En nuestro Museo Histórico Municipal de Cádiz se custodia un antiguo mascarón de popa que retrata a la Virgen del Rosario, protectora de la urbe y de la Carrera de Indias, ubicado actualmente en el recibidor de la planta baja.
Esta pieza, de pasado posiblemente azaroso y aguerrido tras navegar por múltiples océanos y participar en numerosos combates, resulta casi desconocida para gran parte de los habitantes de Cádiz. Lo cierto es que su retiro transcurre de forma sosegada y su existencia se apaga lentamente bajo una indiferencia casi total.
Con el fin de que tanto los residentes como los visitantes españoles o de otros países descubran su origen, cabe señalar que este gran mascarón de popa fue donado al antiguo Monasterio de Santa María por don Juan Valdés. El obsequio coincidió con el ingreso en dicha orden de su hija, doña Rosa Valdés González, viuda de don Juan Asencio de Sarruza, quien ejerció como alto cargo en la Contaduría de la Real Armada sita en La Carraca. Esta dama tomó los hábitos de la orden de Santa Beatriz de Silva en el histórico recinto gaditano en 1753.
Respecto a la procedencia del mascarón, los registros históricos no son del todo precisos, aunque es probable que perteneciera al mismo buque donde servía el citado señor Valdés, quien ostentaba el rango de Capitán de Navío de la Real Armada Española.
De manera poco clara, el mascarón se trasladó desde el convento hasta el "Corrillo del Pópulo", compuesto por un grupo de gaditanos que se reunía en el barrio homónimo. Esta tertulia fundó una orden y depositó "las esencias de la tradición de la ciudad" en una vasija custodiada tras una verja en el emblemático Ventorrillo del Chato. Personajes ilustres de la sociedad local como don Augusto Conte Lacave, don Ramón Grosso, don Miguel Martínez del Cerro, entre otros, formaron parte de este grupo intelectual asentado en el antiguo núcleo medieval.
El motivo y el momento exacto del traspaso de la obra del convento a la tertulia siguen siendo un misterio. Pudo ocurrir durante el incendio del monasterio en 1936 o debido a las privaciones sufridas por la congregación en los años posteriores a la guerra. En aquella época de extremas carencias, las religiosas pedían auxilio mediante el toque de campana; los vecinos, pese a su propia escasez, acudían prontamente para aliviar con sus alimentos las faltas de esta comunidad que habitaba desde 1527 aquel edificio secular, erigido por los gaditanos como modelo de virtud y orgullo para la ciudad.

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