Pasión por Cádiz

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Cádiz, Andalucía, Spain
AB ORIGINE SEMPER FIDELIS. IN PERPETUAM, SEMPER ET UBIQUEM GADES. QUI POTERS CAPERE, CAPIAT.

domingo, 19 de junio de 2011

Mis articulistas preferidos: Elena González

Los Triunfos en Cádiz.



Triunfo de la Inmaculada

Anónimo, 1695

Plaza de Filipinas (junto a las Murallas de San Carlos)





Este triunfo fue levantado en origen frente al antiguo Convento de Capuchinos, hoy desaparecido por descuido del patrimonio. Estaba en el Campo del Sur y sólo nos resta de él la capilla de la Orden Tercera, hoy Parroquia de Santa Catalina. La iniciativa se debió a fray Pablo de Cádiz, el fundador de los rosarios públicos que encarga el monumento a Génova. Tras su erección fue embellecido con una balaustrada y diversas imágenes religiosas todas ellas en mármol genovés.

El triunfo ha estado durante muchos años desmontado en el interior del convento, hasta que en s. XX pasó a ocupar su actual emplazamiento.


Se levanta sobre un pedestal cuadrangular donde se observan los escudos de Cádiz, de la Orden de Santo Domingo y de la Orden de San Francisco. Sobre el pedestal se asienta una columna con capitel jónico cuyo tercio inferior aparece decorado a base de motivos vegetales. Consta de fuste acanalado.


Según narra el cronista e historiador Adolfo de Castro en su “Manual del Viajero en Cádiz”, el pecho de la imagen está ahuecado para albergar en su interior reliquias de santos y del Lignum Crucis.


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Triunfo de los Patronos de Cádiz, San Servando y San Germán

Anónimo, 1705

Plaza de la Constitución (Frente de las Puertas de Tierra)


Estos triunfos de mármol blanco genovés fueron encargados a Andrea Andreoli pero no podemos asegurar que sea él el autor de dichas esculturas. Los Andreoli no sólo eran escultores sino que por mediación de ellos se podían encargar piezas marmóreas a otros artistas y parece que estamos ante uno de estos casos.

Se levantaron originariamente para la puerta de la ciudad por el puerto. Es en s. XX cuando se trasladan a su actual emplazamiento.
 
Si nos fijamos en ellos podemos darnos cuenta en seguida que cada pieza tiene una autoría distinta, siendo San Germán (izquierda) de mayor calidad con diferencia respecto a San Servando (derecha).


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Triunfo del Rosario

Jácome Vaccaro.  1755

Avenida Ramón de Carranza, (Frente a Diputación).

Al comenzar el siglo XVIII cobra mayor importancia la imaginería en madera policromada, aunque la entrada de mármoles no se interrumpe, trayendo piezas de diversa importancia como las columnas o triunfos para las imágenes marmóreas de devoción que pasarán a formar parte del urbanismo gaditano.



El Triunfo del Rosario fue levantado por la ciudad en acción de gracias a la Virgen del Rosario, a ella se le atribuyó el milagro de devolver las aguas al mar en el maremoto producido por el terremoto de Lisboa de 1755. El proyecto del monumento se debe a Torcuato Cayón, y en él trabajaron el tallista Gonzalo Pomar y el escultor Jácome Baccaro, quien talló la imagen de la Virgen del Rosario siguiendo el modelo de la imagen llamada “La Galeona”.

La Virgen se encuentra sobre una columna salomónica que presenta un zócalo con decoración rococó y el anagrama de María.

viernes, 17 de junio de 2011

La historia del Vapor "Covadonga".


El Vapor "Covadonga" fué realizado en los talleres de Rafael Manzano Bazán, que estaban situados en el mismo lugar que después ocuparía la Fundición de Vigorito, en 1905 el citado Rafael Manzano puso en funcionamiento un taller situado sobre las ruinas del antiguo teatro romano y que giraba con el nombre social de "El sur de Cádiz". 

Aún asi, tuvieron que ampliar la zona de trabajo hacia la parte de la Parroquia de Santa Cruz, siendo autorizado por el Sr. Obispo José Mª Rancés con la condición de tener acceso visual desde una ventana al transcurso del singular trabajo.

Los talleres de Manzano estuvieron en funcionamiento hasta 1947, en ese año Vigorito pasó a ocupar las naves situadas en el Campo del Sur.

En cuanto a la botadura del Vapor "Covadonga", en noviembre de 1909, hay que decir que llamó la atención de toda la prensa española porque resultó curioso y espectacular que un vapor tuviese que atravesar una ciudad para ser llevado hasta el agua.


El "Covadonga" fué arrastrado por caballerías y por una legión de muchachos del cercano colegio de La Salle - Mirandilla, que se sumaron alegres al singular acontecimiento, era obvio que en aquellas fechas, no se observaban las normas laborales de seguridad que existen en la actualidad.





El "Covadonga" tuvo que pasar cinco días en la Plaza de 
San Juan de Dios debido a que el mal tiempo impedía su botadura, además, el Ayuntamiento no autorizó el cruce por la Plaza hasta asegurarse que su tránsito no dañaba los railes por el que circulaban los tranvias y el alcantarillado, cuando llegó al cantil del muelle, la  grúa flotante "Hércules", de la Junta de Obras del Puerto se encargó de llevarlo hasta el mar.


En el Carnaval de 1910, el coro "Los portamonedas" hizo referencia a la botadura del "Covadonga", elogiando la capacidad de los obreros gaditanos y de los talleres de Manzano.

El diario ABC de Madrid publicó en portada una gran fotografía del "Covadonga" saliendo de los talleres de Manzano, y el Diario de Cádiz se encargó ampliamente de la noticia dando toda clase de detalles del traslado del vapor hasta el muelle.


Crónica del ABC de Madrid acerca de la 
botadura del Vapor "Covadonga"
 

"Sobre dos rieles y un cojinete viejo, ha sido hecho en dos meses y medio el casco de un nuevo vapor, que tiene quince toneladas de peso y mide 15,37 metros de eslora, 1,67 m de puntal y 3,76 de manga.

Han trabajado quince o veinte hombres, muy peritos como lo demuestra la perfección con que se ha hecho el casco; éste parece fundido: los remaches y todo está concluido de manera perfecta;lo elogian cuantas personas lo han visto.

Se destinará a remolques y servicio de esta bahía, entre ellos el transporte de sales y se encuentra  sobre uno de los carros que sirvieron en el astillero para botar al agua las lanchas cañoneras que se construyeron para Cuba".





Crónica firmada por Diego Joly, aparecida en Diario de Cádiz el
29 de noviembre de 2005
"Navegando por las calles de Cádiz"
 
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Auténtico. El 17 de noviembre de 1909 tuvo lugar la insólita botadura del vapor ‘Covadonga’, que fue conducido desde el taller de Rafael Manzano, en el Campo del Sur, hasta el muelle, causando una enorme expectación entre los vecinos.

Cádiz. Hace unos días se cumplieron 96 años de la botadura más larga e insólita en la Bahía: la del vapor Covadonga. Fue construido en el taller de Rafael Manzano, situado en el corralón de la Catedral Vieja en pleno Campo del Sur.

El barco hubo de rodar un kilómetro para llegar al mar por la llamada dársena de Moret, cuya estatua, por aquel entonces, estaba a punto de inaugurarse en su primer emplazamiento, enfrente de la Puerta del Mar.

Los trabajos de construcción del vapor, en los que participaron 20 operarios, concluyeron el 10 de noviembre de 1909 de acuerdo con la información publicada en Diario de Cádiz, que dedicó amplias líneas a este acontecimiento.

"El barco había sido bendecido el día anterior por el señor cura de la parroquia del Sagrario y bautizado con el nombre de Covadonga", recogía el Diario.

El 14 de noviembre, la embarcación estaba en sus gradas de secano con el casco totalmente terminado y su cubierta a punto, teniendo instalado el timón y la hélice, e izada una bandera nacional en la proa. Para sacar el casco del corralón fue necesario derribar una de sus tapias.

A partir de este momento se puso en marcha una delicada operación para deslizar el carretón. A modo de itinerario de Semana Santa, el recorrido fue el siguiente: Campo del Sur, Cuesta de San Juan de Dios, Plaza Isabel II, calle Isaac Peral y a ‘su templo’, el muelle de Moret, donde fue transportado hasta el cantil para quedar suspendido el casco del gancho de la cabria de la grúa flotante Hércules. Comienza así la botadura más larga de la Bahía y con seguridad una de las más singulares de la construcción naval española.

Para la maniobra se dispuso de una veintena de trabajadores, sumándose curiosos y un nutrido grupo de chavales. El barco, de más de 18 toneladas de peso, fue alzado sobre dos plataformas de ocho ruedas, necesitándose toda una tarde para ubicarlo en la esquina de la cuesta de San Juan de Dios, en la cual permaneció hasta la madrugada debido al paso de los tranvías que regresaban de Extramuros. Luego se inició su descenso hacia la plaza Isabel II, faena que duró toda la noche.

El 15 de noviembre de 1909, Diario de Cádiz publicó: "Un vapor en la Plaza de Isabel II. Los trabajos de arrastre del carretón, que tuvieron serias dificultades por hundirse las ruedas en el pavimento, siendo por ello alfombrado el recorrido con chapas de acero, han tenido éxito y en esta fecha se encuentra la embarcación en la Plaza de Isabel II. Fueron centenares las personas que bajaron a la Plaza movidos por la curiosidad a contemplar el buque y seguir la complicada maniobra, elogiando a los obreros que lo han construido, a los que se ocupan de la complicada tarea de llevarlo hasta el muelle, a su propietario señor Fuentes y al hábil maestro Rafael Manzano".

En San Juan de Dios se hizo un alto con la idea de trasladarlo directamente hasta el muelle, pero un hecho pintoresco retrasó la maniobra. El alcalde, desde su despacho del Consistorio, sorprendido por el inusitado espectáculo de un barco atracado en la plaza de Isabel II mandó a dos guardias para suspender la operación, ante el temor de que el peso del vapor hundiera las bovedillas del alcantarillado. Tras un acalorado diálogo entre los constructores y aparejador municipales, y tras los debidos peritajes, se acordó finalizar el trayecto colocando bajo los carros que lo aguantaban unas planchas de hierro que repartieran la carga, labor lenta y pesada pero necesaria ya que el alcantarillado quedaba a poca profundidad.

Así lo contaba este periódico hace 96 años: "Anoche, al parar la circulación de los tranvías empezaron los trabajos para seguir arrastrando el vapor Covadonga desde el sitio de la Plaza de Isabel II, donde se encontraba, hacia el muelle. En aquel momento se acercó un sereno, participando al dueño del vapor don Ildefonso Fuentes y al maestro director de los trabajos que tenía orden de que no siguiera el arrastre.


Comenzaron las gestiones para obtener el necesario permiso, pues parece que el señor alcalde interino había dispuesto que no se trasladara el vapor hasta que el ingeniero municipal informara si podía hacerse. Hubo conferencias con el alcalde nombrado Sr. del Toro y con el que actúa de interino Sr. Rivas, y se pidió informe al ingeniero Sr. Díaz Escribano. Parece ser que éste, desde su casa de donde no salió por encontrarse enfermo, manifestó por escrito que cree que el buque ha pasado ya la parte más difícil, o sea la calle de San Juan de Dios. Manzano y Bustelo expresaron que no ocurriría nada, puesto que el vapor está sobre un carro grande y éste tiene ocho ruedas. Dadas al fin las órdenes oportunas, a la una menos cuarto, siguió la operación curiosa de arrastrar el vapor".

Finalmente, a la mañana del 17 de noviembre, el barco quedó situado en el cantil del muelle. Allí le esperaba desde hacía dos días la grúa flotante Hércules que en una espectacular maniobra lo posó en el mar. Eran las dos de la tarde cuando la grúa de la Junta se acercó al cantil del muelle, teniendo que ser apartadas muchas personas, porque los curiosos se agolpaban en número extraordinario y entorpecían las operaciones. Cuando se logró el sitio necesario, se pasaron cuatro gruesas cadenas por debajo del carro donde se encontraba el vapor. Empezó ésta a recoger las cadenas y el buque se levantó del suelo, siendo suspendidos a considerable altura. Seguidamente, la maquinaria dejó caer el vapor poco a poco, despacio, con precisión matemática, tocando el mar a las tres en punto de la tarde, habiendo hecho las operaciones con toda rapidez y lucimiento. La embarcación quedó fondeada en la Bahía, cerca del muelle, por donde siguieron desfilando toda clase de personas.

"Con toda felicidad se ha lanzado a la mar esta tarde el vapor Covadonga sin que ocurriera ningún incidente. Circuló la noticia y en el muelle se congregaron centenares de curiosos desde la Capitanía del Puerto hasta la pescadería, formando compactas filas. Había estado lloviendo y en aquellos instantes lució un sol espléndido, como si éste quisiera asociarse con su brillo a la hermosa fiesta gaditana, que es muy interesante para la historia de nuestras construcciones navales", describió el redactor del diario.



martes, 14 de junio de 2011

Publicidad gaditana.

Dicen que colocando publicidad en un blog se gana algo de dinero.

Yo voy a probar publicitando algunos patrocinadores gaditanos, ¿creeis que me pagarán bien?





viernes, 10 de junio de 2011

Juegos gaditanos de antaño

EL JUEGO DEL "CONTRA"



No había atardecer en plaza pública gaditana, en el que dos equipos de niños y niñas, (se jugaba casi siempre de forma mixta) no jugasen al "CONTRA".

¿Como era el reglamento de ese juego?, realmente todos los niños y niñas lo sabían, pero ahora se trata de darlo a conocer aquí para los que no lo conocían.

La trama era algo parecida al famoso "Policías y ladrones", se formaban dos equipos, uno que se "zafaba", es decir salía libre, y otro que "la quedaba", los que se escapaban eran siempre más componentes, siempre en un cálculo proporcional que se acordaba y se establecía al comienzo del juego. Es decir, si había 20 jugadores, se "zafaban" 12 y "la quedaban" 8, más o menos. También se acordaba el ámbito de juego, es decir, las zonas de donde los jugadores no debían de salir, bajo ningún concepto.

Cuando los dos equipos estaban resueltos y todos de acuerdo, uno de los jugadores entonaba a grito pelado la voz de: "Ya se valeeeeeeeeeee", y a partir de ese momento, los captores se lanzaban a apresar a los fugitivos que corrían como gamos entre mamás, niños pequeños, bicis, partidos de fútbol, u otro "Contra" que estuviese celebrandose, cosa muy habitual, a la vez en el mismo sitio.

Conforme los captores iban capturando a los "zafados", iban agrupandolos en un sitio acordado también por todos al principio del juego, que se denominaba "valla", que podía ser una farola, una reja, el respaldo de un banco, o cualquier otro tipo de mobiliario urbano. El primero asía la "valla" con una mano, el segundo le daba la mano al primero, el tercero al segundo, así sucesivamente todos los "zafados" que los que "la quedaban" iban cogiendo en carreras.

Pero había que tener cuidado, porque cuanto más grande era la fila, más posibilidades habia de escaparse, que se podía hacer de dos formas, una era si un "zafado" que aún no había sido capturado, conseguía llegar a la "valla" y romper la fila que sus compañeros tenían hecha, otra forma de escapar era dando una patada a algunos de los vigilantes que los "que la quedaban" establecían para que no se diese el primer caso de escape, es decir : El que un "zafado" rompiera la fila.

Era espectacular ver como una hilera de ocho, o diez niños cogidos de la mano agarrados a la "valla" se movía como una serpiente de un lado a otro, intentando dar patadas o facilitando la labor de rescate de los que podrían venir en el momento oportuno. Cuando esto ocurría, era evidente el estorbo que hacían de la vía pública a paseantes, niños que jugaban a otra cosa, o incluso a vehículos que transitaban por el lugar en un momento dado. La cuestión se incrementaba si había dos o más juegos de "Contra" con sus respectivas "vallas" en el lugar.

También aumentaba el jolgorio y griterío si uno de los "zafados" conseguía librar a los ya capturados, porque el griterio era ensordecedor y las carreras se incrementaban en el mínimo espacio hasta que conseguían separarse de la zona.

En este juego lucía mucho la estrategia de los que "la quedaban", cómo se atacaba por un flanco, o por otro a un grupo de "zafados", cómo se llevaban a un rincón, o se escondían en plan emboscada cuando parte del equipo los conducía hacia una zona determinada.

El juego terminaba cuando todos los "zafados" eras cogidos, el último con orgullo, claro está, porque dió la lata hasta el final, entonces se entonaba otro grito que era el de: "Jueeeeeeegooooo hechooooooo", y se empezaba de cero de nuevo, los "que la habían quedado" se zafaban y entre los que se "la quedaban" ahora, se echaba a suerte para "zafarse" en parte proporcional otra vez.

Y vuelta a empezar.
 
 
 
EL JUEGO DEL "MANGÜITI"


Este juego era en un principio juego de niños, aunque las chicas más atrevidas hacían sus pinitos desde que tengo uso de razón, luego, con el tiempo se fué generalizando entre ambos sexos.

Se hacían dos equipos con el mismo número de participantes, y se elegía al más "rellenito" para colocarlo de tope contra la pared, el resto de participantes, se colocaban en fila, inclinaban su cuerpo hacia adelante y colocaban la nuca en la entrepierna del compañero que tenía delante, formando así un largo caballete humano, tan largo como participantes habían.

El equipo contrario, saltaba sucesivamente, encima de ellos. Habían diferentes estrategias, aunque la más usada era cargar el máximo número de participantes encima de un sólo miembro del equipo contrario, para así hacer que no resistiera el peso.

Cuando todos los niños estaban ya encima, sin poner los pies en el suelo, se contaba una serie de números, antes convenido entre ambos participantes, generalmente del uno al diez, aunque los más "duros" llegaban hasta veinte.

Si resistían la cuenta, se cambiaba de situación, y los soportes pasaban a ser saltadores, momento en el que se dilucidaban "viejas cuentas" del anterior salto.

Tal como el juego del "Contra", cuando se montaban varios grupos en una plaza, a los viandantes, les parecía más una carrera de obstáculos que un paseo.

 
 
 
EL "MORRO"


"El morro", era el apócope de un juego que algunos llamaban "morrocotúo", también "morrocatúo", "monrrocatúo", incluso en el no va más del nombre... "morrocacatúo".

El reglamento del "morro" difería quizás del barrio o del patio del colegio en el que se jugara, aunque a grandes trazos era más o menos el siguiente:

El número de participantes daba igual que fuesen cinco que quince por poner un ejemplo y "la quedaba" un sólo niño, que salía de una "valla" con las manos juntas y los dedos entrelazados, mientras los demás se esmeraban en que no les alcanzase y les golpeara con sus manos unidas, aunque cuando eso ocurría, ambos niños corrían hacia la "valla" mientras el resto se esmeraban en darle el máximo de "cates" posibles.

De nuevo salían de la "valla", ya cogidos de la mano, en busca de su tercera víctima, y así sucesivamente, iban incrementandose los niños enlazados a la captura de los "zafados".

En cualquier momento, cualquiera podía romper dicha cadena, entrandoles por detrás y por sorpresa, por lo que debían de correr otra vez hacia la "valla" para recomponer el grupo entre un mar de "cates", aunque también, como una monería, cualquiera de los enlazados, soltaba sus manos de improviso con lo cual el cachondeo era enorme y los "cates" se repetían, claro está.

El juego terminaba cuando se pillaba al penúltimo, que era el que abría el juego de nuevo.

Había dos reglas de oro que se respetaban escrupulosamente:

Una era que sólo se podían pegar "cates", nada de puñetazos, patadas, etc, aunque.... claro está, se esmeraban en la contundencia de estos.

Otra era que en la carrera hacia la "valla" no se podía obstaculizar a los que corrían hacia ella para refugiarse.
 
 
LAS "PAREJAS"


Se trataba de seis lanzamientos de penaltys, aunque valían los remates.

Se jugaba por parejas, una pareja lanzaba los penaltys, tres cada uno, y la otra los defendía en la portería.

Claro está, la portería era de mayores proporciones que cuando sólo había un portero ya que los dos jugaban como tales.

Por tanto, la línea de meta era mucho más larga que la de tiro que se mantenía en los once metros del penalty reglamentario.

Se podía rematar de uno o dos toques sólamente y participaban ambos tiradores de la manera que quisieran, pero para ello el balón debía haber salido del área que antes había sido convenientemente señalada por los jugadores.

Si uno de los porteros lograba rechazar un balón con el codo, se denominaba "codazo" y anulaba un gol al equipo contrario en caso de haber marcado antes, y sino, se le restaba de un futuro tanto.

La jugada para los porteros era parar un balón de un "codazo" y su compañero atinar a atrapar el balón antes de que saliese del área y evitar así un remate.

Obviamente la jugada perfecta de los lanzadores era marcar directamente, pero cuando no era así, se valoraba mucho el remate al primer toque aprovechando la cercanía, además de hacerlo a bocajarro y con potencia.

El que marcaba más goles, ganaba, como era un juego corto de duración, casi siempre se jugaba en competiciones organizadas en la que los ganadores iban superando fases hasta llegar a la gran final en la que generalmente se vivían grandes "derbis" ya que a ella solían llegar los mejores jugadores del momento.




LAS "PRENDAS"




Cada uno de los jugadores escogía un objeto que le representara, que podía ser una moneda, una figura de plástico, una piedra original, una canica, etc, y se la daban a uno de los jugadores.

Luego, por turnos, cada uno de los jugadores se volvía de espaldas y el encargado de tener las prendas hacía la pregunta: "¿Que se merece el amo de esta prenda", a lo que el interrogado contestaba cualquier cosa que se le ocurría en ese momento y que el propietario de la prenda debía cumplir con disciplina espartana.

Cuando eran niños los únicos que jugaban, las misiones eran tocar timbres y correr, dar voces en el hueco de una escalera llamando a alguien de los que allí vivían, meterse con cualquier personaje singular de la zona, decir o hacer cualquier chorrada al primer transeúnte que pasaba, encaramarse a alguna ventana, tirar de las persianas de las casas, corretear perros, etc.

Cuando eran niñas, se limitaban a sisear a niños, confesar "quien le gustaba", o hacer cualquier cosa de las que hacían los niños pero de forma más descafeinada.

Lo interesante venía cuando el juego era mixto, y sobre todo cuando se dejaba claro que se podían pedir "guarrerías", entonces sí que había disloque... porque entonces las misiones eran todas de tocamientos, besos, chupetones, o pedir exhibiciones de prendas interiores.

Cada juego exigía un ambiente para desarrollarse: Si eran niños solos se hacía en sitio abierto, para que hubiese alternativas y variedad de misiones, si eran niñas, se limitaban a una "casapuerta" ya que las misiones rara vez salían de unos pocos metros, pero si era un juego mixto, había que irse a un sitio discreto, con matorrales, donde se desarrollaban las misiones encomendadas....... "casualmente" siempre por parejas niño-niña.

Naturalmente había sus trampas, por ejemplo avisar al sentenciador de quien era la prenda que tenía detrás de él, y se hacía por gestos, carraspeo o cualquier otro signo previamente acordado, así se evitaba malas misiones para los amigos o todo lo contrario para los "enemigos", en los juegos mixtos, había auténticas persecuciones al más mínimo gesto que pudiese delatar alguna identidad del amo o ama de la prenda.

domingo, 5 de junio de 2011

José Cubiles. Pianista gaditano

José Cubiles nació en Cádiz en el año 1894 y murió en Madrid en 1971.

Comenzó a tocar el piano a los cinco años y, en vista de su talento, el director de la escuela de música de Cádiz decidió encargarse de su educación musical. Al poco tiempo se trasladó a Madrid, protegido por la infanta doña Isabel de Borbón, para cursar estudios de teoría musical y piano en el conservatorio de la capital con Pilar Fernández de la Mora. Allí obtuvo los premios extraordinarios de Bellas Artes en solfeo, piano y armonía.

Posteriormente residió en París, donde recibió lecciones de Louis Diémer. En 1914 obtuvo el primer premio de piano del Conservatorio de la capital francesa. Dos años más tarde ingresó como profesor en el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid y, sin descuidar su labores docentes, comenzó su carrera internacional como concertista: dio recitales, participó como solista en orquestas y formó agrupaciones de cámara con músicos como Jacques Thibaud, Paul Kochansky y Gaspar Cassadó.


Sus expresivas interpretaciones de la música del Romanticismo, de autores tanto españoles (Albéniz, Granados, Turina) como extranjeros (Chopin) fueron memorables. Cultivó una gran amistad con el compositor Manuel de Falla, quien le confió el estreno en Madrid de su obra "Noches en los jardines de España", que tuvo lugar en 1916 a cargo de la Orquesta Sinfónica de Madrid dirigida por Fernández Arbós.

José Cubiles no sólo fue un pianista de gran temperamento y personalidad artística, sino que fue a su vez un auténtico maestro de maestros, cuya impronta pedagógica aún deja sentir su fuerte influencia en la vida musical española. Muchos de los mejores concertistas y/o pedagogos españoles fueron en su día discípulos de quien fue llamado a estrenar como solista las "Noches en los Jardines de España" de Manuel de Falla.

Además de su fama internacional como pianista, también cabe mencionar la de director. Así pues, José Cubiles dirigió diferentes orquestas, no sólo en el ámbito español, sino de igual forma internacional, destacando la orquesta Filarmónica de Berlín. Asimismo, atendiendo a su tarea como docente, fue en 1943 cuando obtiene la cátedra de virtuosismo del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. De la misma manera, es este mismo año cuando se convierte en profesor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. A este respecto, hay que mencionar los diferentes premios con que se le condecoró, destacando la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio y la Legión de Honor de Francia.

Entre los numerosos alumnos con que contó, algunos de ellos ha sido posteriormente destacados músicos del panorama español, como por ejemplo Joaquín Achúcarro, Jacinto Matute, Guillermo González Hernández, María Orán y Manuel Carra.

El Ayuntamiento de Cádiz acordó tras su muerte dedicarle una calle en la ciudad.

sábado, 4 de junio de 2011

Iglesia de San José


La Iglesia de San José fué la primera en su género construida en la zona de extramuros de la ciudad de Cádiz.

Finalizada en 1787, fue construida por el arquitecto Torcuato Cayón y su discípulo Torcuato Benjumeda a instancias del obispo gaditano José Escalzo y Miguel sobre una primitiva ermita, es toda una joya del estilo neoclásico entre tantos edificios modernos que la rodean.

La planta es de salón, de tres naves, separadas por pilares decorados con pilastras jónicas con guirnaldas en los capiteles. El crucero se cubre con una cúpula sobre tambor y pechinas. La nave pricipal se cubre con bóveda de cañón y lunetos y las laterales con bóvedas vaídas.

El exterior es de piedra vista con zonas encaladas, presenta dos torres gemelas en su fachada principal que se decora con cuatro pilastras jónicas con girnaldas; sobre la cornisa y frontón triangular y sobre el arco semicircular de la puerta principal existe una hornacina con la imagen del santo titular, obra de Cosme Velázquez, la cúpula principal y las de los templetes de las torres se cubren al exterior con azulejos azulados.

Originalmente, estaba unida por un camino arbolado al extinto cementerio de Cádiz,  que también era de la misma época y autor, estas construcciones fueron el germen del barrio de San José que en los siglos XVIII y XIX constituyó una zona de comercio,  trasiego y descanso vital en el camino de los viajeros que regresaban o salian de Cádiz por el Camino del Arrecife.

Aunque hay muchas fotos de época del templo, he elegido esta realizada hacia 1930,  por su calidad de imagen, además, podemos observar como en el lateral de la iglesia existian locales comerciales y viviendas de forma casi anexas, actualmente, en el lado derecho de la fotografía existe una zona verde donde desde la década de los 70 del pasado siglo XX hay una estatua ecuestre del General José de San Martín.

sábado, 28 de mayo de 2011

Mis articulistas preferidos: Miguel García

Las "chinas"

En referencia a las clásicas aceras de la Plaza de San Juan de Dios.

Por Miguel García Díaz


Vuelvo a colaborar en la sección de este blog titulada “Mis articulistas preferidos” con un tema de rabiosa actualidad. Aunque el título de este artículo se llame así, no voy a  escribir sobre las chinas, habitantes femeninas de la República Popular de China, sino sobre “las chinas” del acerado histórico de la plaza de San Juan de Dios.

Y las denomino “chinas” y no “chinos lavados”, porque así se les llama en la documentación que he consultado al respecto. Concretamente en la Certificación de Obras firmada por el arquitecto municipal se dice que en la pavimentación de la plaza de Isabel II, actual San Juan de Dios, las dos aceras estaban decoradas en dibujos blancos y negros de chinas.

Los lectores se preguntarán cómo surgió la idea de pavimentar de nuevo la plaza y por ello voy a hacer un poquito de historia. Todo se debió a la iniciativa de ese gran alcalde que tuvimos que se llamó Ramón de Carranza y Fernández de la Reguera.


Cuando el 30 de junio de 1927 dimitió el alcalde de Cádiz Agustín Blázquez, según parece por un enfrentamiento con el Gobernador Civil Luis Losada, la Unión Patriótica, que era el órgano político oficial de la Dictadura, promovió la candidatura del Almirante Ramón de Carranza quien contaba con el apoyo de personas tan influyentes como José María Pemán. En un principio Carranza se mostró reticente a aceptar el cargo por motivos personales, pero el día 8 del mes siguiente telegrafió al General Primo de Rivera aceptando ser candidato a la Alcaldía, pues por entonces había conseguido contar con un equipo adecuado para trabajar por la ciudad.

El 15 de Julio de 1927 se celebró la reunión de la Corporación Municipal presidida por el Gobernador Civil interino procediéndose a la votación por la que Ramón de Carranza salió elegido alcalde por 27 votos a favor y uno en blanco. En ese mismo acto Carranza tomó posesión de su cargo.


He contado todo esto porque el Alcalde Ramón de Carranza fue un hombre que desde el primer momento hasta su cese el 14 de Abril de 1931, trabajó incansablemente junto a sus concejales por un Cádiz mejor. Enumerar las múltiples iniciativas todas ellas muy beneficiosas para la ciudad sería interminable, por lo que aquí me voy a limitar al aspecto de adecentamiento de calles y plazas. Para ello la Corporación Municipal elaboró y aprobó un extenso plan entre el que se encontraba el de la pavimentación de la plaza de Isabel II.

El mismo día de su toma de posesión Carranza manifestó su propósito de cometer el problema del suministro de agua y electricidad y se comprometió a dotar a la ciudad de un buen alcantarillado. En 1929 llegó a dictar un bando por el que se obligaba a los propietarios de las casas a la instalación de agua potable antes del 31 de marzo de ese año, bajo multa de 75 pesetas y luego cobrarles el importe de las obras que acometería el municipio en su lugar.


Todas estas obras públicas de alcantarillado y acometidas por las calles de agua y electricidad exigían el levantamiento de las mismas y su adecentamiento posterior. Ese creo que sería una de los motivos para aprovechar la ocasión para pavimentar las calles y plazas, además de conseguir un adecentamiento y embellecimiento de la ciudad así como una mejor limpieza de la misma. En el periodo 1928-1931 fueron por tanto numerosas las obras públicas que se realizaron en Cádiz.

Para la nueva pavimentación de la plaza de Isabel II que como todos sabéis es la actual plaza de San Juan de Dios, antes plaza de la República, se hizo un plano que se conserva en el Archivo Histórico Municipal en el que se puede apreciar una calzada central y dos amplias aceras laterales paralelas a ella, desde la calle Duque de la Victoria a la de Alonso el Sabio por una parte y desde Plocia a la de San Juan de Dios por otra. Asímismo todas las mediciones y cálculos realizados.

En la Certificación de Obras firmada por el arquitecto municipal Antonio Sánchez Esteve se puede leer que la empresa a la que le fue adjudicada la obra fue la denominada "Empresa General de Construcciones" quien con un presupuesto de 190.000 pesetas debía de pavimentar la plaza con una calzada Goudalite y dos aceras decoradas en dibujos blancos y negros de chinas. Lamentablemente el plazo de ejecución de la obra, principio y fin de la misma, no está rellenado en la citada certificación, no obstante puede estimarse que la obra comenzaría después del Corpus de 1929, que ese año se celebró  el 30 de mayo. Calculo que sería en el mes de Julio y la obra se terminaría poco antes de la Semana Santa de 1930 que fue en Marzo, aunque sería rematada algún mes después.


Hay diversas Actas Capitulares de 1928 y 1929 que citan la citada obra pero para no hacer engorrosa la narración no las cito. Se pueden consultar en el citado Archivo Histórico Municipal, aunque si es interesante conocer que el acuerdo de ejecución de la obra de reforma de la plaza se tomó en la sesión extraordinaria celebrada el 18 de Enero de 1929. (Acta nº 3 de 1929).

Nuestro actual ayuntamiento ha iniciado una nueva reforma de la plaza y se sospecha que por abaratar costes, hacer la obra en un menor tiempo y por no encontrar obreros cualificados para la restauración del acerado con las “chinas”, se sustituirán estas por las consabidas y prolíficas losas de granito gris.

La Asociación “Cádiz Ilustrada y el Ateneo Virtual “Cádiz de ayer a hoy” iniciaron hace poco una campaña de recogidas de firmas para solicitar la conservación del pavimento y evitar la desaparición del original y característico acerado con la decoración con chinas en olas blancas y negras. Esperemos que mueva la conciencia de nuestros munícipes y se logre.



domingo, 22 de mayo de 2011

El faro de La Caleta.

El faro de La Caleta.

El faro del Castillo de San Sebastian.


Este faro ha tenido siempre una gran importancia histórica ya que desde tiempos remotos ha existido en aquel lugar de una u otra forma una referencia luminosa para los barcos que navegaban por nuestras costas.

A petición de la ciudad de Cádiz, y en la reconstrucción que sufre la torre atalaya sita en el arrecife de San Sebastian en la playa de La Caleta en 1613, se coloca en su parte superior un fanal que señalaba la entrada a la bahía de Cádiz.

Dicha torre, terminó convirtiendose con distintas reformas para ganar altura, en el faro de Cádiz, teniendo su estructura definitiva a partir de 1766 bajo planos del ingeniero Antonio de Gaver, se conservó hasta finales del siglo XIX.

De forma trocónica y silleria encalada, fué mandado derribar en 1898 por el Duque de Nájera, Gobernador Militar de la plaza gaditana, temeroso de que fuese referencia artillera para los barcos que intentasen un asalto a Cádiz durante la guerra que España sostuvo con los Estados Unidos en aquella fecha., por lo que en la actualidad, sólo se conserva la base.

El faro actual es originario de 1914, bajo la dirección de los ingenieros Guillermo Broxman y Eufemio Martínez, siendo por entonces la segunda instalación eléctrica en España y es considerado en la actualidad el mejor en su categoría.

Para que no ocurriese la misma circunstancia del anterior, el Ministerio de la Guerra autorizó su construcción con dos condiciones: Que fuese de poco volumen para disminuir su visibilidad, y facilidad en su desmontaje en caso de guerra.

Construido en acero laminado, obedece a un determinado estilo de la época, tiene forma cilíndrica, una altura de 41 metros sobre el nivel del mar, escalera de caracol en su interior, reforzando el exterior con ocho contrafuertes radiales, envuelto todo en celosía.

Curiosamente, al haber en España (Gerona y Guipúzcoa), dos faros con el nombre de "San Sebastian", se denominó "Faro de Cádiz" que es su nombre oficial desde entonces.

domingo, 15 de mayo de 2011

Cádiz y sus torres miradores

Cádiz, la ciudad más antigua de Occidente, conserva 126 torres, reflejo del esplendor comercial que alcanzó su cénit a lo largo del siglo XVIII. Urbe abierta y opulenta, sus intercambios con las Indias hicieron de estas construcciones un vistoso estandarte que reflejaba su bonanza; herederas de la arquitectura civil islámica, cumplían un doble objetivo de lugar de recreo y observación.


Uno tiene que agradecer a la fortuna haberse podido pasear por Cádiz en uno de esos días en que algún buque-escuela atraca en sus muelles. A la caída de la tarde, las calles exiguas y adoquinadas, las plazuelas y los elegantes cafés parecen llenarse del júbilo contenido que la marinería trae en las bodegas. El aire se carga de electricidad por el Callejón del Tinte.      

  


Se ven, también, orgullosos oficiales que pasean estirados junto al brillo de la empuñadura de sus sables. Y la ciudad recobra, aunque sólo sea por unas horas, aquella visión dieciochesca de urbe animosa desbordada en sus calles, cosmopolita, divertida, multicultural, volcada al mar.

Y al comercio, como lo sugieren sus orígenes fenicios y el esplendor que supuso en su día el traslado desde Sevilla de la Casa de Contratación y el Consulado de Indias en 1717 y, posteriormente, la supresión del monopolio comercial con América, en 1778.


De esa época data la actual composición arquitectónica de una población que pervive protegiéndose de los vientos, ordenada por un apretado trazado de calles que se quiebran una y otra vez, y aprovecha el escaso terreno disponible con edificios de varias alturas, rematados por sus azoteas y torres.     La vieja ciudad conserva, en parte, una sólida defensa amurallada, levantada tras el saqueo del Conde de Essex, cuyas garitas confieren a Cádiz esa fisonomía caribeña que la hermana en la imaginación con San Juan de Puerto Rico y La Habana.    



Para los comerciantes de Indias las torres-miradores, herederas de la tradición arquitectónica civil islámica, cumplían una doble misión de lugar de recreo y de puesto de observación de lo que ocurría en el puerto de Cádiz. Pero es también en esa época barroca cuando empieza a desvelarse el urbanismo como un arte, por lo que había una intención de embellecimiento general de la ciudad con construcciones llamativas, decoradas con originalidad y colores atractivos.

Así, Blanco White, Delacroix, el Duque de Wellington, Edmundo de Amicis, Lord Byron, Eugenio Marconi,  Isaac Peral, y una larga lista de ilustres personajes sucumbieron al embrujo de su silueta, avistada desde el mar.      Hoy, por contra, a menos que se tome el vaporcito y se llegue a la ciudad navegando desde El Puerto de Santa María, al otro lado de la Bahía, difícilmente se admirará el encanto de ese perfil que deslumbrara a los visitantes en el siglo XIX, con suentramado aéreo de torres-miradores. Se trata pues de que el viajero, fácilmente ensimismado por el jaleo cotidiano de la vida gaditana a ras de suelo, pare y mire hacia arriba, descubra las esquinas y sus azoteas.

Así que bien puede comenzarse la visita desde ese mismo punto de llegada, frente a la Casa de las Cinco Torres, en la Plaza de España. Estas torres-miradores forman un vistoso conjunto urbanístico: pertenecen a cinco edificios adyacentes, aunque su similitud y la restauración exterior de los mismos pudiera hacer pensar que forman parte de un único edificio. Son de ese tipo de torres llamado de garita, tal vez el más extendido en la ciudad ­el comerciante subía hasta ella y, ayudándose de un potente telescopio, observaba los movimientos en el mar a través de unos pequeños agujeros realizados en la cupulilla­. Estas cinco tienen planta cuadrada, excepto la situada haciendo esquina, que es poligonal, y están construidas en madera y zinc.


Muy cerca de ellas, en la plaza de Argüelles, se encuentra la Casa de las Cuatro Torres. Levantada por un comerciante armenio que quería hacer ostentación de su fortuna, chocó contra la normativa municipal que permitía sólo una torre por casa. Decidió abrir entonces hasta cuatro puertas de entrada, para que pareciera que se trataba de varios edificios adosados. Las torres, también del tipo de garita, conservan la vistosa pintura roja alrededor de sus ventanas, simulando marcos de lacería.

Siguiendo hacia la Plaza de Mina, por la calle de Manuel Rancés, veremos una torre del tipo de silla o sillón. Se las llama así porque su perfil recuerda el de esos objetos, al tener la planta del cuerpo superior menos superficie que la inferior. Queda muy a la vista otra torre de este tipo en la Alameda Apodaca, sobre los jardines del Baluarte de la Candelaria, donde se agolpan los ecos de las guitarras flamencas y el sosegado rumor del agua en los estanques que rodean el monumento a José Martí, bajo los fícus gigantes que ya lo han descabezado alguna vez.

La Plaza de Mina, los domingos por la mañana, es un buen resumen del bullicioso vivir gaditano. Poco después del mediodía, sin embargo, va cediendo paso a la tranquilidad y recobra su sosiego de antigua huerta del convento de San Francisco.  En ella encontrará el viajero el Museo de Cádiz (en cuya maqueta de la ciudad en 1777 se cuentan hasta 160 torres) y varias torres-miradores interesantes. 

En el número seis hay una de sillón, en los números ocho y nueve dos torres gemelas de garita unidas por uno de sus frentes y, en el número 14, una torre de terraza, caracterizada por su planta cuadrada y porque se eleva un piso a ambos lados de la fachada principal. Este tipo de torre-mirador es, además del más antiguo de los que se conservan en la ciudad, en un edificio de la plaza de San Martín, probablemente el que más fama le ha dado a Cádiz.





sábado, 7 de mayo de 2011

Mis articulistas preferidos: Elena González

La Escuela Genovesa, su presencia en Cádiz durante el mil setecientos.


Imaginería

La erección de nuevos templos, capillas y reforma de algunos ya existentes, crean la necesidad de hacer nuevas imágenes con las que crear programas iconográficos, rendir culto y promover la piedad popular. Se produce una gran demanda de artistas genoveses, bien para presidir retablos o ser titulares de alguna cofradía. Dichas imágenes comienzan a llegar desde Génova y pronto, muchos de los artistas ligures trasladarán su taller a la capital gaditana. Así mismo, progresivamente, se contará con la presencia de artistas, de padres genoveses, ya nacidos en Cádiz.

En estas esculturas, al dramático movimiento de los paños y la gesticulación de teatral elocuencia, se suma la policromía vivaz, centelleante y dorada, que pretenden aparentar ser figuras vivas dispuestas sobre los altares por el realismo de los encarnados. Así mismo, la policromía y las estofas se aplican simulando ricos tejidos como las sedas genovesas.

El ejemplo más paradigmático lo tenemos en Anton Maria Maragliano (Génova, 1664-1739), el máximo exponente de la escultura lígnea en la Génova de finales del s. XVII y primera mitad de s. XVIII. Su obra tuvo una gran difusión, llegando hasta distitnos puntos de la Península, sobretodo en Cádiz, y hasta las Islas Canarias. Se puede hablar del caposcuola de la escuela gaditano-genovesa.

Sus modelos fueron seguidos por los demás artistas genoveses que también dejaron su huella en Cádiz, como pueden ser Pietro y Francesco Galleano, Antonio Molinari, Domenico Giscardi o Francesco Maria Maggio, sólo por citar algunos ejemplos. Los artistas genoveses también establecieron su taller en distintos puntos de la provincia, destacando la producción de Jácome Vaccaro para Jerez y Tarifa. Otros fueron más allá y atendieron la demanda de nuevas imágenes de devoción requerida en las Indias, como es el caso de Pedro Laboria que marchó a Santa Fe (Colombia).

De entre los escultores nacidos en Cádiz de padres genoveses destacan los nombres de Juan Gandulfo y Jácome Mayo (hijo de F. Maggio).

Las lagunas documentales no han permitido identificar la obra de muchos escultores afincados en Cádiz de los que, sin embargo, sí sabemos sus nombres gracias a fuentes como testamentos, arrendamientos, o contratos de colaboración con otros artistas. Éste es el caso del propio hijo del Caposcuola, Giovanni B. Maragliano , Gerónimo Guano, Domingo Isigalos, Gian Giacomo Mazon o Vicenzo Ruisecco.



Retablos

Los primeros retablos genoveses aparecen en la segunda mitad de s. XVII. En ellos se trabaja con el suntuoso mármol de Massa de Carrara para conseguir altares monumentales. Los primeros diseños se corresponden con el modelo andaluz.

El Altar de los Genoveses de la Catedral Vieja o el retablo mayor de la iglesia de Santo Domingo son grandes exponentes de ello. El italianismo de estas máquinas se concentra en el rico ornato de embutido o taraceas y cartelas con follajes, más progresivos que las carnosas hojarascas imperantes en la Andalucía dela segunda mitad de s. XVII. La fuerza y la complejidad de las estructuras hacen de estos retablos que sean obras de carácter.


La llegada de la Casa de Contratación a Cádiz en 1717 provoca en la ciudad una ampliación urbanística, acompañada del incremento demográfico y aumento de la presencia de operadores extranjeros, entre los que predominaban los genoveses. Esta convivencia y la pronta integración de la citada colonia, trae como consecuencia una transformación de lenguaje y las formas que cuaja entre los gustos de los mecenas artísticos, deseosos de recibir las novedades de los artistas ligures.

Los retablos que encontramos en Cádiz de diseño genovés, recuerdan los trabajos de Andrea Pozzo, publicados en su obra “Perspectiva Pictorum et Architectorum”, t. II (1693-1702).




Mármoles

Génova cuenta con una importante tradición artística en trabajos marmóreos que incluso llega a superar a otras ciudades italianas. A este desarrollo influye decisivamente la cercanía de las canteras de Massa de Carrara.

La distancia que separa la Liguria del Sur Peninsular no fue obstáculo para que llegaran a las ciudades andaluzas retablos, portadas, monumentos, esculturas, columnas o solerías. Todo ello, gracias a las fluidas y constantes relaciones marítimas entre Génova y Cádiz.

A finales de s. XVII comienzan a llegar a España obras escultóricas de maestros influenciados por el barroco romano de Pierre Puget, activo en Génova hacia 1660-1670. De esta manera, se renueva el lenguaje escultórico a partir de movidas composiciones y efecto pictórico de las superficies marmóreas, evidenciando fuertes contrastes de claroscuro en el tratamiento del quebrado de los paños, dispuestos en ritmos envolventes o aperturas espaciales de carácter berninesco y así resaltar la elocuencia del gesto.



lunes, 2 de mayo de 2011

Cádiz. 2011

Un paseo por Cádiz en el año de 2011, a través de unas fotografías realizadas por mí, todo ello ambientado con la Sarabanda de Haendel.

Espero que te guste.