El esplendor del estilo 'Cádiz'. Siglo XVIII-1885
La reputación de Cádiz como centro mundial del naipe no fue casual. Ya en 1748, el Gobierno realizaba controles sobre su venta, pero fue en el siglo XIX cuando la ciudad consolidó un estilo propio, el "patrón gaditano", que se impuso en España y, sobre todo, en América. Estas barajas eran famosas por la calidad de su cartulina y un diseño estilizado de sotas, caballos y reyes que las distanciaba de las figuras más toscas de otros centros productores.
En este escenario, destaca una figura sobre todas: Segundo de Olea. Establecido inicialmente en la calle San José nº 33, Olea no fue solo un empresario, sino el artífice de la identidad visual de la baraja moderna. Fue pionero en sustituir la madera (xilografía) por la litografía, logrando colores rojos y amarillos vibrantes imposibles de copiar. Su éxito fue tal que se convirtió en Proveedor de la Real Casa, lo que le permitía lucir el Escudo Real en sus envases como garantía frente a las falsificaciones.
La radiografía industrial del último cuarto del siglo XIX
Para entender la magnitud del sector, debemos fijarnos en el informe que el Ministerio de Hacienda solicitó al Gobernador en 1874. En aquel año, Cádiz era un hervidero de talleres que utilizaban métodos mayoritariamente manuales (estampación y satinado con cilindros), con la excepción de la fábrica "El León", que ya empleaba fuerza mecánica.
El censo de fábricas de la época nos dibuja un mapa preciso de la ciudad:
Enrique Pastrana: Posiblemente la más antigua, en la calle de la Verónica (hoy José del Toro).
"El Venado" y "El Lobo Dorado": Esta última en la calle de la Cruz nº 2 esquina a calle Robles, con producciones que rondaban las 200 barajas diarias.
"El Águila": En la calle San Alejandro (hoy Conde O'Reilly) nº 3.
"Los dos Gallos": De Adolfo Fernández Bermejo, en calle Linares, (actual Buenos Aires) nº 10, con una gran plantilla de 35 personas entre hombres, mujeres y aprendices.
En 'El gallito' se empleaban 11 hombres y 4 aprendices, que elaboraban 360 barajas diarias.
"El León": En la calle Cristóbal Colón nº 15, 17 y 19, famosa por su conflicto vecinal en 1877 debido a un rótulo excesivo que tapaba la vista de los balcones. Hablaremos de este litigio más adelante.
En 'La gaditana' trabajaban 9 hombres y 4 aprendices, fabricando 230 barajas diarias. Calle Duque de Ciudad Rodrigo (Actual Cobos) nº 19.
En 'Las dos águilas' trabajaban 7 hombres y 2 aprendices, produciendo 195 barajas diarias. Su domicilio era calle del Molino (Actual Adolfo de Castro) nº 41.
En la empresa de Segundo de Olea, también de Rodolfo de Olea, que tenía domicilio en calle Comedias (Actual Feduchy) nº 10, 12 y 14; Santo Domingo nº2 y también en Duque de la Victoria (Actual Nueva) nº 3 y 5, la plantilla estaba formada por 22 hombres, 14 aprendices y 6 mujeres, logrando una producción diaria de 720 barajas. Esta empresa firmaba con 'Olea' y también como 'El heraldo' en calle San José nº 66,
'El gato', 'Flor de lis', 'La española' y 'Jabalí' con domicilio ambas en la calle Sacramento nº 70, 'La gaditana' con domicilio en calle Cobos 19 y 'Los dos tigres'.
Hay que hacer notar que 'Los dos tigres' estaba registrada como empresa filial y figuraba como propietarios María González Rizo y Manuel Álvarez González.
También ostentaban premios tales como Medalla de oro en el Concurso internacional de Suez en Egipto, Medalla de oro y Diploma de honor en el Concurso internacional de El Cairo (Egipto), Diploma conmemorativo como miembro fundador del Observatorio y del Museo de Jerusalén, Cruz del mérito y Medalla en la Exposición internacional de Lyon, Gran premio de excelencia en la Exposición de Jerusalén y en la de París.
Tenía su sede en la Plaza del Mentidero nº 2. En 'El tigre', también asociada a Segundo de Olea, trabajaban 14 hombres, 5 mujeres y 7 aprendices, fabricando 450 barajas, y su domicilio era en la calle Enrique de las Marinas 31.
Está claro que no hay que hacer ver que Segundo de Olea era la principal fábrica de naipes y que su número de empleados también fluctuaba según la época.
Estos datos reflejan la continuidad de un sistema de trabajo tradicional basado en la figura del aprendiz, así como la incipiente incorporación de la mujer al ámbito laboral en este sector.
Como dije antes, hubo un conflicto con la fábrica de naipes ‘El león’: Benito Cuesta, vecino de la calle Cristóbal Colón nº 17, presentó una denuncia contra el rótulo de madera que anunciaba la “Fábrica de Naipes de El León”. Dicho anuncio, acompañado de una carta de gran tamaño, estaba situado en la planta baja del número 15, sede de la fábrica. La queja no solo se basaba en que el letrero no respetaba las normas de ornato público, sino también en que obstaculizaba la vista desde el balcón del denunciante.
Según argumentaba, anteriormente no existía tal inconveniente, ya que la finca nº 17 estaba destinada a la venta de mercancías, por lo que los pisos superiores se utilizaban únicamente como dormitorios para los empleados.
Sin embargo, esta situación había cambiado a causa de la persistente crisis gaditana, que había provocado la desaparición de muchos de estos establecimientos en la calle.
Finalmente, el Alcalde ordenó a la fábrica 'El león' que redujera el tamaño del anuncio, de
modo que no sobresaliera hacia la vía pública más allá de las repisas de los balcones
principales.
Los artistas invisibles: La aristocracia obrera.
Detrás del éxito de Olea había nombres propios. Los maestros litógrafos como José de la Riva, alabado en 1881 como un artista aventajado, o Antonio Martínez, responsable de la transición a las planchas de zinc.
La calidad física dependía de los satinadores, como Francisco Grosso, que usaba piedras de ágata para que las cartas "corrieran" suavemente, y de los cortadores como Manuel Varo. No podemos olvidar a las "naipistas", mujeres encargadas del control de calidad y el barnizado manual, cuya destreza era el último filtro antes de que el producto embarcara en el puerto hacia La Habana o Manila.
El principio del fin: Impuestos y monopolios 1898-1910.
El declive comenzó con dos golpes casi simultáneos. Primero, el Desastre del 98, que cerró los mercados coloniales. Segundo, la Ley de Presupuestos de 1900, que impuso el Impuesto del Timbre.
Los Sucesores de Olea lideraron una resistencia legal desesperada. Pleitearon incluso por los "naipes de desecho" (las barajas defectuosas que Hacienda quería gravar), logrando el derecho a destruirlas ante notario en los patios de la fábrica. Sin embargo, la burocracia fue letal: la obligación de sellar cada baraja retrasaba los envíos semanas, haciendo que Cádiz perdiera su agilidad exportadora frente a competidores extranjeros.
A esto se sumó la censura ideológica. Sectores conservadores y la Iglesia (a través de publicaciones como 'La lectura católica' y 'La controversia') acusaron a las barajas de Olea de contener simbología masónica y liberal en sus detalles (como el Árbol de la Vida en el As de Bastos). Mientras en América estos diseños eran símbolos de libertad, en la España más tradicional empezaron a ser vistos con sospecha.
El lenguaje oculto
Más allá de la técnica litográfica, la fábrica de la calle San José albergaba un secreto a voces: su estrecha vinculación con la masonería. En el siglo XIX, Cádiz era la capital masónica de España, y los talleres de Olea se convirtieron en un vehículo de "diplomacia comercial silenciosa". Los maestros litógrafos, muchos de ellos iniciados en logias como Fermín Salvochea, filtraron símbolos de la escuadra y el compás en el diseño cotidiano de los naipes:
La Geometría Sagrada: Las Copas de Olea abandonaron las formas redondeadas por bases hexagonales y octogonales, símbolos masónicos del equilibrio.
Los Oros, en ediciones especiales, presentaban en algunas barajas resplandores triangulares en alusión al Gran Arquitecto del Universo.
Numerología y Posturas: El as de Bastos no era un simple garrote; a menudo presentaba exactamente siete nudos, cifra sagrada para la hermandad. Incluso las posturas de las figuras —como la Sota de Bastos con su pierna en ángulo de escuadra— eran signos de reconocimiento que un comerciante "fraterno" en México o La Habana identificaría de inmediato, generando una confianza ciega en el producto.
La publicidad entre líneas
Esta influencia se trasladaba a la prensa. En anuncios de diarios como El Comercio, los Sucesores de Olea no solo vendían cartón, vendían valores. Utilizaban lemas que eran auténticos saludos para iniciados: "Nuestra casa busca la Unión bajo la más estricta Fraternidad".
Incluso la ubicación de la sede principal en el número 33 de la calle San José fue aprovechada comercialmente, resaltando el número en tipografías ornamentadas por su coincidencia con el grado máximo del Rito Escocés. Para Olea, el "perfeccionamiento" del que hablaban sus anuncios no solo se refería al pulido de la piedra litográfica, sino al ideal masónico de pulir la "piedra bruta" del ser humano.
Iconografía del mundo gaditano.Olea entendió que el naipe era el "libro de los que no sabían leer". Por ello, "gaditanizó" los palos para reflejar la sociedad de su tiempo: Oros: Representaban el capitalismo marítimo.
El dos de Oros funcionaba como el DNI de la baraja, mostrando dos monedas unidas por lazos, simbolizando el vínculo comercial entre la Metrópoli y las Colonias.
Copas: Reflejaban el lujo de la burguesía que frecuentaba los casinos de la calle Ancha, con diseños que recordaban a cálices de plata fina.
Espadas y Bastos: Un espejo de la tensión social entre la Ley (el ejército) y la fuerza del pueblo (el campo).
La caída del arte: La resignación 1900-1950.
La rivalidad con la escuela alavesa de Heraclio Fournier marcó el acto final. Mientras Cádiz defendía el romanticismo del "arte de la litografía", Vitoria apostaba por la "eficiencia de la máquina".
Tras la imposición del monopolio estatal y la pérdida de las colonias en 1898, la casa Olea entró en una capitulación tecnológica. No hubo una fusión, sino un desguace. En la década de 1920, los anuncios de la calle San José ya no promocionaban barajas propias, sino la liquidación de material.
El golpe de gracia llegó tras la Guerra Civil; bajo la Ley de Represión de la Masonería (1940), poseer materiales con la simbología de Olea se volvió peligroso, lo que llevó a la destrucción de muchas piedras maestras y archivos por miedo a represalias.
Para 1944, la prensa gaditana sentenciaba el final con un matiz gramatical melancólico: se anunciaba la venta de naipes "en la antigua casa de Olea". La que fuera la mayor fábrica del mundo hispano había dejado de ser productora para convertirse en un simple almacén.
Información: A.H.M de Cádiz



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