 años, que había sido bautizada en la Iglesia de la Santa Iglesia Catedral, con el Capitán Juan de Manurga como padrino, y a Miguel Ángel de la Madre de Dios, hijo de una esclava fa­llecida en sus moradas. 

Con el tiempo, doña Jacinta se transformó en una de las mujeres más ricas y mejor conectadas de la Cádiz del siglo XVII. Como era costumbre entre las devotas de su época, dedicó sus ganancias al bienestar espiritual y material propio y ajeno, contribuyendo a aliviar la pobreza y la miseria. Consciente de la doble marginación que afectaba a las mujeres, especialmente si eran pobres y carecían de apoyo, enfocó su atención en brindarles asistencia. 

El 1 de septiembre de 1678, ante el escribano Juan de Sena y Lara, doña Jacinta, tras el reciente fallecimiento de su esposo, decidió donar las casas que habían sido su residencia, ubicadas en el corazón de la ciudad, para destinarlas a la creación de un refugio para mujeres. Su motivación era reducir el número de prostitutas Cádiz y ofrecerles una oportunidad de abandonar dicha actividad, brindándoles un lugar para el recogimiento y la transformación. Aclaró que no pretendía castigarlas, ya que existían otras instituciones con ese fin. Con esta acción, hacía referencia a un oficio perseguido tanto por la autoridad civil como eclesiástica, al ser competencia de ambas jurisdicciones.

Es así como se crea la Casa de Recogidas de Cádiz, en el número 34 de la calle Ancha, junto a la Iglesia de San Pablo. Una vez que las mujeres se arrepentían del pecado de la prostitución, el siguiente paso era su educación. Para ello, en 1773, el gremio de barberos creó la Hermandad de Nuestra Señora del Amparo, que se encargaría no solo de instruir a las arrepentidas, sino también de cuidar a las niñas huérfanas. Sin embargo, ambas debían permanecer separadas.

Con los años, la Casa de las recogidas logró acumular tres propiedades que generaban ingresos a través de once censos, cinco patronatos de obras pías y siete acciones valoradas en dos mil reales cada una en el Banco Nacional de San Carlos. Con estos recursos se cubrían los salarios de una ama, una maestra, un sacristán, una cocinera, un mozo y un basurero. A pesar de ello, la institución siguió dependiendo de donaciones, especialmente en el último cuarto del siglo XVIII.

Como ordenara Jacinta, el acogi­miento de prostitutas estaría al mando de las madres filipenses hijas de María Dolorosa que siguieron hasta 2007 con su labor asistencial en la calle Ancha pasando su lugar a la calle Cervantes. 

Generosa y devota, dedicada por completo a la causa de las mujeres desfavorecidas, a quienes asistió hasta el final de su vida. Falleció en Cádiz en 1699, a la edad de 80 años.

jueves, 1 de febrero de 2024

Mis articulistas preferidos: José Ángel Agudo Domínguez.

 Arqueología tranviaria. Por José Ángel Agudo Domínguez.

En estas líneas quiero dar a conocer un tema muy poco tratado hasta el día de hoy, pero como amante que soy del mundo tranviario también me apasiona, y no es otro que el de los restos que aún perduran del tendido eléctrico de nuestra red de tranvías y trolebuses que circularon por nuestras avenidas, calles y plazas durante el siglo pasado.

Desde 1906 y hasta la terminación del servicio de tranvías en 1964 y de trolebuses en 1975 quedando sólo autobuses, existió en nuestra ciudad un tendido eléctrico aéreo que compartía el paisaje cotidiano de la misma.

La gran mayoría de ese tendido aéreo estaba soportado por postes de diferentes materiales según la época, pero hay también otros recorridos en que ese tendido se sujetaba sobre las fachadas de los edificios, incluso conjugando las dos alternativas de enganches sobre fachadas y postes.

Aquí comienza lo que denomino como encabezo este artículo: Arqueología Tranviaria, el trabajo lo inicio al rescatar los recorridos de las líneas desde principio de su puesta en servicio.

Está claro, que todo lo relativo al cableado que conducía la corriente eléctrica desde la central que se encontraba en las cocheras de la compañía en San Fernando y luego más tarde en Cortadura y que mediante el enganche de los ‘trolleys’ a la red daba movilidad al material móvil, fue retirado unos años más tarde de la terminación de cada concesión administrativa.

Pero en las fachadas de los edificios que aún no se han modificado sus antiguas estructuras, en otros pese a haberlo sido, se han seguido conservado los agarres del tendido eléctrico
 
Para localizar estos enganches de las tirantas del tendido, de los cuales aún sobreviven anclados a las paredes tres tipos de ellos y que he podido localizar, nos tenemos que ir a una distancia de 6,5 metros aproximadamente sobre el suelo que era la altura de la unidad móvil más el alzado del ‘trolley’ hasta el hilo cadmio conductor de electricidad, curiosamente algunos llevan en su lugar de emplazamiento más de 100 años y hoy en día aún perduran.

Lo más usuales suelen ser las argollas redondas, que son las que más números se conservan, los ganchos de tirantas y las rosetas, de cada modelo aporto una foto, para que el lector pueda hacerse idea de sus aspectos.

La confluencia de líneas en el Paseo Canalejas,  calles Lázaro Dou, Plocia y Cuestas de las Calesas, hacen de estos lugares los que más anclajes de los tres tipos se pueden encontrar, a pesar de que tras la restauración de la fachadas de la antigua Fábrica de Tabacos se perdieron todos, bueno todos no, queda uno a la salida de la Calle Lazado Dou, casi oculto que se les escapó y sigue en la misma recordando que esa calle fue un nudo muy importante de confluencias de líneas, las cuales la daban a la misma una vida cotidiana muy ajetreada en el ir y venir de los viajeros.

En esa zona y rodeando el Obelisco del Trimilenario existía lo que se denominaba un bucle aéreo, y en ella se daba el intercambio de varias líneas produciendo el salto de chispas que se desprendían de los ‘trolleys’, al cruce entre sí mismo de los hilos del tendido.

Todavía siguen en su lugar, algunos de los enganches de la línea número 2 que fue la primera en desaparecer y que cubría el recorrido desde la Alameda Apodaca al Balneario, efectuando por las calles Antonio López y Calderón de la Barca la subida y el regreso tras girar delante del Convento del Carmen por la Plaza de Arguelles a Plaza de España para incorporarse por el Paseo de Canalejas a la vía del Balneario.

Curiosamente las vías terrestres de estas calles se utilizaron para la ampliación de nuevas líneas, quedando los anclajes en las paredes de sus edificios como mudos testigos del tiempo del paso del tranvía por ellas. La Compañía para su instalación debió de solicitar permiso a los propietarios de las fincas, supongo que no pocos problemas encontrarían para ello.

En lo referente a Puerta Tierra, la calle Ciudad de Santander, conserva una importante cantidad de estos anclajes, ya que la misma era el paso de ida y vuelta de la línea de trolebuses que efectuaba el servicio de Diputación a San Severiano, es más aún se utilizan algunos para la colocación del cableado del alumbrado navideño, casi 80 años después siguen siendo útiles, incluso un anclaje de roseta que se encuentra a la entrada de la actual rotonda del antiguo puente de San Severiano del mismo permanentemente de él cuelga un cable de este alumbrado.

Para documentar este trabajo que ha consistido en llegar a tener una relación completa de todos los anclajes encontrados, así como su ubicación, aparte de hacer lo recorridos de las diferentes líneas que han estado en servicio en la ciudad, he utilizado también fotos del amplio archivo del que dispongo y otras cedidas por otros compañeros, que han permitido en muchos lugares, ir a los puntos concretos donde se encontraban los mismos. Terminemos como lo hacemos en el argot tranviario: 

¡COBRADOR, LA PRÓXIMA!


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martes, 8 de agosto de 2023

Mis articulistas preferidos: José Antonio Aparicio Florido.

 Mi agradecimiento personal a José Antonio Aparicio Florido, Licenciado en Filosofía y Letras. Primera autoridad en la investigación de la Explosión de Cádiz, que me honra con su amistad personal, por su artículo de la Explosión de Cádiz (1947) publicado en primicia y exclusiva en este blog. 

Cádiz, 1947. Las consecuencias de una negligencia militar. Por José Antonio Aparicio Florido. 

La catástrofe de Cádiz era algo que se temía que podía ocurrir… y ocurrió. Las voces premonitorias se habían alzado desde que a finales de 1942 empezaran a llegar las minas a la vista de todo el mundo, cargados en camiones sin toldilla o cubiertas sin la mínima discreción. En los Torpedos, en aquel solar en el que hasta ese momento no hubo nada más que unos edificios vacíos levantados por Echevarrieta, comenzaron a acumularse todo tipo de armas submarinas: minas, cargas de profundidad y torpedos. Lo primero que llegó, por cercanía, fue el material del Arsenal de la Carraca, compuesto por las Vickers Elia y un sobrante de minas rusas reutilizadas que carecían de carro sumergidor e inservibles en la práctica. El 15 de septiembre llegaron también casi trescientas minas holandesas procedentes de la base naval de Ríos (Vigo) y a primeros de noviembre, otra partida algo menor de los mismos artefactos desde La Graña. El teniente de navío Albarracín, jefe de la base de Puntales, informó a la superior autoridad de que aún cabían otras trescientas 350 más, e incluso se podía habilitar un segundo almacén para intentar llegar a las 16.000 que calculaba Cervera en su proyecto minado para las costas del departamento marítimo frente a una previsible invasión aliada.

Así siguieron llegando otras 700 minas alemanas y cargas de todo tipo: rusas, Vickers, Torpedini y alemanas de los modelos WBA, WBD, WBE y WBF. Un abecedario completo que, junto a 41 torpedos italianos, preocuparon especialmente a un teniente coronel de Armas Navales enviado desde Madrid a principios de julio de 1943. Se llamaba Manuel Bescós Lasierra. La visita que realizó a la Base de Defensas Submarinas le dejó perplejo al contemplar que unas trescientas toneladas de explosivos estaban estibadas en el suelo de dos naves levantadas para otros fines, de gran superficie, pero que carecían de vías, vagonetas y medios de remoción o estiva, sin salida al mar y rodeadas de edificaciones muy próximas a las zonas urbanas. En su informe fue contundente al afirmar, cuatro años antes de la catástrofe, que si bien los altos explosivos empleados hasta entonces eran muy estables, nunca podía tenerse una absoluta seguridad en su estabilidad y, por lo tanto, no cabía descartar la remota probabilidad de explosión, ya fuera por accidente, guerra o sabotaje. Textualmente no tuvo reservas en expresarlo de la siguiente manera: “Estas consideraciones mueven al jefe que suscribe a aconsejar el urgentísimo traslado del depósito de Defensas Submarinas que, en caso de voladura, originaría una catástrofe de carácter nacional”. No una catástrofe cualquiera, sino uno de la que habríamos de acordarnos toda la vida.

Del mismo parecer fue el exalcalde Fernando Abárzuza que, retirado de la política y de la vida militar, abordó a unos y a otros incansablemente advirtiendo del peligro que significaba el almacenamiento de minas en el corazón de un barrio obrero. Primero se entrevistó con Ramón Agacino, capitán general del Departamento; luego con el ministro Salvador Moreno, en su visita a Cádiz el 6 de junio de 1943; y por último con Alfonso Arriaga, almirante jefe del estado mayor. Nada se hizo. Quizá les pudo su exceso de confianza en el armamento militar y en la creencia de que todo ese material de guerra estaba cargado con trilita, una sustancia altamente resistente bajo cualquier circunstancia de temperatura, humedad o longevidad. Sin embargo, como afirmaba el propio Ramón Agacino en un libro publicado en 1923, “el TNT está lejos de ser francamente inexplosible”. El teniente coronel Bescós se permitió recordar que ni siquiera se puede confiar por completo en los que se fabrican en tiempo de paz, a los que se les presupone una elaboración y preparación adecuada para soportar un largo almacenamiento. Y ahí estuvo la clave del desastre: las armas submarinas que arribaron a Cádiz entre 1942 y 1942 habían sido fabricadas en tiempo de guerra, de dos guerras, mejor dicho: la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial.


Entre todo aquel armamento llegaron, contra todo pronóstico ya que nadie las esperaba, 50 cargas de profundidad WBD y otras 28 WBF. Ninguna de ellas contenía trilita (TNT), sino algodón pólvora: una sustancia desterrada de los almacenes de municiones desde primeros del s. XX por su alta inestabilidad y velocidad de descomposición. Se estiva aparte para evitar explosiones por simpatía y se utiliza solo como agente impulsor de los proyectiles. Sin embargo, fueron llenadas inexplicablemente con algodón pólvora, también llamado nitrocelulosa; quizá por escasez de trilita o quizá por la premura de la industria bélica. Fabricadas por los alemanes, no fueron adquiridas por España sino que se recibieron por vía italiana. 

El Duce había arrastrado a su país a una contienda en el mar y precisaban este tipo de artefactos a bordo de sus destructores en la lucha antisubmarina; pero tres de esos destructores, buscando refugio tras el desastre naval de La Magdalena, acabaron en la rada de Mahón una buena mañana del 10 de septiembre de 1943. En cubierta se perfilaban las WBD y las WBF, preñadas con 125 y 60 kg de fulmicotone, respectivamente. A partir de ahí, internamiento en Baleares y desembarco del material de guerra. Antes de finalizar el año, las cargas aparecieron en Cádiz. Cuando justo tres meses después las recibió el capitán de navío García de Lomas, su sorpresa fue mayúscula: “Habiéndose recibido en el día de ayer en estas Defensas y por orden verbal del Sr. jefe del Ramo de Armamentos 28 cargas de profundidad WBF e ignorándose por esta jefatura el fin a que han de ser destinadas las mimas, tengo el honor de manifestarlo a V.E. a los fines interesados”. El traslado se hizo deprisa y en un aparente contexto de improvisación.

El 15 de julio de 1947, un mes antes de la explosión, las WBF ya habían sido retiradas; pero las WBD seguían allí despreocupadamente. Es muy posible que en algún momento se dieran cuenta de que las WBF transportaban algodón pólvora y de ahí que las hicieran desaparecer. Sin embargo, no ocurrió lo mismo con las WBD, que quedaron apiladas en un extremo del almacén de minas núm. 1 junto con el resto de cargas de profundidad y al lado de 41 torpedos italianos, en posición muy apretada por la limitación del espacio. El calor infernal bajo un techo de uralita, muy lejos de garantizar la temperatura ideal de 14-16 ºC, fue descomponiendo la materia de forma progresiva y causando la rotura de enlaces del compuesto químico con formación de gases nitrosos. Una reacción exotérmica en cadena aceleraba el proceso de forma cada vez más rápida y masiva hasta que al anochecer del 18 de agosto de 1947 se llegó al límite.



Las doscientas toneladas de explosivos liberadas en forma de energía arrasaron el barrio obrero de San Severiano, los chalés de Bahía Blanca, el astillero de Echevarrieta y Larrinaga, la propia Base de Defensas Submarinas, el Instituto Hidrográfico, la barriada España, la clínica del doctor Sicre, la estación de ferrocarriles, la línea ferroviaria y todo aquello que encontró a su paso. Los glacis de las murallas apantallaron la onda expansiva hacia la Casa Cuna, el Sanatorio Madre de Dios, el puente de San Severiano y la calle Tolosa Latour, donde residían numerosas familias, además de albergados, huérfanos y religiosas. El balance de víctimas mortales ascendió a 150 personas, entre las que hay que contabilizar dos cuerpos no identificados, calculando los médicos que atendieron a los supervivientes unas cifras de entre 5.000 y 10.000 heridos. Ninguna institución, ni la Marina ni el Estado, se hicieron responsables de lo ocurrido; y al no haber responsables, no hubo indemnizaciones. En plena dictadura, las voces que pidieron una enérgica reparación del daño causado no fueron muchas. Más bien, muy pocas. La que conviene recordar por encima de todas fue la del fiscal jefe de la Audiencia Territorial de Sevilla, Manuel Gandarias Blanco, cuya esposa quedó contabilizada entre aquellos cadáveres. Su carácter temperamental sumado a la pérdida del amor de su vida le llevó a reivindicar, a través de sus procuradores, que aquel delito culposo no podía quedar impune y que los responsables criminales tenían que ser sancionados con las penas dispuestas por el código penal vigente. No se amilanó; sabía bien a quien dirigía sus dardos.

"La catástrofe en la que perdió la vida la respetable dama, en nombre de cuyos deudos hablamos, no fue como la más ilustre pluma de la intelectualidad española ha dicho, tan imprevisible para que el hecho pueda ser catalogado entre los azares inevitables o fatales. Desde este momento en que comenzamos nuestra acusación, sostenemos que la catástrofe tiene caracteres de delito culposo, con responsabilidad criminal clara y patente de la persona o personas que ordenasen y consintiesen la colocación de tantísimos centenares de bombas explosivas de 300 kilos cada una en las naves de un edificio construido no para polvorín, sino para fábrica de armamentos, con techos de cristales y débiles muros, poniéndolas a flor de tierra, unas sobre otras, como si fuesen objetos inofensivos, en locales situados dentro de una ciudad, rodeados por todas partes de casas habitadas y enfrentados con una de las más importantes factorías de la nación, por cuanto que, conocedores del extraordinario peligro que los hechos han venido a comprobar, resulta patente por parte de las mismas la más temeraria imprudencia".

Cuando mencionaba a la más ilustre pluma de la intelectualidad, se refería por supuesto a José María Pemán. En cuanto a la responsabilidad criminal, nunca tuvo duda de que fue la Armada, aludiendo a una negligencia llevada a cabo a los ojos de todo el mundo y cuyas consecuencias se veían venir. Un delito “sin parangón como tal en la historia de la criminalidad española”, para cuyos autores, es decir, las personas encargadas de la dirección y vigilancia de los almacenes, pidió prisión incondicional con embargo de todos sus bienes. En estos términos y con este objetivo, poco duró su demanda. Las autoridades civiles y militares le acallaron al igual que ocultaron las causas del desastre. Tres días después de la explosión, un 21 de agosto de 1947, el Estado Mayor envió sendas órdenes a las instalaciones militares en tierra y a la flota para el desembarco inmediato de las cargas de profundidad que no contuvieran exclusivamente trilita o cuya naturaleza de explosivo se desconociera, así como el alejamiento de los núcleos de población de cualquier artefacto con explosivo distinto a la trilita. Es el mayor reconocimiento de responsabilidad que se puede escribir.

Sabían que habían sido las cargas y sabían que, al haber estallado por autogénesis, solo un explosivo muy sensible y volátil sería capaz de comportarse de esta forma. Así pues, omitiendo tales pruebas de cargo, el 20 de octubre de 1950 el tribunal togado de San Fernando declaró el sobreseimiento provisional de la causa, que a la postre sería definitiva. Al no señalarse a ningún responsable, las víctimas no fueron indemnizadas ni tampoco aquellos que sufrieron algún tipo de pérdida material.

Han pasado ya setenta y seis años, sin que la Armada reconozca su culpa y sin cerrar capítulo sobre un episodio ominoso de la historia del que hace tiempo sabemos con absoluta rotundidad quiénes fueron los causantes. Para mayor vergüenza, el Instituto Hidrográfico de la Marina sigue cerrándonos sus puertas al objeto de impedir que se realicen allí los actos conmemorativos de la tragedia, como ha vuelto a ocurrir en este año 2023. Sin embargo, haciendo gala del mayor cinismo, siguen presidiendo la entrega floral como convidados de piedra, sin abrir ni siquiera los labios para aprender a honrar a los difuntos.

miércoles, 21 de diciembre de 2022

Mis articulistas preferidos. Manuel Llamas Baúza.

 Los astilleros Haynes. Por Manuel Llamas Baúza. 

Esta factoría naval, que contribuyó poderosamente al desarrollo comercial y económico de la bahía gaditana, puede decirse que es un admirable ejemplo de trabajo, constancia y voluntad. Fue en el año 1840 cuando Thomas Haynes, de origen inglés, estableció en Puntales unos talleres de fundición de hierro y metal, para la construcción y reparación de toda clase de buques de vapor de hierro. Los censos municipales de aquella época, nos indican que dicha industria se encontraba ubicada en Puntales, núm. 184. Los comienzo de le la misma, fueron modestos y sus talleres se instalaron en unas amplias casetas de madera, cuya construcción corrían pareja con las entonces existentes en estos lugares. Además de las actividades antes citadas, estos talleres se dedicaron también a la construcción de diversos objetos de hierro y metal, tales como cancelas, aljibes, estufas, campanas para las iglesias, husillos, calderas y maquinaria.

Corría 1876 y la primera apuesta seria, tras décadas de escarceos con pequeñas unidades, llegó de la mano de la Sociedad del Puerto Mercantil de Cádiz para la que se construyó el «San Diego». Se trataba de un barco grúa preparado para recibir piedras de hasta 20 Tm. Medía 15 m de eslora, 6 de manga y 3 de puntal y llevaba una máquina de vapor de 12 caballos de construcción propia. Para la misma sociedad se construyó también una lancha y draga a vapor. Otros trabajo en la misma línea fueron los alargamientos del «Ana Haynes» y del «Pedro», ambos de su flota, a los que se dotó de nuevas máquinas y calderas, y la construcción de parte de la almadraba de Sancti Petri.

Entre los principales trabajos realizados por esta factoría, en lo que pudiéramos decir su primera época, hemos de destacar la construcción del primer vapor de hierro mercante de España, el que se denominó «María Cristina» (1); seis gánguiles de hierro de 120 toneladas cada uno, para las Obras del Puerto de Cádiz, y las calderas de la goleta de guerra «Ceres».



Cuarenta y cuatro años después de su fundación, dicha empresa se trasladó a un lugar muy cercano del que antes ocupaba, en el que se levantó un espacioso local de mampostería de nueva planta, en el que quedó instalada dicha factoría, con el fin de “poder dar cumplimiento a cualquier pedido que se le hiciera, con más prontitud que anteriormente…”. Al modernizarse estos Astilleros, recibieron un gran impulso, siendo dotados de talleres de maquinaria, herrería, fundición, calderería y demás detalles y medios relacionados con la construcción y reparación de buques, hallándose toda su maquinaria movida por una potente máquina de vapor construida en dicha factoría.


Al frente de la Sociedad se encontraba D. Thomas Haynes Mudeman, en la que también trabajaban sus hijos Benjamín, Creswell y William (2), los cuales eran también peritos reconocedores de buques de importantes compañías extranjeras de seguros marítimos. Al

fallecer don Thomas Haynes, propietario de esta importante empresa, que contaba con sucursales en Madrid, Huelva, Algeciras y casa y talleres en Gibraltar, dicha razón social giró bajo la denominación de «Hijos de Thomas Haynes».

Pero en realidad la familia Haynes, no sólo dieron vida a estos astilleros, sino a otras muchas actividades comerciales, todas ellas relacionadas con el mar. En el año 1850 fundaron la Sociedad «Sur de Europa de Salvamento de Buques», siendo por ello la primera y única casa entonces establecida en nuestro país dedicada a poner a flote buques mercantes hundidos, para lo que disponía al efecto de toda clase de aparatos mecánicos, bombas de vapor, personal de buzos y para completar su equipo de salvamento. Construyó en sus Astilleros de Puntales, en el año 1892 el buque mercante «San Servando», equipado con los medios más modernos para dicho fin, de ahí que los trabajos efectuados por esta Sociedad fueran muy estimados por las compañías aseguradoras y armadoras.

Otra de las actividades a las que se dedicó la familia Haynes, fue a la pesca. Para ello adquirieron en 1876 seis barcos que dedicaron a la pesca de altura. Como complemento de ello, establecieron en Puntales unos talleres dedicados a la venta y reparación de los diversos artículos de pesca, consiguiendo con ello una laudable y doble finalidad: proporcionar trabajo a mayor número de familias de aquella Barriada y conseguir que el pescado se vendiera en nuestra ciudad a un precio más bajo, ya que por entonces era el alimento principal de las clases más modestas.

El comercio marítimo, fue otra de sus ocupaciones. Para tal efecto tenían la «Línea de Thomas Haynes», dedicada al transporte marítimo de pasajeros y mercancías entre los puertos de Cádiz, Tarifa, Algeciras, Gibraltar, Málaga, Tánger, Ceuta y Huelva. Estas líneas estaban atendidas por los vapores de hierro a hélice «Thomas Haynes», «Ana Haynes», «James Haynes», «Reina Cristina», «Península», «Cantabria» y otros, todos los cuales eran propiedad de los Haynes y fueron construidos en sus Astilleros de Puntales. También fueron consignatarios de buques de importantes compañías extranjeras de navegación.

Debido a su experiencia, en obras hidráulicas y pese a las numerosas actividades reseñadas, a la Casa de «Hijos de Thomas Haynes», le fue adjudicada la contrata de la construcción del puerto de Huelva. 

Para las citadas obras fue botado al agua en sus Astilleros de Cádiz, el día 10 de septiembre de 1885, un gánguil de hierro de grandes dimensiones que tenía una capacidad de carga de 235 toneladas y al que se le bautizó con el nombre de «San Fernando».

La apertura de los Astilleros de Vea Murguía, precedida de la instalación de la Compañía Trasatlántica en los terrenos de El Trocadero, supusieron una dura, y a la postre definitiva, competencia para estos talleres.

La actividad de los Talleres Haynes fue languideciendo poco a poco a lo largo de la última década del siglo, destacando la construcción en este periodo de los vapores «Gaditano», «África» y «Anita», todos ellos de madera, así como el «Primero de Puntales». En 1902 el astillero Haynes cerró sus puertas para siempre.

Los Astilleros de Haynes y las múltiples actividades comerciales que llevaron a cabo esta familia, de las que no hemos consignado todas, se tradujeron en la consiguiente prosperidad económica y laboral del Barrio de Puntales, con lo que su censo de población comenzó a crecer de forma acelerada. Por ello el Municipio quiso mostrarle su gratitud rotulando con el nombre de «Thomas Haynes» una de las calles de dicho Barrio.

Hoy, de toda esta intensa actividad comercial, sólo nos queda el recuerdo y el nombre de una calle, ya que el monumento sepulcral donde descansaban los miembros de la familia Haynes que existía en el antiguo Cementerio de los Ingleses, se perdió al desaparecer dicho cementerio.

(1) Su quilla se puso el día 6 de enero de 1881, teniendo lugar su lanzamiento al mar el 16 de febrero del año siguiente, con la máxima solemnidad y asistencia de las autoridades y numeroso público.

(2) William era conocido en la sociedad gaditana como José Guillermo. Cursó su instrucción básica en una escuela de Extramuros, luego fue enviado dos años a Inglaterra para volver a terminar su formación en el colegio de San Felipe Neri. A los 16 años se embarcó en un buque mercante y, tras recorrer varios países europeos, trabajó en la fundición, ejerciendo de maquinista, tenedor de libros, cajero e ingeniero. 




domingo, 6 de febrero de 2022

Mis articulistas preferidos. Adolfo Morera Salvago.

 José Celestino Mutis y Bosor. Botánico, gaditano ilustre.  Por Adolfo Morera Salvago.

Si el significado de erudito es aquella persona que posee y demuestra una vasta cultura sobre un tema en particular y unos sólidos, amplios y profundos conocimientos en una o múltiples disciplinas, esa persona sin duda fue el gaditano José Celestino Mutis y Bosor. Uno de los principales exponentes del Cádiz de la Ilustración. 

Organizó la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada (Colombia), una de la expediciones científicas en la ilustración más importantes del siglo XVIII.
Celestino Mutis fue botánico, médico, astrónomo, matemático y sacerdote.

Estudió medicina y cirugía en el Real Colegio de Cirugía de Cádiz y concluyó su carrera en la Universidad de Sevilla. Después de finalizar sus estudios trabajó durante cuatro años en el Hospital de Cádiz. Sus primeras etapas profesionales se desarrollaron bajo la tutoría de algunos de los más eminentes científicos del momento.

En 1757 se trasladó a Madrid. Tras formalizar ante el Real Tribunal del Protomedicato su título de médico, ocupó la cátedra de anatomía y perfeccionó sus conocimientos en la disciplina de la botánica.

En ese mismo año fue nombrado médico de la Casa Real de Fernando VI. Tres años más tarde, y después de rechazar una beca de especialización en París, partió a América desde nuestro muelle de Cádiz como médico del virrey de Nueva Granada, Pedro Messía de la Cerda estableciéndose en Bogotá.

Una vez en tierras americanas, la actividad de Mutis es incansable y de gran trascendencia y repercusión.

Funda una cátedra de matemáticas, siendo el primer pedagogo que explicó la física newtoniana y la teoría heliocéntrica de Copérnico, lo que le trajo problemas con la inquisición.

Los importantes estudios botánicos que desarrolla nuestro gaditano comienzan con la creación de un herbario y la catalogación de nuevas especies medicinales como la quina, su planta predilecta, ya que la consideraba como una panacea para el tratamiento de muchas enfermedades.

Hizo importantes progresos en la mineralogía. Introdujo el método de amalgamación para la extracción de la plata.

Ocupó la cátedra de matemáticas del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. En su discurso inaugural sentó las bases de la revolución científica e ideológica, lo cual le valió un enfrentamiento con la iglesia.

En 1763 le trasladó al rey Carlos III su interés por realizar una historia natural de América, aunque no obtendría el permiso de la corona hasta 20 años después, pudiendo organizar aquella maravillosa Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada.

Los objetivos científicos de Mutis dieron como resultado la recolección y clasificación de 20.000 especies vegetales y 7.000 animales de la actual república de Colombia. Además fundó el observatorio astronómico de Santa Fe de Bogotá, uno de los primeros de América meridional. Creó un selecto grupo de científicos y artistas, dando paso a la vez a los primeros fundamentos para la concienciación de las riquezas naturales del Nuevo Mundo. Se inició en 1783 y duró treinta años.

El legado de Mutis, uno de los patrimonios pictóricos y científicos más significativos de los últimos tiempos, puede disfrutarse en El Real Jardín Botánico de Madrid, encargado de custodiar este tesoro, donde se pueden ver  los más de 7.000 dibujos de la Real Expedición Botánica al Nuevo Reino de Granada.

Nuestro gaditano está considerado como una de la figuras más relevantes en la introducción de la ciencia de la ilustración en la América hispana; y su legado permanece en las universidades de todo el mundo, como base fundamental para los estudios de botánica. 





miércoles, 18 de agosto de 2021

Mis articulistas preferidos: José Antonio Aparicio Florido.


En el LXXIV aniversario de la Explosión, Diario de Cádiz publicó ayer un artículo de José Antonio Aparicio Florido, el cual con el permiso de su autor, también se publica en este blog.  Vaya nuestro recuerdo eterno a las víctimas de aquel trágico suceso de 1947.

A un año del 75 aniversario de la Explosión de 1947 en Cádiz. Por José Antonio Aparicio Florido. Investigador.  

Dentro de un año se cumplirán 75 años de la Explosión de Cádiz, en mayúsculas, como hay que escribirlo; una fecha inconfundible que no olvidará nunca esta ciudad. Todavía se reciben mensajes desde otros lugares de España de personas que siguen buscando a familiares desaparecidos de la faz de la tierra en la misma fecha en que coincidió esta catástrofe nacional: 18 de agosto de 1947. 

Parece como si nadie fuera ajeno a la tragedia, como si todos los destinos humanos acabaran aquí, como si la Explosión fuera la razón perfecta para justificar tantas desapariciones. Cuando a veces parece que el interés se diluye en el tiempo, siempre ocurre algo que nos hace ver lo contrario. Una productora de Madrid tiene ya en sus manos un nuevo proyecto de documental en torno a este episodio y se ha puesto en contacto con el Ayuntamiento de Cádiz para buscar apoyos. 

Varios escritores, neófitos o reconocidos, utilizan la catástrofe como telón de fondo o recurso accidental en sus novelas. Pero lo cierto es que solo queda un año para el 75 aniversario y, a nivel municipal, no hay nada, de nada, de nada… Silencio, desconocimiento, despreocupación o expectativa; no lo sabemos. Lo cierto es que ahora va a ser muy difícil echarle la culpa de este silencio al Generalísimo Franco y al régimen del terror; aunque quizá estemos a tiempo de no tener que buscar culpables.

Hasta el presente, muchos investigadores nos hemos unido en la búsqueda de testimonios orales, documentos escritos, imágenes audiovisuales, archivos sonoros, fotografías, incluso objetos personales. De donde no quedaba aparentemente nada brotó la extraordinaria Exposición de 1997 en la Institución Provincial Gaditana, liderada por profesores y alumnos de la Universidad de Cádiz. A partir de ahí, de forma espontánea, la población, entre preguntas, recuerdos y comentarios, fue ayudando a completar aquel último fotograma en blanco y negro de una ciudad desolada por las minas. Diez años antes, la corporación municipal había nombrado hijos predilectos o adoptivos a los únicos héroes reconocidos: Pascual Pery Junquera y a un grupo de marineros; en 2011, y después de mucho insistir, a otro de los héroes olvidados: Antonio Ristori Fernández. Un Ayuntamiento siempre al arrastre, siempre con pereza cuando hablamos de la Explosión. Muerto el perro, se acabó la rabia.

Son otros los actores que están promoviendo los cambios e impulsando la memoria, entre ellos los incombustibles medios de comunicación, el Instituto Español para la Reducción de los Desastres, la Federación 5 de Abril Vecinos de Cádiz y quienes asisten año tras año a los actos conmemorativos. Quizá sea hora de que las cosas cambien y sea el pleno municipal en su conjunto, sin marcado político, el motor de un 75 aniversario decente y merecido para quienes en su día no pudieron ejercer ni siquiera el derecho a la protesta.

Vamos casi sin tiempo, pero es mucho lo que se puede hacer y muchas las personas dispuestas a participar. Las ideas están todas sobre la mesa y solo requieren el liderazgo y amparo de los representantes municipales, con la cooperación del resto de las autoridades y organismos públicos: Diputación, Junta de Andalucía, Estado y, especialmente, el Ministerio de Defensa. Un ciclo de conferencias, rutas guiadas por los lugares afectados por la catástrofe, cine de verano en el solar de la Casa Cuna, conciertos de música clásica, coral y tradicional en el punto cero en que se produjo el estallido… Quién sabe si una recreación dramatizada de las brigadas de auxilio que llegaron desde San Fernando para rescatar a los civiles atrapados bajo los escombros de lo que habían sido sus hogares. 

Por qué no: un ejercicio de desescombro a cargo de la UME, con sus camiones recorriendo la avenida principal y adentrándose por las calles Juan Ramón Jiménez y Tolosa Latour, para montar las mismas casetas de campaña que acogieron a los damnificados de aquel 18 de agosto de 1947. Centrar los focos de toda España en algo que sucedió en Cádiz hace setenta y cinco años y que compartieron en mayor o menor medida otras poblaciones siniestradas por similares episodios como Peñaranda de Bracamonte (1939), Alcalá de Henares (1947) o Tarancón (1949). Todas ellas son poblaciones unidas por una catástrofe de idéntica naturaleza, todas ellas se brindaron ayuda mutua sin saber lo que el destino les depararía a las otras y por ello están obligadas a mantener una justa memoria y unos lazos comunes y perdurables. Compartir la tragedia.

La Exposición Permanente y los archivos clasificados

La desclasificación de los archivos militares relacionados con la Explosión de Cádiz y su acceso libre para los investigadores es otro de los objetivos y reivindicaciones para este señalado aniversario. La investigación no ha acabado aún, continúa muy viva y existen algunas lagunas, pequeños vacíos de la historia que faltan por cubrir y que requiere una revisión exhaustiva de la documentación original. Sabemos quién la tiene, dónde se conserva, los números de los legajos y cajas; es justo que se nos abra la llave.

Es el mayor ejercicio de transparencia que se nos podría ofrecer y que tanto tiempo llevamos reclamando sin éxito. Nuestros escritos dirigidos al Archivo Central del Cuartel General de la Armada no han tenido hasta hoy respuesta alguna. Mientras tanto, la digitalización del material disponible y su concentración en una misma unidad archivística fácilmente accesible es otra de las demandas que es posible cumplir en los próximos doce meses. Ya sea en el Archivo Histórico de la Diputación de Cádiz o en el Archivo Histórico Municipal o en ambos, los más recientes investigadores deberían poder encontrar la facilidad que no tuvimos los primeros, cuando hubimos de recorrer ciudades como Salamanca, Madrid, Alcalá de Henares o San Fernando en busca de una información perdida que no sabíamos que existiera.

Por último hay cuestiones pendientes con relación a la Exposición Permanente. En 2017, después de tres años de desdén, logramos hacer realidad, al menos en parte, la idea de un museo memorial ¿inspirado por el firmante de este artículo? que estuviera a la altura del dolor y la pérdida de la catástrofe. Su ubicación actual en el castillo de Santa Catalina, en un espacio de reducidas dimensiones donde apenas se puede uno mover sin tropezar con las vitrinas, húmedo y sin climatización, es mucho más que no tener nada, pero dista de ser el lugar ideal que habíamos imaginado. 

Una exposición de estas características debe estar en el sitio donde su contenido cobra sentido: el Instituto Hidrográfico, las bóvedas de Santa Elena, el chalet de Varela, en definitiva, entre Bahía Blanca, astilleros y San Severiano. Incluso la Casa de Iberoamérica, propuesta en primera instancia, hubiera sido mejor opción; pero claro, Iberoamérica es para lo que es de Iberoamérica. Los principales problemas que se pudieran anteponer al cambio solo desembocarían en el final de siempre: la falta de voluntad. 

En casi cuatro hectáreas de terreno que dispone la Armada en lo que fue la Base de Defensas Submarinas hay hueco para todo y para todos; no solo para la Explosión de Cádiz, sino para un entorno museístico mucho más amplio en el que compartieran escenario la Exposición Marítima Internacional de 1887, el arranque de la industria naval de Cádiz, el pasado fenicio-púnico de Gadir, la Fábrica Nacional de Torpedos y por supuesto, el Instituto Hidrográfico de la Marina, que también fue víctima y damnificada de la Explosión. Al fin y al cabo, la deuda moral no prescribe nunca y un simple gesto puede ser el comienzo de la ansiada reconciliación y la definitiva asunción de un desastre irreversible.


sábado, 5 de diciembre de 2020

Mis articulistas preferidos: Antonio de los Ríos Ruiz.

 Don Gonzalo. Profesor del Colegio San Rafael, también conocido como "El Grupo".

Don Gonzalo vendía tortas en vez de darlas. A diferencia de otros maestros no utilizaba la violencia para que aprendiéramos. En el 71, en 1.971 (que tampoco estamos hablando de los romanos) lo suyo era que te dieran un bofetón si no sabías, imbécil de ti, que 9x4 eran 36 o 38, que ya ni me acuerdo, ¡me dieron tantas!

Un reglazo en la mano abierta si tampoco sabías quienes eran los Reyes Católicos. ¿Reyes Católicos?, los demás que eran, ¿ateos? Que te humillaran de cara a la pared con los brazos abiertos y con varios libros haciendo contrapeso, era lo habitual.


Don Gonzalo era diferente.  Era persona amable, cercana y didáctica. Era canoso con apenas 50 años, lo que yo intuía como persona sabia.  El paso del tiempo me confirmó que no estaba equivocado. No siempre los sabios han sido reconocidos y las más de las veces las han pasado canutas. 

¿Cuántas veces habremos escuchado aquello de “pasa más hambre que un maestro de escuela”? Yo no sé si en la casa de don Gonzalo pasaba lo que en la mía; que según mi madre no se pasaba hambre, se pasaba “necesidad”.

Don Gonzalo debía tener esa necesidad, y sobre todo debía alimentar, además de a su mujer, al menos a un par de hijos a los que yo luego me fui encontrando por la vida. No le llegaría con el mísero sueldo de un maestro. Así que el buen hombre se hizo representante de tortas. A la hora del recreo los alumnos de las demás clases del “Grupo Escolar Miguel Primo de Rivera”, "El Grupo" para los amigos, acudían a comprarle tortas a don Gonzalo. Y cuando terminaba su jornada escolar iba por las tiendas vendiendo su mercancía.

Mira si era sabio que mató a dos pájaros de un tiro: Inventó una fórmula para que los alumnos aprendiéramos jugando y compitiendo por un premio a base de tortas.

Consistía en que cada alumno diera una cantidad nimia y con el montante se compraban 3 docenas de tortas (de polvorón, de aceite, …) Tres docenas de tortas que don Gonzalo vendía y así obtenía su beneficio. Poco, o casi nada.

Luego se configuraban 4 equipos del total de alumnos de la clase. Iban eligiendo a cada componente los 4 capitanes, que eran los 4 mejores de la clase. Por turnos, como cuando elegíamos en el recreo a los integrantes del equipo de fútbol. 

Una vez hechos los equipos, empezaba el concurso, don Gonzalo iba alternativamente haciendo a cada equipo preguntas diversas. De geografía, de literatura, de matemáticas, etc.  En el equipo se consensuaba la respuesta; y así íbamos puntuando. No era baladí el tema. Los capitanes se lo tomaban muy en serio, de manera que a cada jugador se le asignaba un temario:

- "Fofi, tú te encargas de la historia, que se te da bien; Joaqui, lo tuyo son los quebrados ¡prepáratelos! Manolo, repásate la ortografía que nos estamos jugando tres docenas de tortas". 

El equipo campeón se las llevaba.  Pero don Gonzalo no tenía el don solo por cortesía, lo llevaba porque se lo había ganado; así que a los que perdían, según él a los que no ganaban, les daba una torta a elegir (seguro que al final le costaba el dinero). Era mucho mejor ver a un niño sonreír que a uno llorando. 

De don Gonzalo aprendí a diferenciar hay, ahí y ay, con una regla perfecta dentro de una frase: “Ahí hay un hombre que dice ¡ay!”.  Me enseñó los decasílabos, a los que todavía hoy no les he encontrado la utilidad. Aún no le he encontrado el "queo". Pero bueno, ¡ya se verá! Se agradece, don Gonzalo. También intentó, sin éxito, adiestrarme en el uso de “si no”; de cuándo va junto y de cuándo va separado.  Me equivoco casi la mitad de las veces. La culpa es mía, que no doy más de mí.


Con don Gonzalo mi historia continuó. En 1971 se conmemoraba el bicentenario de la intervención de un niño de San Ildefonso en los juegos de azar, en la lotería primitiva. Luego vendría la moderna que fue creada en Cádiz, cuando éramos la capital del reino en 1812. Pero en aquellos tiempos de 1.771 se utilizaba a los huérfanos del Colegio de San Ildefonso como mano inocente para extraer las bolas o números de la suerte. 

Con motivo de ello la Sociedad Estatal de Loterías y Apuestas del Estado invitó a escolares de cinco ciudades españolas que habían tenido que ver con la lotería a una semana de estancia en Madrid, con actividades, excursiones y por supuesto un sorteo especial en el que nosotros fuimos los encargados de sacar las bolas. Cádiz era, por lo que decía antes, invitada obligada.



También estaba Burgos, Barcelona, Sevilla y Valencia. Y tuvimos la suerte que entre todos los colegios de Cádiz (¿tendría que ver que nos llamáramos por aquel entonces Grupo Escolar Miguel Primo de Rivera?) eligieran al nuestro. Y más concretamente al curso de 7º (que entonces la EGB ni existía) y concretando concretando, me tocó a mí y a dos más. Acompañados, eso sí, por un profesor: don Gonzalo.

Él a un hotel y nosotros al Colegio.

Y allí estuvimos, en San Ildefonso, durante una semana conviviendo y departiendo risas por la mañana, patadas en el recreo y batallas de almohadas y salivazos por la noche con nuestros amables anfitriones los “difíciles huérfanos” del colegio que desde aquel lejano 1.771 reparte la suerte. 

Lo mejor de cada casa; la que no tenían. ¿Me explico? Aun así, pasado el tiempo, lo recuerdo con cariño y, como no podía ser de otra manera, estoy encantado de que me tocase esa lotería. Para un chaval de 12 años, que lo más lejos que había ido era a casa de su abuela a Chiclana, ir a Madrid, visitar El Escorial, El Prado e incluso dada la época (y como no podía ser de otra manera), El Valle de los Caídos, era y fue una experiencia formidable.

Muchos años después la suerte se repitió e hizo que la hija de don Gonzalo fuese la maestra de mi hijo Antonio. Su apellido no era común, así que le pregunté si era hija de quien yo suponía y si su padre aún vivía. Me dijo que sí a las dos y dupliqué así mi alegría. Elevarlo a la tercera potencia fue obra de don Gonzalo que, cuando fue informado de la coincidencia, tuvo el detalle de devolverme, a través de su hija, una redacción que yo hice en aquel curso 70/71. 

La redacción, vista hoy, era pésima; pero lo que no tenía precio, porque solo lo tienen las que cosas que no son importantes, era que aún la guardase.

Su hijo también se cruzó en mi vida y fue durante mucho tiempo el ginecólogo de mi mujer. Pero eso ya no me hizo tanta gracia.

A DON GONZALO DE MIGUEL. MI MAESTRO.

Antonio de los Ríos Ruiz.